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Náufragos

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“I had power over nothing.”
“No tenía poder sobre nada”
Chuck Noland, interpretado por Tom Hanks en Cast Away
Película producida por ImageMovers y Playtone (2000)

A estas alturas, debería quedar claro. Si tenemos ojos para ver y oídos para oír, ya
deberíamos habernos rendido ante lo evidente. El mundo no es nuestro. Y, más
aún, nunca lo fue.
Esta aclaración es válida, porque, a lo largo de los milenios, como especie hemos
demostrado una gran capacidad para creernos las metáforas creacionistas que más
nos convienen, como aquella del mandato divino de “llenad la tierra y sometedla 1
”. Traducción: la Tierra, y todo lo que contiene, es de y para los humanos.
Ese principio sirvió para justificar muchísimas barbaridades, como – por ejemplo y
entre muchas otras – la aniquilación de miles de especies y de ecosistemas
completos. Incluso, algunas sociedades humanas llegaron a creerse que gozaban
del favoritismo de la divinidad frente a otras de su misma especie, y se atribuyeron
el derecho de saquearlas, esclavizarlas y hasta destruirlas.
Como se dice una cosa, hay que decir la otra. Estas ganas de creer en mitos
comunes son inherentes a nuestra condición humana y además son necesarias, pues
la aceptación colectiva de estos mitos es lo que nos permite funcionar como
sociedades organizadas. Estados, instituciones, leyes y derechos forman parte de
esa realidad paralela – e inventada – en la que vivimos.
Por tanto, hay que creer, sí. Pero no hay que exagerar. O, por lo menos, no hay
que olvidarse que todos esos elementos son constructos, convenciones útiles que
nos ayudan a vivir.
Tomemos, por ejemplo, la noción de la propiedad. Vamos a ver. Escogemos creer
que un pedazo de tierra que estuvo ahí desde hace millones de años – desde mucho

antes que el primer ser humano caminara sobre la tierra – y que seguirá ahí por
millones de años – hasta mucho después de que el último de nosotros desparezca –
es nuestro, solo porque lo dice un pedacito de papel con un sellito dorado.
Puesto así, hasta parece absurdo.
¿Y qué decir de la pretensión de “someter a la naturaleza”? ¿De verdad nos
llegamos a creer que sí, que la naturaleza puede ser sometida?
Pues sí, nos lo llegamos a creer. Como el mago que llega a creerse su propia
magia.
Y ahí mismito se le retorció el rabo a la puerca.
***

Podemos dar todas las patadas voladoras retóricas que queramos, y al final la
realidad se impone. No somos dueños del mundo. Ni podemos controlar a la
naturaleza.
De hecho, podemos controlar muy poco – o nada – de lo que sucede a nuestro
alrededor. En el mejor de los casos, podemos ejercer alguna influencia – las más
de las veces, limitada – en nuestro entorno.
Y eso está bien. Porque, además, siempre fue así.
Y no por eso han dejado de ser la vida y sus delicias los dones maravillosos que
son.
Lo único que queda es aceptarlo.

***

Todo esto viene a cuento, desde luego, por el Gran Confinamiento, que así es como
ya ha sido bautizado para la historia este período en el que un simple virus
arrodilló al mundo y se ha llevado más de 600,000 de nosotros.
Por si quedaba alguna duda de que no somos más que pasajeros en este planetica
multicolor – con todo y nuestros ejércitos, nuestra tecnología, nuestros bancos y

nuestro dinero – la tragedia de la pandemia se ha encargado de recordarlo y
subrayarlo.
No controlamos nada. De repente, el barco poderoso en el que surcábamos los
mares y en el que nos imponíamos sobre el viento y las olas, chocó con un arrecife
y nos ha convertido a todos en náufragos.
Y hemos quedado varados en un lugar inhóspito, donde a todos, sin excepción, nos
acecha un peligro silencioso e invisible que ataca en cualquier momento.
Como los náufragos que somos, es poco lo que podemos hacer, como no sean las
tareas justas y necesarias para nuestra supervivencia. Y, muchos de nosotros, ni
siquiera eso.
El resto es esperar. De nuevo, como los náufragos. Y ocupar la espera de cada día
tratando de mantenernos vivos hasta que llegue el rescate.
Aunque para eso también hay que esperar, primero, a que pase la tormenta.
Eso es lo que hay. Esperar.

***

El Gran Confinamiento impone, ciertamente, la Gran Espera.
Y para sobrellevar la Gran Espera, puede ayudarnos abrazarnos a la Gran
Aceptación y a su hermano gemelo, el Gran Desapego.
Es mi humilde opinión que, para amigarnos con estos mellizos, lo primero que hay
que hacer es liberarse de cualquier vestigio de orgullo que pueda quedar en nuestro
interior. Lo peor que puede hacer un náufrago es aferrarse a éxitos pasados, de la
época en que navegaba feliz y despreocupado, como el dueño del mundo que creía
ser.
Al contrario. Los náufragos tenemos que aceptar que lo somos. Aceptar que
vivimos bajo amenaza constante y que habrá algunos momentos de desaliento y
otros de ansiedad. Que no sabemos cómo ni cuándo llegará el rescate. Aceptar,
incluso, que el peor escenario posible de nuestras mentes probablemente no lo sea,
porque siempre puede haber uno aún peor.

Aceptar, en suma, lo dicho: que no controlamos nada. Que la información que
manejamos lo más lejos que nos lleva es a tener ilusión de control.
Esa es, creo yo, la Gran Aceptación.
Y luego soltar muchas cosas. Empezando por todo lo material. Todo, salvo las
pequeñas cosas y los pocos utensilios que usamos los náufragos. Y siguiendo por
la idea de que tenemos el mundo bajo control y que somos nosotros los que
hacemos que las cosas sucedan.
Nada más falso. El sembrador prepara el campo y siembra la semilla, cierto. Pero
es la semilla la que germina, la que crece y la que fructifica. El sembrador hace su
parte, y es verdad que sin ella no hay cosecha. Pero la que da la vida que tiene
dentro de sí, es la semilla.
Igual el cocinero, que sabe cómo hacer que su mangú quede de chuparse los dedos.
Mezcla los ingredientes en el punto exacto, ese es su arte. Pero todos los
ingredientes – hasta el fuego mismo – los pone la naturaleza.
Es sutil, pero poderoso. Somos dueños del esfuerzo, no de los dones que le dan
sentido ni, mucho menos, del resultado.
Se me antoja, entonces, que el Gran Desapego consiste en reencontrarnos con
nuestro lugar en el mundo. El que es, con sus posibilidades y limitaciones. Y
agradecerlo, como el gran regalo que es.
***

La Gran Espera continúa, y – lamentablemente – hay que estar preparados para
seguir recibiendo golpes y acusando pérdidas.
Mientras tanto, la consigna es la de los buenos náufragos: seguir respirando. Que
el sol sigue saliendo cada mañana. Y el rescate, confiamos, eventualmente llegará.
Cuando lo haga, ojalá que no olvidemos a los mellizos Aceptación y Desapego.
Porque, aún cuando cambie nuestra condición de náufragos, todo lo hallado seguirá
siendo verdad.

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