Mientras tenga memoria, creo que nunca dejaré de escribir. Hoy, mientras transitaba por las calles de mi querido Santiago, vi a dos niñas caminando por la acera. De pronto, tocaron el timbre de una vieja casa del centro histórico, que aloja las oficinas de un consultorio dental, y salieron corriendo como la jonda del diablo.
Yo esperaba un chance para cruzar la calle y, francamente, me reí más que ellas, porque justo esa era mi “maldad” favorita allá por las calles de mi pueblo natal.
En la calle Castillo había una casa de galería ancha, con columnas gastadas por el tiempo y el perfume a madera vieja flotando en el aire. Los ventanales, altos y de cristales verdes, devolvían el reflejo de los árboles del parque. Era una casa de esas que parecen tener alma y genio, con un timbre que nos esperaba impaciente por nuestras travesuras de mediodía.
Cada vez que salíamos del colegio, mi amiga Emma y yo preparábamos el operativo: una miraba, la otra tocaba. Oprimíamos con fuerza y maldad infantil el timbre de la casa, y salíamos disparadas, doblando la esquina entre risas contenidas.
Nos escondíamos detrás de una mata de almendras y esperábamos el espectáculo: la señora salía furiosa, mirando a todos lados y soltando improperios que, por pudor, no puedo repetir en este relato. Nosotras, dobladas de la risa, sentíamos que el día ya estaba completo.
Recuerdo que, en la preparación para la primera comunión, una de las promesas era confesarse con frecuencia. En una de esas ocasiones, le conté al padre Tomás mi travesura con todo el arrepentimiento que pude fingir. Él me escuchó, se acomodó los lentes y me dijo con voz pausada:
—Hija, eso no es pecado… eso es bellaquería.
Aquella palabra fue mi salvación. ¡Bellaquería!
Sonaba tan elegante que, para mí, fue como una absolución oficial. Así que seguí apretando timbres dondequiera que veía la oportunidad, hasta que maduré y entendí que aquella “gracia” era más fastidiosa que simpática.
Hoy, al ver a esas dos niñas huir entre carcajadas, me descubrí sonriendo con complicidad. Pensé que, si la dueña del consultorio las alcanza, también tendría que confesarse.
Y yo, después de tantos años, sigo creyendo que no era travesura… era una manera de ponerle música al silencio de esas casas tan serias.