El entorno del parque Duarte, envuelto en el incesante trajinar de la gente y el apretujado tránsito del día, asume en horas de la noche un entorno apacible y taciturno, por las pocas luces que lo iluminan. Pocos conocen que, detrás de esa calma, se concentran múltiples energías de épocas pasadas que lo convierten en un lugar poco menos que lúgubre y tenebroso, características que se acentúan mientras pasan las horas y desaparece todo movimiento.
Las trece personas que sufrieron el suplicio de la horca en los portales del ayuntamiento, donde hoy está el Palacio Consistorial, en 1805, durante la invasión haitiana de Henri Christophe; el padre que, sobresaltado y espantado, en ocasión de aquel hecho, perdió el tino, abrazó a sus dos tiernos hijos, corrió hacia la barranca del río y se lanzó desde lo alto; los sujetos al palo de la picota, columna sangrienta plantada en la entonces plaza de armas, hoy parque Duarte, donde cumplían su martirio los condenados a penas horrendas; el cura Juan Vásquez, atormentado con crueldad por los haitianos también en 1805 en el cementerio, entonces detrás de la hoy Catedral, sacrificado y quemado con los escaños del coro y los confesionarios de la iglesia, y los veinte sacerdotes que fueron degollados junto a él; los caídos en la plaza de armas en el levantamiento de febrero de 1863; todos los muertos el Martes de Carnaval de 1805 en la iglesia parroquial y en la plaza de armas por los haitianos, cuando se celebraba la misa en la iglesia parroquial, entre gritos de misericordia y actos de contricción, degollados o acribillados por las balas; los muertos en la Cárcel Vieja, donde hoy está la Gobernación, y en el hospital de Nuestra Señora de la Asunción y San Sebastián, en la calle 30 de Marzo; todos aquellos que transitaron rumbo al cementerio por la calle 30 de Marzo, una verdadera calle fúnebre, desde los condenados a ser fusilados en 1863, durante la Anexión, hasta el presidente Antonio Guzmán en 1982, pasando por Carlos Sully Bonnelly en 1923, Salvador Cucurullo en 1926, Ercilia Pepín en 1939 y Fausto Guzmán y Erasmo Bermúdez Espaillat en 1961, entre otros tantos.
Sombras que parecen estirarse como dedos oscuros que buscan atrapar a los pocos transeúntes audaces; ramas que parecen gritar con el lamento frío del viento; ecos de almas atrapadas en el tiempo; hojas secas que crujen, delatando presencias invisibles. Todo lo perciben y sienten las almas sensibles. Bajo la pálida luz de luces parpadeantes, el parque Duarte se transforma en un escenario espectral, un umbral donde la frontera entre los vivos y los muertos se disuelve por completo en esta Noche de Difuntos.
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