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Nuestra guerra

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Si puedes forzar tu corazón, tus nervios y tendones
a que sigan sirviéndote aun después de agotados
y sostenerte aun cuando en ti no haya
más que la Voluntad ordenándoles “Resistan”

“If”; fragmento, poema de Rudyard Kipling (1895).
Traducción libre.

Hasta el primero de marzo de 2020, las generaciones de dominicanos nacidas a
partir de 1960 habíamos sido muy, pero muy afortunadas.
Es muy probable que los que hemos nacido, crecido y madurado aquí a lo largo de
las últimas seis décadas no lo hayamos visto así, y que nos hayamos sentido
desdichados, frustrados y hasta un poco abandonados a nuestra suerte en esta isla
que, muchas veces, parecer ir a la deriva
En otras palabras, nunca supimos la suerte que tuvimos. Y vaya si la tuvimos.
Cuando miramos hacia atrás es que se nota.
Para empezar, hemos sido generaciones sin guerras. Y eso ya es un privilegio. A
la generación de nuestros padres, sin ir más lejos, le tocó vivir una guerra mundial
y encima fue alienada por una dictadura horrenda. A la anterior no le fue mejor,
con otra guerra mundial, una pandemia terrible y ocho años de intervención
extranjera.
Los que vinimos después, crecimos en la no-guerra de la Guerra Fría, que, aunque
dejó muchas heridas, fue relativamente suave por estos lares. No que haya sido
fácil, pero lo que pasó aquí no es comparable con lo sucedido en Vietnam,
Camboya, Indonesia o Chile. Tampoco es que tenemos, como generación, mucha
memoria de la crisis de los misiles del ’62, ni de la Revolución de Abril y la
consecuente intervención norteamericana.
En realidad, a las generaciones dominicanas post-Trujillo – siempre en términos
comparativos – no nos ha ido nada mal. Lo primero es que nos ha tocado provocar
– y, de paso, experimentar – una expansión económica sin precedentes en la
historia de la isla. Es verdad que ese crecimiento ha estado envilecido por una

inequidad cruel y refractaria, pero ha permitido que, al menos una parte creciente
de nosotros, nos montemos en la ola global de hiperconsumo, con más comida que
la que nos podemos comer, y más ropa que la que nos podemos poner.
En nuestro tiempo de vida, los viajes se popularizaron y se masificaron, la
medicina ha tenido avances insospechados y hemos tenido vacunas hasta para la
picádeojo.
Resumiendo, hemos sido tan suertudos que, si las generaciones anteriores pudieran
observarnos por un hoyito, seguramente nos envidiarían, y se referirían a nosotros
– no sin sorna – como “los de la flor de la auyama”.
Entonces, el primero de marzo de este borroso año 2020, se diagnosticó el primer
caso de COVID-19 en el país.
Y ahí se acabó el invento.

***

Con el nuevo virus se fue la suerte y vinieron muchas otras cosas. Muerte y dolor.
Miedo e incertidumbre. Paralización económica y destrucción de cientos de miles
de empleos.
Una realidad muy parecida a una guerra. Los paralelismos son numerosos y
poderosos. Todos, sin excepción, hemos sido afectados por la pandemia. En
mayor o menor medida, todos hemos pagado un precio, ya sea en vida propia o
cercana, salud física o mental, negocio, trabajo o estudios.
Si esto no es una guerra, que baje Dios y lo vea.
En efecto, igual que en la guerra, todos somos afectados, si bien aquellos que están
en el frente de batalla – esto es, los que luchan cuerpo a cuerpo contra el virus y
quienes los acompañan y asisten – son los más expuestos.
Como en la guerra, todo lo que no es esencial se detiene, se aplaza. Y todos los
aspectos de nuestras vidas – todos, sin excepción – empiezan a mirarse con el
nuevo sentido que les da la luz de la guerra, es decir, de la pandemia.
Y, como en la guerra, a fuerza de tener que asimilar noticias terribles con
frecuencia, nos vamos acostumbrando a la tragedia. De repente, los veinte muertos

de ayer parecen pocos comparados con los treinta de antier. Y las pérdidas se
acumulan tanto, y las despedidas se multiplican tanto, que nuestra mente se
defiende creando una costra que nos acoraza frente al horror.
Y, así, lo horroroso amenaza con convertirse en rutina.
Porque es verdad, tristemente, que a todo se acostumbra uno.
Hasta a la guerra misma.

