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Nuestras zonas err贸neas

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Los que peinamos canas, seguro que lo recordamos. Aquel libro amarillo pollito,
Tus zonas err贸neas 1 , de Wayne Dyer. En los cada vez m谩s lejanos a帽os setenta,
en cada casa parec铆a haber uno.
Era inconfundible. Aparte del color, la portada ten铆a un mu帽equito que, encorvado
por el peso de sus pesares, se agarraba la cabeza como si estuviera a punto de
colapsar. Unas letras grandes y gruesas se iban contorneando para darle forma al
mu帽equito. Culpa. Angustia. Preocupaci贸n.
L茅eme y encontrar谩s la soluci贸n a todo eso, parec铆a prometer. No hay dudas de
que era el libro de autoayuda por excelencia de la 茅poca. Mi mam谩 lo ten铆a en su
mesita de noche, por lo que 鈥 bien pod铆a decirse 鈥 era su libro de cabecera.
Y seguramente lo fue para much铆simas personas, pues en el mundo se vendieron
m谩s de 35 millones de copias. Si a muchas de estas personas les lleg贸 el milagro
prometido de la autoayuda, es m谩s dif铆cil saberlo.
El universo de la autoayuda tiene, es bueno recordar, sus complejidades. Hay
quienes creen con fervor en ella, y se la aplican con fruici贸n a s铆 mismos y a todo
el que se deje de su entorno. Y hay quienes la desde帽an como se hace con los
espejismos alimentados por las ganas de creer.
A pesar de estas contradicciones, quisiera creer que los que buscaron ayuda en el
libro del mu帽equito doblao 鈥 incluyendo a mi mam谩, desde luego 鈥 la encontraron.
Lo deseo con sinceridad y humildad.
Porque ayuda 鈥 de donde venga y como venga 鈥 necesitamos todos. Y porque
zonas err贸neas tenemos todos.

***

Los griegos, que inventaron casi todo, llamaron idiosincrasia a ese temperamento
particular, que es necesariamente una mezcla de luces y sombras y que tenemos
tanto los individuos como las colectividades humanas.

Quiere decir, entonces, que no solo las personas individuales tenemos car谩cter y
rasgos distintivos; los grupos humanos tambi茅n los tienen. La simple observaci贸n
pone en evidencia las diferencias entre las formas de ser y actuar de las diversas
sociedades.
Por m谩s globalizado 鈥 y ecualizado 鈥 que est茅 el mundo no es dif铆cil notar el
contraste que puede haber entre, por ejemplo, japoneses y alemanes; o entre rusos
y caribe帽os.
Si esto es as铆, entonces es posible afirmar que el temperamento de cada grupo
humano tiene tambi茅n sus luces y sus 鈥渮onas err贸neas colectivas鈥.
Dicho as铆, parece que estamos diciendo algo muy original. Pero qu茅 va. Eso los
griegos lo pensaron hace dos mil quinientos a帽os.
***

Desde las gradas de mi confinamiento 鈥 y con la licencia que me dan los a帽os 鈥 se
me ha antojado ejercer de observador para se帽alar un par de esas zonas err贸neas de
nuestra idiosincrasia dominicana.
Antes de hacerlo, son pertinentes varias aclaraciones.
En primer lugar, son solo eso: observaciones. Nada m谩s. No son el fruto de una
investigaci贸n cient铆fica ni pretenden ser verdades absolutas. Son, m谩s bien,
reflexiones maceradas por los m谩s de cincuenta a帽os que tengo viviendo en la
realidad nuestra y, naturalmente, formando parte de ella.
El ejercicio que hago aqu铆, lo admito, tiene cierto parecido a aquello de escarbarse
el ombligo, si bien intento hacerlo con cierto sentido (驴com煤n?) y sin el l谩tigo con
el que solemos autoflagelarnos.
No pretendo juzgar a nadie 鈥 ni siquiera a nosotros mismos 鈥 ni subirme en un
pedestal de autoridad moral sobre ning煤n tema. Al contrario, declaro que 鈥
dominicano al fin 鈥 soy sujeto de la idiosincrasia misma que pretendo diseccionar.
Finalmente, asumo total responsabilidad por lo que expreso en este texto: una
mirada que busca ser honesta, que puede llegar a ser dolorosa, pero que no quiere
dejar de ser amorosa.

Si lo logro, son otras quinientas. Pero esa es la intenci贸n.
Aqu铆 vamos.

