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De silla y aparejo

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El otoño aún era joven cuando aterrizamos en Estocolmo, aunque – al menos desde
nuestra perspectiva caribeña – no lo parecía. Entre que el cielo tenía un techo bajo
de nubes blanquecinas, que el sol no se veía por ningún lado y que la temperatura
estaba en siete grados centígrados, el verano no podía lucir más lejos.
Es decir, hacía un frío del carajo.
Pero el caso era que estábamos allí, y escogimos consolarnos con el hecho de que
el Báltico y el lago Malaren no estuvieran congelados, como saben estarlo en
diciembre y enero.
Karina y yo teníamos varios años queriendo visitar Suecia, casi los mismos que
teníamos intercambiándonos novelas policíacas de Stieg Larsson, Henning Mankel
y otro par de autores de la llamada novela negra nórdica. Y, la verdad sea dicha,
llegamos con la curiosidad ávida de los turistas cuando están felices de serlo.
Y, otra verdad sea dicha, Estocolmo no nos decepcionó.
Nos encantó.
Bonita. Interesante. Ordenada. Amigable.
Y, como era de esperar, con un altísimo nivel de desarrollo.
Es decir, Estocolmo es una ciudad aperísima.
El puñado de días que estuvimos nos alcanzó para digerir algunas impresiones
sobre la ciudad y el país. Conversando sobre un café, las desgranamos.
He aquí las mías.
Me sorprendieron varias cosas. La primera fue constatar que los suecos son menos
fríos en el trato de lo que uno esperaría. Ahí se cayó el primer estereotipo, el de
los vikingos enormes, pelirrojos como mazorcas de maíz y tan glaciales como el
Ártico.
Nada que ver. La sueca es una sociedad abierta, cosmopolita y multirracial. Y, en
general, priman la tolerancia, la amabilidad y la cortesía. Sin estridencias, eso sí.

Es decir, los suecos están chillin con casi todo.
Otra cosa. Contrario a lo que pudiera pensarse, los suecos y los dominicanos
tenemos algunos parecidos. Los suecos – igual que nosotros – están mucho más
orientados hacia las relaciones personales que hacia los resultados puros y duros.
Esa tampoco me la esperaba. Además, los suecos – de nuevo, igual que nosotros –
tienen una visión colectiva del destino. Esto quiere decir que, tanto a ellos como a
nosotros, al éxito y al bienestar nos gusta llegar en grupo, y no individualmente,
como sí sucede en otras sociedades menos gregarias.
Y ahí, precisamente en ese aspecto particular en el que nos parecemos, comienzan
también las grandes diferencias.
Porque mientras para los suecos – y para las demás naciones escandinavas – la
apuesta por lo colectivo se traduce en acciones que incluyen a todos los individuos
de la sociedad; en el imaginario dominicano – y en el caribeño, y hasta en el
latinoamericano en general – el sentido de comunidad sólo alcanza, en la práctica,
hasta los familiares y el círculo íntimo de cada quien.
Tremenda diferencia, que por sí misma explica muchas cosas.
Es decir, nos parecemos un chin en cómo entendemos el mundo, pero nos llevan la
milla.
Y, luego, la otra diferencia: en las calles de Estocolmo, tan prósperas como
limpias, eché de menos la alegría chispeante tan presente en las nuestras.
Paradójico, ¿no? Se diría que nosotros, los del Caribe, tenemos muchos más
problemas sin resolver que ellos, los de esas sociedades del norte desarrollado.
Pero – al menos en apariencia – nos reímos más. Y hasta parecemos más felices.
Es decir, cosa más rara de ahí hay que mandarla a hacer

***

El breve encuentro cercano con Estocolmo me dejó rumiando algunos
pensamientos – más bien, interrogantes – hasta mucho después de haber regresado.

