Inicio Tiempo Fuera Cuatro cuadras

Cuatro cuadras

1
2

Nunca se supo quién les puso esos apodos. Y si se supo alguna vez, eso – como a
tantas otras cosas – se lo llevó el olvido.
El caso es que los motes les caían como anillo al dedo. Una salida genial, sin
dudas, de algún vecino que, a fuerza de ver a los tres carajitos peinando el barrio –
todos los días y juntos parribaypabajo – signó su destino rebautizándolos como
Tirigüillo, Salseñique y Flinflín.
Respectivamente, claro. Pues es verdad que los tres tenían los mismos ocho años
de edad y que, además, andaban en paivá, como las guineas; pero cada uno tenía
peculiaridades de fisionomía y personalidad tan acentuadas que, para saber cuál era
cuál, no había perdedera.
Uno era diminuto y flaquito, pero nunca se estaba quieto. Un frasquito de pura
pimienta. Tampoco se callaba nunca y era el primero que entraba en todos los
inventos del trío de amigos. Ese era Tirigüillo.
Otro era alto para su edad, gordito y buchú. Su contextura era tal, que cuando se
paraba en posición de firmes su silueta dibujaba un óvalo vertical. Era de
temperamento tranquilo, y exudaba ingenuidad por todos los poros. A ese le
pusieron Salseñique.
Y el otro era el autor intelectual de todos los proyectos con los que solían
encapricharse los tres amigos. Tenía una mente creativa y la extraña capacidad de
minimizar cualquier dificultad práctica que hubiera para ejecutarlos. Un soñador
en toda regla. Era espigado y de figura alargada, como si lo hubieran agarrado por
cabeza y pies y lo hubieran estericado. Era tan liviano que se llegó a afirmar que
los días de brisa su mamá le metía par de callaos en los bolsillos de los pantalones.
Como no podía ser de otra manera, a ese le pusieron Flinflín.
Hablar de Tirigüillo, Salseñique y Flinflín es, desde luego, hablar del universo
particular en el que se desenvolvían; un mundo de cuatro cuadras atrapado en una
burbuja de tiempo y memoria.
El espacio de las correrías de los tres secuaces, mal que bien, todavía existe. Los
tres vivían en la calle Máximo Gómez, en la pierna derecha del pantalón que forma

con la calle Eladio Victoria según se baja. Su mapamundi estaba limitado por la
Avenida Restauración al norte y la Calle Del Sol al sur; la 30 de Marzo en la
esquina del Hotel Mercedes al levante y la General Valverde al poniente, justo
antes de que se acentuara la cuesta que baja hacia La Joya.
El tiempo en el que existieron Tirigüillo, Salseñique y Flinflín era un tiempo
simple. O, al menos, así se antoja desde el futuro lejano que es hoy presente.
Era un tiempo de vecinos. De galerías y aceras, de racimos de muchachos en las
calles. De inocencia e imaginación. Una pelota de goma aquí, un capuchín allá,
un tirapó más allá.
Seguramente, angustias y tragedias hubo. Muchas. Pero a esas, también, las
desdibujó el olvido.

***

Me resulta fácil visualizar a estos tres personajes patrullando el entorno de la Calle
del Pantalón. Harían, imagino, las delicias de cualquier dibujante de tiras cómicas.
Tirigüillo, menudo e hiperactivo; Salseñique, mofletudo y bonachón; y Flinflín con
su esbeltez esquelética, rematada por una mata de pelo negro que lo hacía
parecerse a un palito’e fósforo.
Y, luego, las ocurrencias. Acicateados por la mente febril de Flinflín, se la
pasaban inventando. Y como Flinflín tenía un talento para trocar imposibles en
probables, la fe hacía el resto. Y se embarcaban, con el mayor desparpajo, en
cualquier proyecto que los mantuviera ocupados e ilusionados.
¿Armar un carrito de cajas de bolas para tirarse por la cuesta de La Joya? Claro que
sí. ¿Construir un periscopio con tubos de cartón y espejos para espiar lo
prohibido? Por qué no. ¿Armar una vara telescópica para tumbar los mangos más
altos del patio de la casa de Salseñique? Delo por hecho.
En muchos propósitos, de seguro, fracasaron. Pero todos los intentaron.
Y como Dios protege al inocente – y a ellos nadie les dijo que muchas cosas no se
podían hacer, y si se lo dijeron ahí estaba Flinflín para desmentirlo con su flema
impecable e implacable – como quien no quiere la cosa cristalizaron algunos
logros nada desdeñables.

El más vistoso de ellos fue un sistema de teleférico de laticas para comunicarse
cada uno desde sus casas e intercambiarse chucherías entre sus aposentos.
Original e ingenioso, ciertamente. Tanto que lo envidiaría el mismísimo Ciro
Peraloca.