***

Primera zona err贸nea colectiva, seg煤n yo. En nuestra relaci贸n con los dem谩s, los
dominicanos parecemos bipolares.
Explico.
Por un lado, con nuestros familiares y amigos somos capaces de una solidaridad
tan grande que llega, incluso, a lo heroico. Un ejemplo entre muchos es la noticia
reciente respecto del crecimiento de las remesas enviadas por la di谩spora al pa铆s.
En medio de una contracci贸n econ贸mica tremenda y global, los dominicanos del
exterior han arreciado sus ayudas a sus familiares en el pa铆s, confirmando as铆 lo
que ya sabemos: somos capaces de quitarnos la comida de la boca para d谩rsela a un
ser querido.
Y no solo desde la di谩spora. Nuestra cotidianidad est谩 rebosante de esas entregas
incondicionales de apoyo, tanto econ贸mico como emocional.
Ese es el polo positivo.
El negativo es que esa solidaridad tan hermosa y extraordinaria suele darse solo
con nuestras relaciones primarias. Dif铆cilmente trasciende m谩s all谩 de nuestro
c铆rculo 铆ntimo. Y esto, en s铆 mismo, es una gran contradicci贸n.
Queda claro que, como sociedad, compartimos una visi贸n colectiva del destino. Al
bienestar y al 茅xito, los dominicanos llegamos en grupo, no como individuos. Sin
embargo, este sentido de lo colectivo no se desborda f谩cilmente m谩s all谩 de
nuestro clan.
Al contrario, hemos aprendido a desconfiar de ese 鈥渞esto de la colectividad鈥, y a
cuidarnos de 茅l. Nos tratamos a mordidas y competimos con ellos, sin reglas ni
cuartel, con tal de conseguir la sobrevivencia de nuestra peque帽a tribu.
Lo m铆o para los m铆os. A cualquier precio. Y, despu茅s de ah铆, que entre el mar.
Qu茅 gran paradoja. Y qu茅 gran contraste.

***

La segunda zona err贸nea que compartimos tambi茅n tiene que ver con nuestra
relaci贸n con los otros, pero va m谩s lejos que la primera.
Hela aqu铆.
Seguramente como consecuencia de nuestra historia 鈥 repleta de carencias, abusos
e ignominias 鈥 los dominicanos no hemos aprendido a alegrarnos con la
prosperidad ajena.
Es m谩s, dig谩moslo sin tapujos. Como colectividad, la prosperidad de los dem谩s
nos incomoda. Y, admit谩moslo, la libertad ajena nos agrede.
Esto parece ser verdad, observo, en todas las clases sociales y en todos los 谩mbitos.
Ser谩 que, a煤n en pleno siglo veintiuno, como sociedad estamos condicionados para
asumir los derechos como privilegios, no como atributos inherentes a la condici贸n
humana.
Y, claro, en cuanto a derechos, as铆 no hay becerro que llegue a toro. No los
exigimos, ni los protegemos. No nos damos permiso para ejercerlos, pero nos
molesta cuando el otro s铆 lo hace. O bien, como los percibimos como privilegios,
nos indigna cuando se les reconocen los derechos que tenemos a los pobres, los
inmigrantes, las mujeres y las minor铆as.
Como si todo esto fuera poco, esta zona err贸nea tiene otras ramificaciones
igualmente terribles.
Una de ellas es que aquello de yo estoy bien-t煤 est谩s bien aqu铆 no vuela mucho. En
realidad, estamos impuestos 鈥 por historia, experiencia y hasta programaci贸n
cultural 鈥 a estar mal, y si partimos de ah铆 ya se fastidi贸 el invento.
Tampoco entra en nuestra mentalidad, evidentemente, lo de ganar-ganar. En
nuestros intercambios cotidianos, estamos pendientes de cu谩nto va a ganar el otro.
Y si el otro va a ganar mucho 鈥 a煤n cuando nosotros tambi茅n estemos ganando
mucho 鈥 lo m谩s probable es que la negociaci贸n se caiga. Puedo dar fe, luego de
m谩s de treinta a帽os de trabajo profesional, de que ese comportamiento es
generalizado y recurrente en negocios y empresarios de toda clase y de todo
tama帽o.

Adem谩s, esta relaci贸n torcida con la otredad puede explicar, en gran parte, porqu茅
los salarios en el pa铆s son tan bajos. No es tanto que nuestros negocios no puedan
pagar mejores sueldos, es que escogemos no hacerlo. Y, en buena parte, es por esa
inclinaci贸n que tenemos de controlar lo que gana el otro.
Inclinaci贸n visceral y no racional, hay que distinguir. Si quedara alguna duda, s贸lo
hay que notar que preferimos, en general, pagar dos empleados mediocres de
ochenta a pagar uno de ciento veinte que sea m谩s efectivo que los otros dos juntos.
Haga la cuenta y ver谩 que no es falta de dinero, sino un tema de mentalidad; una
que no hace m谩s que perpetuarnos en el c铆rculo vicioso de la escasez.

***

No hay que ser un genio para darse cuenta de que una mala relaci贸n con el otro
denota, en el fondo, una mala relaci贸n con nosotros mismos. Y nuestra historia
tiene elementos de sobra para explicar porqu茅 esto puede ser as铆.
Ese es nuestro drama. El gran reto que tienen nuestras generaciones j贸venes es,
creo yo, terminar de romper ese ciclo que arrastramos por siglos e imponer una
nueva mentalidad de inclusi贸n y abundancia.
驴Sirven para algo estas observaciones? Qui茅n sabe. Probablemente no.
Pero, caramba, ojal谩 que s铆. Y que este modesto intento de autoayuda colectiva
nos motive un chilil铆n a seguir observ谩ndonos y conoci茅ndonos. Y, si a desear
vamos, que ese autoconocimiento nos lleve a atender estas 鈥 y otras 鈥 zonas
err贸neas.
Y, a partir de ah铆, seguir caminando, y evolucionando hacia una sociedad
dominicana m谩s justa y pr贸spera para todos.
驴Sue帽o imposible, delirio provocado por la pandemia? Tal vez s铆.
O tal vez no.

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