Hay celebraciones que van mucho más allá del protocolo.
Uno asiste a un acto, escucha los discursos, observa las imágenes en una pantalla y, de repente, sin darse cuenta, comienza a viajar hacia atrás. Eso me ocurrió recientemente durante la celebración del 70 aniversario de Mera Fondeur, un acto que contó con la presencia de la vicepresidenta de la República, Raquel Peña.
Mientras se proyectaba un video que recogía, en imágenes, la larga trayectoria de este grupo empresarial, yo también fui recorriendo mi propia historia. No la historia oficial, ni la que aparece en el nuevo libro presentado, sino esa otra historia más personal, hecha de recuerdos, de calles, de oficinas, de conversaciones y de personas que uno tuvo la suerte de conocer desde joven.
Y en ese recorrido apareció, como tantas veces, la figura de mi padre, Genaro “Yoryi” Pérez.
Por su estrecha relación con Carlos Sully Fondeur, Don Chiche; Don Aney Muñoz y Don José Rafael Mera, tuve el privilegio de acercarme desde muy joven a un grupo de hombres que, cada uno desde su personalidad y su manera de hacer las cosas, fueron protagonistas importantes del desarrollo empresarial de Santiago.
Entonces, Santiago era distinto.
Y quizás nosotros también.
Recuerdo mis visitas, casi diarias, a las oficinas de Mera, Muñoz y Fondeur, ubicadas en la calle 30 de Marzo, casi esquina Restauración. La oficina de mi padre estaba a menos de 200 metros y muchas veces me tocaba llevar sobres y documentos que se intercambiaban entre él y el ingeniero Muñoz.
Eran diligencias sencillas, de esas que para un muchacho no tenían entonces mayor importancia. Pero con los años uno comprende que, mientras iba y venía por aquellas calles, también estaba caminando, sin saberlo, entre capítulos de la historia empresarial de Santiago.
En la entrada siempre estaba Yudith, la eterna recepcionista. Su presencia formaba parte de aquel paisaje cotidiano. Con el tiempo pasó a ser asistente del ingeniero Muñoz y todavía permanece vinculada al grupo. También permanece el señor Montalvo,lo recuerdo en un escritorio con varios libros grandes de contabilidad, quien ha dedicado 60 años de su vida a esta empresa.
¡Setenta años!
Y eso también es historia. La historia de las empresas no solamente se cuenta a través de sus fundadores o de sus grandes decisiones. Se cuenta también en la vida de quienes llegan un día a trabajar y terminan entregando una buena parte de su existencia a una institución.
Otras diligencias nos llevaban hasta Hoyo de Lima.
Allí estuvo como administrador el compadre de mi padre, el ingeniero Simón Tomás Fernández. También el ingeniero Manuel Guerrero y luego el siempre recordado Carlos Alfredo Fondeur Victoria.
Y alrededor de aquellos lugares también quedaron nombres que regresan cuando uno abre las puertas de la memoria: doña Carmen Ramos, Digna, Ovidio y, en los talleres, Víctor Filpo y Fabio, el mecánico.
Cada lugar tenía sus personajes.
Cada personaje, su historia.
Y cada historia, una forma particular de permanecer.
Otra parada en aquella ruta era la Corporación Zona Franca, donde Don Chiche Fondeur, quien durante tantos años presidió esa institución, siempre recibía con su habitual amabilidad.
Todavía puedo escuchar una de sus preguntas preferidas cuando me veía:
—¿Cómo van los estudios?
Una pregunta sencilla, pero que hoy, tantos años después, vuelve a mí con la misma cercanía de entonces.
Quizás esa era una de las cualidades de aquellos hombres: podían estar al frente de grandes empresas, tomar importantes decisiones y, al mismo tiempo, detenerse a preguntar por los estudios de un joven que llegaba a la oficina con un sobre en las manos.
En la publicación que recoge estos 70 años, presentada magistralmente por el profesor Rafael Emilio Yunén, se describe a Carlos Sully Fondeur como el organizador, el constructor institucional de Mera, Muñoz y Fondeur.
Y la definición parece justa.
Don Aney Muñoz era el articulador, el hombre de la acción, del poder y de los detalles.
Don José Rafael Mera, el visionario, el hombre de las ideas y de mirar más allá.