***

Un buen día, a Flinflín se le ocurrió pensar que enviar un proyectil a la Luna no
debía ser tan difícil. No en vano, el tiempo de Tirigüillo, Salseñique y Flinflín –
simple como era – era también el tiempo en el que el Proyecto Apolo mandaba
astronautas a la Luna por lo menos dos veces al año.
Y, como todos los niños de su generación, el trío de críos también tenía la fiebre
del espacio, por lo que la idea caló de inmediato. Además, después del éxito
resonante del teleférico de laticas, Flinflín consideró que necesitaban un nuevo
desafío, algo – literalmente – fuera de este mundo.
De inmediato, pusieron manos a la obra. Comenzaron por hacer ensayos con
diversos artilugios para encontrar la mejor manera de escapar a la gravedad de la
Tierra. Para ello, montaron su laboratorio en el traspatio de la casa de Flinflín.
Ahí probaron con velas romanas y cuanto tipo de cohetes chinos encontraron.
También hicieron par de bazucas de lata, de esas que cargan con bencina. Después
de una prueba especialmente interesante, con una bazuca de seis latas de salsa de
tomate enterrada en el suelo y llena de periódicos apretados y enchumbados de
bencina– a la usanza del cañón que Julio Verne propuso en De la Tierra a la Luna
– Flinflín supo que tenían el método de lanzamiento adecuado para su proyecto
sideral.
No importó que la explosión de la prueba de propulsión hizo que la mamá y las tías
de Flinflín huyeran despavoridas de la casa, que llovieran periódicos chamuscados
por todo el barrio por varias horas, ni que a Flinflín se le quemaran las cejas, las
pestañas y la pollina con el fogonazo que estalló cuando se acercó con un fósforo
encendido al improvisado polvorín.
Pero la prueba fue un éxito.
El resto sería, según él, coser y cantar.

***

En algún momento del programa espacial – tal vez porque mandar a La Luna un
objeto inanimado le parecía demasiado fácil – Flinflín tuvo una revelación. ¿Por
qué no mandar, mejor, una cápsula tripulada por un gato?
Ese mismo día, en uno de los rellanos donde los tres panas solían matar el tiempo
de la siesta, Flinflín hizo el anuncio, sin dejar de resaltar que se trataba del primer
gato de la historia que llegaría a la Luna. Salseñique y Tirigüillo saltaron
entusiasmados con la propuesta.
Esto implicaría – desde luego, y así lo hizo saber Flinflín – cambios radicales en el
programa. Para empezar, tendrían que empezar los planos de lo que sería una
súper-bazuca desde cero. Pero no había de qué preocuparse – insistió Flinflín –
pues el tenía todo muy claro en su cabeza.
Una tarde en la que estaban los tres tirados en el piso dibujando los planos en papel
manila, el proyecto comenzó a torcerse.
Mientras trazaban la súper-bazuca con lápices de carbón, Flinflín mencionó de
pasada que en vez de latas de leche en polvo tendrían que utilizar tanques de 55
galones para armar el cañón de lanzamiento. — ¿Y de qué tamaño tiene que ser la
bazuca? ¿Cuánto tenemos que cavar? — preguntó Tirigüillo. Flinflín respondió
con otra pregunta. — ¿Tú ves ese edificio de ahí? — dijo, señalando los cuatro
pisos del Hotel Mercedes. — Pues como cinco veces eso — añadió, con total
naturalidad.
— ¿Cóooomo? — saltó Salseñique, con los ojos más grandes que sus buches, lo
cual ya era muchísimo decir, y con la duda dibujada en el rostro. Y eso a pesar de
que él era el más crédulo del grupo.
— Sí — dijo Flinflín. — Pero no te preocupes, que yo lo tengo resuelto.
Tirigüillo y Salseñique no dijeron más, pero quedó claro que algo se rompió.
El invento se acabó de fastidiar cuando, un par de días más tarde, Salseñique le
preguntó a Flinflín cuál sería el gato que se convertiría en astronauta. Por
respuesta, Flinflín señaló con el mentón a El Rubi, el gato amarillo que los padres
de Salseñique querían como otro hijo y que pasaba despreocupadamente por ahí.

En esa no entró Salseñique. Y a falta de voluntarios para tripular la nave de
Flinflín, se fracasó el proyecto.
No surcaría los cielos el cohete de Tirigüillo, Salseñique y Flinflín; ni vencería la
gravedad de la Tierra para llevar el primer gato a la Luna. Ni siquiera volaría más
allá de los límites del mundo de cuatro cuadras de los tres carajitos.
Pero haría algo acaso más difícil. Le ganaría la batalla al olvido.

Cargue Artículos Más Relacionados
  • Nuestras zonas erróneas

    Los que peinamos canas, seguro que lo recordamos. Aquel libro amarillo pollito, Tus zonas …
  • Nuestra guerra

    Si puedes forzar tu corazón, tus nervios y tendones a que sigan sirviéndote aun después de…
  • Náufragos

    “I had power over nothing.” “No tenía poder sobre nada” Chuck Noland, interpretado por Tom…
Cargue Más Por Paulo Herrera Maluf
  • Nuestras zonas erróneas

    Los que peinamos canas, seguro que lo recordamos. Aquel libro amarillo pollito, Tus zonas …
  • Nuestra guerra

    Si puedes forzar tu corazón, tus nervios y tendones a que sigan sirviéndote aun después de…
  • Náufragos

    “I had power over nothing.” “No tenía poder sobre nada” Chuck Noland, interpretado por Tom…
Cargue Más En Tiempo Fuera

Un comentario

  1. Luis Eduardo Collado

    30 junio, 2020 en 8:31 pm

    Me gustó mucho 👏🏻

    Responder

Deja un comentario

También Leer

Inicia “La Casa del Ahorro” 2020-2021

La Asociación Cibao de Ahorros y Préstamos (ACAP) anunció el inicio de la vigésima quinta …