La semana pasada los dominicanos fuimos testigos de dos decisiones tomadas desde la cúpula del poder que, aunque ocurrieron casi de manera simultánea, reflejan dos formas muy distintas de ejercer el liderazgo y de construir permanencia en el Estado.
Por un lado, la destitución del mayor general Andrés Modesto Cruz Cruz como director general de la Policía Nacional, apenas seis meses después de asumir el cargo. Por el otro, la ratificación de Héctor Valdez Albizu como gobernador del Banco Central, acumulando ya 28 años al frente del principal ente regulador financiero del país.
Dos nombramientos. Dos destinos. Dos lecciones sobre el poder.
El mayor general Cruz Cruz llegó a la Dirección General de la Policía con un perfil construido en áreas de control e inspección. Sin embargo, medio año después, un decreto presidencial puso fin de manera abrupta a su gestión.
Durante su despedida dejó un mensaje que llamó la atención: "No dejen de luchar por lo correcto, aunque les cueste el puesto. La integridad requiere carácter."
La palabra carácter cobra especial significado cuando se observan las distintas versiones que han circulado sobre las razones de su salida.
Su corto recorrido al frente de la Policía estuvo marcado por situaciones que pusieron a prueba su capacidad de mando y, sobre todo, su inteligencia emocional en una institución sometida a una enorme presión pública.
Todo indica que intentó conducir la organización con una línea rígida y disciplinada. Sin embargo, en estructuras tan complejas no basta con tener autoridad; también importa la forma en que se ejerce. La firmeza sin capacidad para construir consensos puede terminar aislando al propio líder.
Sus intenciones parecían orientadas a desmontar prácticas arraigadas desde hacía muchos años, afectando intereses y negocios que, según diversas versiones, formaban parte del entramado interno de la institución. Pero para transformar organizaciones de ese tamaño no basta con señalar los problemas; se requiere estrategia, capacidad gerencial y habilidad para administrar los tiempos del cambio.
En el otro extremo se encuentra Héctor Valdez Albizu.
La pregunta siempre surge: ¿cuál es la fórmula que explica su permanencia durante 28 años?
No es una interrogante descabellada. Ha permanecido más tiempo al frente del Banco Central que cualquier presidente de la República en la historia democrática dominicana, con la única excepción del largo período dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo.
Inició su gestión durante el gobierno de Joaquín Balaguer en 1994. Posteriormente fue confirmado por Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader. Solo durante el gobierno de Hipólito Mejía fue sustituido, precisamente en una etapa marcada por la crisis bancaria que golpeó al país.
De manera ininterrumpida acumula ya más de dos décadas dirigiendo la institución responsable de la estabilidad monetaria y financiera nacional.
Esa permanencia difícilmente puede atribuirse al azar. Valdez Albizu ha construido credibilidad dentro y fuera del país. Es una figura respetada por el sistema financiero nacional y por los organismos multilaterales, que valoran la estabilidad institucional y la continuidad en el manejo de la política monetaria.
Además, ha demostrado una combinación poco común de prudencia, conocimiento técnico y capacidad para conformar equipos de trabajo sólidos, integrados por asesores que durante años han acompañado su gestión.
Al comparar ambos casos, la diferencia no radica únicamente entre 28 años y 6 meses.
La verdadera diferencia está en la manera de ejercer el liderazgo.
En el poder no siempre sobrevive quien tiene más autoridad. Con frecuencia permanece quien sabe construir confianza, formar equipos, administrar conflictos y comprender que las instituciones cambian mejor cuando el liderazgo combina firmeza con inteligencia, disciplina con diálogo y autoridad con capacidad de gerencia.
Quizás esa sea la principal lección que dejan estas dos historias recientes del poder en la República Dominicana.