Tres personalidades distintas. Tres estilos. Tres maneras de asumir los retos.
Pero cuando se trataba de unir esfuerzos, ideas y voluntades, encontraban el camino común.
Junto a ellos recuerdo también al ingeniero Bolívar Díaz, otro profesional que formó parte importante de aquel equipo.
Pero mis recuerdos no terminan en las oficinas ni en las empresas.
También llegan hasta la casa de Don Meney Cordero, en Los Jardines Metropolitanos.
¡Cuántas historias se contaron allí!
Aquellas peñas eran verdaderos encuentros de amistad. Mi padre, Don Aney, Don Chiche, Don José Rafael Mera, Simón Tomás Fernández, Don Víctor Fondeur y, algunas veces, Don Jean Haché y el arquitecto Cuqui Batista, coincidían alrededor de largas conversaciones.
Se hablaba de Santiago.
De negocios.
Del país.
De política, seguramente.
Y, sobre todo, de la vida.
Hoy pienso que, sin proponérselo, aquellos encuentros eran pequeñas páginas de la historia de Santiago. Allí estaban hombres que soñaban, emprendían, discutían y construían. Hombres con diferencias de criterio, pero unidos por la amistad y por un profundo vínculo con esta ciudad.
Por eso, mientras veía las imágenes de los 70 años de Mera Fondeur, no podía dejar de pensar en todos ellos.
En los que están.
Y en los que ya se fueron, en este espacio debo recordar y mi corazón se contrae- a mi compañero del colegio De La Salle, Alejandro- Ali- Fondeur Victoria, miembro de la familia Fondeur Victoria, ido a los brazos del señor muy joven.
Porque llega un momento en la vida en que uno comprende que la memoria también tiene sus propias calles. Uno las recorre y encuentra puertas que creía cerradas, voces que pensaba olvidadas y rostros que, de repente, vuelven a sentarse a nuestro lado.
Mera Fondeur comenzó su historia en 1956.
Setenta años después, aquella empresa de los primeros tiempos se ha transformado en un sólido Grupo Corporativo, sin perder el vínculo con las raíces que le dieron origen.
Y resulta satisfactorio comprobar cómo el legado ha encontrado continuidad.
Una segunda generación, representada por Ricardo y Patricia Fondeur Victoria, consolidó y afianzó las bases construidas por sus mayores. Y una tercera generación, con Alejandro Fondeur Mera, Gabriela Puig Fondeur y Carla Fondeur Heronimus y otros jóvenes integrantes de la familia, asumen ahora el compromiso de aportar nuevas ideas y propósitos innovadores para continuar una historia que no se detiene.
Ese es, quizás, el mayor desafío de las empresas familiares: avanzar con los nuevos tiempos sin olvidar el camino recorrido.
Como expresó Ricardo Fondeur, presidente del Grupo Corporativo, durante la celebración:
“Una empresa alcanza su verdadera dimensión cuando su crecimiento también empuja el progreso de su entorno”.
Y al escuchar esas palabras pensé en el Santiago que conocieron aquellos hombres.
Pensé en las oficinas de la calle 30 de Marzo, en los sobres que llevaba de una oficina a otra, en las visitas a Hoyo de Lima, en la Zona Franca, en la pregunta de Don Chiche sobre mis estudios y en aquellas inolvidables tertulias de Don Meney.
Setenta años después, Mera Fondeur celebra una gran historia empresarial.
Yo, desde mi lugar, también celebro una historia de afectos.
Porque detrás de cada empresa hay números, inversiones, proyectos y resultados. Pero también hay seres humanos. Hay amistades. Hay lealtades. Hay conversaciones que el tiempo no borra.
Y cuando uno mira hacia atrás y descubre que aquellas vivencias de juventud forman parte de la historia de una empresa que hoy cumple 70 años, solo queda agradecer haber tenido el privilegio de conocer, escuchar y compartir, aunque fuera desde la cercanía de mi padre, con algunos de aquellos grandes hombres de Santiago.
Ellos construyeron empresas. Ayudaron a transformar una ciudad. Pero, sin saberlo, también fueron dejando recuerdos en la memoria de quienes tuvimos la suerte de caminar cerca de ellos.