Los años de la infancia se deslizan con la ligereza de un suspiro. En la adolescencia, el tiempo parece echar alas y, en la adultez, con la llegada de los hijos, nos entregamos por completo a ese hermoso y absorbente oficio de criarlos. Mi abuela decía que, desde que una criatura cae en el vientre, comienza el oficio de ser madre, una tarea que no termina nunca.
Es una tarea que lo devora casi todo: las horas, la energía, incluso los pensamientos. Los días corren sin tregua, mientras las obligaciones marcan el compás de cada jornada.
Y así, casi sin darnos cuenta, los años pasan. Los hijos crecen, se casan, se marchan lejos, a veces tan lejos que parece que se han ido a vivir a la Conchinchina. La casa, antes colmada de risas y pisadas infantiles, aprende de pronto el lenguaje del silencio. El patio pierde las huellas diminutas que alguna vez lo adornaron y los senderos marcados por aquellos pies pequeños se desdibujan bajo el paso de los años. Las habitaciones, ahora vacías, guardan un silencio distinto, de esos que nos hacen cerrar las puertas para no escuchar demasiado fuerte el eco de la nostalgia. A eso lo llaman «el nido vacío», un término muy conocido que, aun así, se nos clava como una pequeña espina en el corazón.
Sin embargo, la vida sigue su curso. Llegan fechas de celebración, como la Navidad, cargadas de luces y alegría. Las esperanzas se renuevan y los hijos vuelven. Algunos llegan de sorpresa, como regalos que no estaban debajo del árbol y a otros los esperamos con un sancocho de siete carnes.
Esos días, las mañanas comienzan temprano. Nos alegra saber que todas las habitaciones están ocupadas otra vez, que detrás de cada puerta duerme uno de los nuestros y que la casa ha recuperado, aunque sea por un tiempo, sus antiguos latidos.
Al pasar por esas habitaciones que hasta hace poco dormían en silencio, abro las puertas y encuentro a mis hijos despiertos, animados, sonrientes. Me saludan con un cálido «buenos días», mientras me ofrecen una taza de café recién colado.
—Sentémonos en la salita a tomar este café y a hablar un chin —me invitan, con la calidez de quienes también han vuelto cargados de nostalgias.
Hablamos mucho. Entre sorbos de café y palabras que acarician el alma, regresamos juntos a otros tiempos. Al mirar la luz de sus ojos, confirmo que los años, aunque fugaces, dejan huellas que el amor se encarga de volver imborrables.
Los días de su infancia y juventud reviven entonces en la conversación, a través de aquellos cuentos familiares que el tiempo ha convertido en una antigua magia: basta recordar cualquier travesura, ocurrencia o episodio de hace muchísimos años para que volvamos a reír al unísono, como si hubiera sucedido ayer.
Si algo he aprendido es que los hijos se llevan un pedazo de la casa en el alma y dejan otro de ellos viviendo entre nosotros. Crecen, emprenden sus propios caminos, construyen sus hogares y, un día, comprendemos que también debemos aprender a quererlos desde la distancia.
Entonces agradezco a Dios la gracia inmensa de ser madre, de haberles dado raíces para recordar de dónde vienen y alas para llegar hasta donde quieran.
Mi oficio, al final, es abrir el nido para que vuelen y mantenerlo tibio, siempre, para cuando quieran regresar.