Hay lugares que no se explican, se sienten. Rincones que se anidan en la memoria, donde el tiempo se suspende y la alegría se vuelve lenguaje compartido. En el corazón de Santiago late uno de esos rincones singulares, la Casa Bader. Con casi noventa años de historia, este refugio del jolgorio donde la memoria ha sido escenario de encuentros cotidianos, donde confluyen risas, pasos de baile y personas de todas las riberas sociales, unidas por la música y el deseo de celebrar la vida.
Aquí, incluso la cerveza, servida con un ritual que raya en lo mítico, tiene otro sabor, como si guardara el secreto de generaciones enteras que encontraron entre sus paredes algo más que una noche de fiesta.
Un mostrador colmado de historias y memorias compartidas te recibe con fotografías y anuncios de años de gloria que hablan sin necesidad de palabras. Apenas cruzas el umbral y el ambiente te envuelve. Hay algo en el aire que huele a fiesta antigua y a promesa de gozo. El calor humano auténtico y sincero te guía hacia el fondo del local, donde una terraza, desnuda como Dios la trajo al mundo, te espera desbordada de alegría. Cobijado bajo zinc y madera centenaria, este rincón al ritmo del son, del merengue dibujado en la pista y de canciones de ayer que se niegan a marcharse.
La música no se ha apagado en Casa Bader desde 1939. A partir de su apertura, hace ya más de ocho décadas, esta casona de dos aguas y puertas grandes se instituyó como un remanso de regocijo, hospitalidad, bocados árabes, pasitos bien medidos y la cerveza más fría. Cada sábado resuena la música típica y los domingos, una orquesta en vivo celebra la vida.
Llegué un domingo de suerte, cargada de expectativas, ya advertida de que allí se baila con rigor y pasión. Me dijeron que ese salón no es para principiantes, sino para quienes conocen el lenguaje secreto de los tambores, para buenos soneros, merengueros de escuela y para los que saben dibujar la vida con la punta del pie.
Intimidada, pero feliz, dejé que mi vista se posara en un señor de unos 70 años, con el ánimo fresco de los 20. Sentado, balanceaba su cuerpo con gracia, como si cada nota de la canción se le metiera en la cintura y le bajara hasta los pies, que rozaban el suelo con un engranaje invisible. No lo había visto aún bailar, pero su pinta era de un bailador de los tiempos en que se danzaba entre yerba y tambora.
Vestía un sombrero cubano de ala corta con clásica cinta negra, pantalones de buen casimir donde guardaba un pañuelo perfumado previsto para recoger el sudor de la alegría. Como salido de un recuerdo, llevaba una camisa blanca holgada y planchada con esmero, zapatos a tono y unos lentes Ray-Ban de montura dorada que le daban un aire de leyenda urbana. Lo seguí con la mirada durante toda la noche.
Desde una esquina de la pista, donde parecía tener un lugar reservado, observaba con mirada crítica y serena. Allí, como un cardenal del ritmo, evaluaba sus posibles acompañantes. Cuando sonó “El Farolito” de Juan Luis Guerra, una pareja que parecía electrificada se lanzó a la pista y él sonreía de ganchete, quizás compadeciéndose de la joven que bailaba con aquel hombre que parecía electrocutado.
Tras una cerveza “vestida de novia”, invitó a bailar a una hermosa joven vestida de negro eterno. Por una hendija de su vestido, se escapaba su cintura y todo su cuerpo parecía hecho de notas musicales. Era una mujer de belleza natural con piel fresca, caderas rebeldes, sonrisa dorada, melena abundante como crin de caballo, ojos de miel y un don natural para el ritmo. Bailaba con alma, cuerpo y espíritu. Cada gesto era una declaración de femineidad y cada vuelta, un tributo al arte del baile. Con la canción “Tú me hiciste brujería” del Gran Combo, parecía flotar con una cadencia incomparable.
En la pequeña pista, el caballero la tomó con gracia, la giraba con libertad y luego se apartaba un poco, solo para deleitarse viéndola bailar. En un momento, colocó sus manos sobre su pecho y simplemente la contempló, pleno de fascinación.
Cuando terminó la canción, la condujo a su mesa. Luego sacó a bailar a otra mujer, una que bailaba como quien pedalea en el aire sin saberlo, mientras la joven de negro, coqueta y elegante fue invitada por un muchacho apuesto pero sin ritmo. Ella lo intentó, pero su mirada regresaba constantemente a su anterior pareja. No encontraba en el nuevo compañero la cadencia que su cuerpo necesitaba. El joven la admiraba, pero no sabía llevarla.
Finalizado el merengue, mi caballero de camisa blanca se secó el sudor de la dicha, escoltó a su pareja hasta su asiento y volvió a sentarse, como quien saborea un receso merecido.
Entonces estalló la música con la pegajosa trompeta de Rhoden Santos y el saxofón del Maestro Crispín Fernández. De inmediato, comenzó a sonar “El Merengón”, con esos versos que son un llamado a la pista.
Y como si la percusión la empujara, la joven elegante volvió a la mesa del caballero de la camisa blanca para invitarlo a bailar por toda la noche y su gozo fue de nunca acabar. Cada giro de ellos en la pista era un poema sin palabras y cada paso era un milagro que unía generaciones al compás de la alegría.
Esa noche pude comprobar que en Casa Bader no se baila solo con los pies, también bailan los recuerdos con el alma. Es un lugar donde el tiempo se detiene para rendirse ante la música.
Allí los calendarios pierden autoridad, las canas dejan de importar y el corazón recupera la edad exacta de sus mejores recuerdos. En cada vuelta sobre la pista se abrazan el ayer y el presente. Todos los días renace una historia, un amor, una amistad o un recuerdo que se resiste a morir.