***

Nada más lejos de la intención de quien escribe que trivializar esto que nos pasa.
Jamás. Vayan mi humilde reconocimiento y reverencia a los que nos han dejado, y
mi solidaridad con los que han quedado con el duro vacío de sus ausencias.
Esas son las secuelas más feas de las guerras: desgracias irremediables que dejan
penas interminables.
Si algún ejercicio estamos tratando de hacer, desde el más profundo respeto al
sufrimiento, es mirar a esa realidad a la cara, con todos sus pelos y todas sus
serpientes, con la esperanza (¿vana, tal vez?) de encontrar una fórmula que nos
ayude a sobrevivir.
Tremendo lío, ese. Porque, ¿cómo se gana una guerra contra un enemigo invisible
y concreto a la vez? ¿Cómo hacerlo cuando la niebla de la incertidumbre es aún
tan espesa que el camino ni se ve?
Esa es, precisamente, nuestra guerra. La que nos tocó.
¿Por dónde andará la flor de la auyama, justo cuando más la necesitamos?

***

Ganar la guerra, digo yo, es llegar vivos y cuerdos al final de ella.
Nada más de ahí. Pero nada menos.

Lo de llegar vivos, desde luego, comienza por lo puramente biológico. Corazón
latiendo. Pulmones respirando.
Y se complementa con lo material, que en este caso se aceptará lo mínimo, lo
esencial.
Todo lo demás, si hay vida, se repondrá. O no. En cualquier caso, importará poco.
Porque lo importante es llegar.
Uno quiere creer que la vida se protege minimizando riesgos. Manteniendo
despierta la conciencia del peligro, conscientes también de que no hay garantías.
Para lo material – ese mínimo esencial – tendremos que diseñar, sin manuales, una
economía de guerra que se adapte a los escenarios que impone la pandemia, que
son, a la vez variados y peculiares. Estericar lo que queda, mucho o poco, para
que alcance hasta el final.
Y cuando se acabe, estericarlo aún más. No hay de otra.
¿Y qué de la cordura, que sabe ser la otra gran baja de esta guerra maldita? ¿Cómo
la protegemos?
Hacerlo es importantísimo, porque, si me preguntan a mí, diría que las reservas
mentales y emocionales de cada uno son quizá más importantes que las reservas
materiales.
Tocará, también sin garantías, abrazarnos a nuestros cariños fundamentales.
Apoyarnos con todo, querernos con todo. Y seguir estericando otras cosas, como
la paciencia para comprender que es cierto que esto nos afecta a todos, pero
también que a cada uno lo hace de manera diferente.
Como en la guerra, también ayudará a mantenernos cuerdos el celebrar, en grado
superlativo, los placeres que antes parecían minúsculos. Una taza de café, una
planta que florece en el balcón, un abrazo sin prisa y con los cinco sentidos.
Un juego de mesa con los muchachos. Una comida compartida. Un gesto
solidario de un vecino.
Cualquier cosa vale para ayudarnos a seguir.

Hasta que esto pase. Cést la guerre, dicen los franceses.

***

Si llegamos al final, ya habrá tiempo y espacio para muchísimas cosas. Las
posguerras, recordemos, suelen traer muchísimas oportunidades para el bando
vencedor. Y en esta guerra, gana el que llegue vivo.
Para que haya recuperación, tiene primero que haber supervivencia.
Y para sobrevivir, hay que resistir. A cualquier precio.
Es lo que hay. Vamoaceile, decimos en ei sitio.

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