¿Será que el orden y el desarrollo antagonizan con la alegría y la espontaneidad, y
viceversa? ¿Es nuestra chispa exportable? ¿Estarían dispuestos los ciudadanos de
un país tan desarrollado como Suecia a aprender de los ciudadanos de otro país,
más pobre, a vivir con más alegría y felicidad? ¿Es posible tener lo mejor de los
dos mundos? ¿Y si nos encontramos “en el medio”?
Por muchos meses – y en el tedio de muchos tapones del tránsito capitaleño – le di
vueltas a estas cuestiones.
Es decir, me cogió con eso.
Hasta que – cuando ya me había resignado a que esas preguntas sólo conducían a
un callejón sin salida, y en el lugar menos esperado – me tropecé con algunas
respuestas.

***

Mi trabajo conlleva asistir a numerosas charlas y conferencias. Si bien disfruto
hacerlo, admito que a veces me gana la rutina y asisto a muchas de ellas por
sentido del deber más que por gusto.
Aquel crepúsculo asistí al evento de turno, sin demasiado entusiasmo. Se trataba de
una conferencia magistral sobre el Gran Caribe a cargo de un historiador y
diplomático colombiano, el Dr. Alfonso Múnera.
Resultó que Múnera es una autoridad mundial respecto de la realidad caribeña.
Oriundo de Cartagena de Indias – una de las grandes ciudades del Caribe
colombiano – se ha pasado la vida investigando sobre el tema y además su trabajo
diplomático lo ha llevado a residir, por décadas, en varias islas de la región.
Es decir, el tipo respira Caribe, vive Caribe y – si Dios no mete su mano – suda
Caribe.
Desde la primera frase de Múnera, quedó claro que la conferencia era excepcional.
Súper interesante.
Y ya hacia el final, llegó la genialidad.

En un derroche de lucidez, el Dr. Múnera dijo más o menos lo que cito a
continuación:
Tenemos un bien único que el mundo está necesitando cada vez más y que el
Caribe, quizás por su historia dolorosa, produce con creces: la alegría, la
capacidad para disfrutar de la vida mediante una extroversión contagiosa, aun en
las peores circunstancias.
Epa, me dije. Paré las orejas de inmediato.
Lo que afirmó a continuación me dejó pasmado.
Me refiero (…) al conocimiento acumulado para colocar el bienestar espiritual
por encima de ambiciones materiales desmedidas. El mundo puede aprender de
nosotros cómo contener los excesos que están a punto de llevarnos al descalabro.
Y siguió.
Durante cinco siglos hemos afrontado todos los males imaginables sin perder ese
disfrute espiritual del que emana la alegría. No es hora de renunciar a tan
hermosa herencia.
Toma.
No es verdad, continuó el conferencista, que “a nuestra estupenda capacidad para
reírnos de todo, hasta de nosotros mismos, le debemos el cúmulo de desgracias
que traen consigo la miseria (…) Por el contrario, en lugar de su estigmatización,
es hora de adquirir conciencia de su enorme importancia, sobre todo, hoy en
medio del extravío generalizado de los pueblos desarrollados.”
Nunca mejor dicho.
Y finalmente: “No necesitamos renunciar a esa poderosa sabiduría que privilegia
la refulgente y casi inasible felicidad. Solo necesitamos armonizarla (…) con la
búsqueda serena, firme y disciplinada de una vida decente para todos.”
Es decir, justo por el pelao.

***

Tiene mucho valor, creo, que sea un experto mundial quien lo diga.
La alegría, nuestra alegría, es preciosa. Por eso debemos valorarla, celebrarla,
conservarla.
Y, por qué no, hasta exportarla.
Y, mira por dónde, que, según Múnera, quien escribe no andaba tan peidío que
digamos.
¿Quién quita que podamos intercambiar la alegría de vivir por algunos atributos
que nos faltan, para hacernos más prósperos, sanos y felices a los dos lados del
intercambio?
Tal vez así los de aquí aprendamos que lo serio no tiene que quitar lo alegre; y los
de allá aprendan que la alegría es un fin en sí mismo.
Tal vez así, todos – los de aquí y los de allá – lleguemos a un punto medio y feliz,
y nos volvamos más completos, más flexibles, más redondos.
Como los jinetes buenos.
Es decir, de silla y aparejo.

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