Mientras buscaba en el celular el nombre de una persona, encontré un contacto de una gran amiga que, hace más de un año, emprendió su camino al cielo. Su nombre seguía ahí, intacto, como si aún pudiera responderme. Con cierta nostalgia, abrí su chat y revisé sus mensajes de “buenos días”, siempre llenos de luz y cariño.
Entre esas líneas de afecto, fui descubriendo el día en que enfermó, la fecha en que cayó en cama y el período en el que su voz se apagó. Todo ocurrió demasiado rápido. Al ver sus palabras tan alegres y llenas de vida, sentí con más certeza que el tiempo vuela y que la vida es un soplo breve.
De inicio, no quise borrar su contacto. Sentía que al hacerlo de algún modo la despedía de nuevo. Pero finalmente, con nostalgia y asomos de tristeza, lo eliminé. Y en ese instante, como si su partida abriera la puerta de otros recuerdos, pensé en otras amigas y amigos que también se han ido. Así, en un acto casi ritual, fui despidiendo a siete personas más de mis afectos, queridas y cercanas. De esta forma, sus nombres desaparecieron de la lista de contactos, pero no de mi memoria y en medio de esa ardua tarea, no tuve el valor de borrar el contacto de mi mamá…
Es extraño borrar un nombre y sentir que, con él, se desvanece un pedazo de nuestra historia. Nos acostumbramos a su presencia y cuando parten, dejan esos vacíos que aprendemos a habitar con ternura.
A veces creo que a las personas de nuestra edad nos tocaron el timbre del recreo, salimos todos a divertirnos y, sin darnos cuenta, nos llegó la hora, embelesados mirando al cielo. En resumidas cuentas, la escoba del destino anda inquieta, pasando lista para ver quién levanta la mano y dice: ¡presente!
Quizás la vida sea precisamente eso: un recreo breve donde reímos, aprendemos, tropezamos y amamos, antes de que suene la campana que nos llame de vuelta a la gran casa. Y aunque el recreo quede en silencio, sus recuerdos permanecen, tejiendo hilos invisibles que nos enlazan más allá del tiempo.