Inicio Tiempo Fuera La batalla de la risa contra el olvido

La batalla de la risa contra el olvido

0
0

Todas las familias tienen su propia leyenda. A fuerza de repeticiones, la crónica
m√°s o menos exacta ‚Äď o m√°s o menos acomodada ‚Äď de determinados
acontecimientos se va galvanizando en la memoria de la tribu hasta que se
convierte en una verdad incuestionable.
Poco importa si la narración confirma o contradice los datos de la historia oficial,
la cual ‚Äď despu√©s de todo ‚Äď bien pudiera no ser m√°s que la versi√≥n documentada de
otra leyenda. Lo que importa es que nos creemos a pies juntillas nuestro cuento, y
lo convertimos en tradición.
Los √ļnicos requisitos para que esto suceda son, primero, que el relato se repita una
y otra vez. Y, segundo, que esta repetición no deje de suceder a través de las
generaciones.
Si la leyenda deja de repetirse, se olvida. Tan simple como eso.
Por eso hay que aprovechar cualquier ocasión para hacerlo. Repetir los datos y,
sobre todo, repetir los detalles. Porque todo contador de historias sabe que es ahí,
en los detalles, que la leyenda prende.
***

Un fin de semana de verano de mediados de los noventa, nos reunimos en una casa
de playa una treintena de familiares de cuatro generaciones diferentes. El grueso
del contingente lo conformaban una docena larga de primos en la joven adultez,
algunos llegados del extranjero para la ocasión. El grupo lo completaban un
pu√Īado de abuelos y abuelas y un mini-ej√©rcito de ni√Īos de diversas edades.
¬ŅQu√© mejor ocasi√≥n que esta para contar, por en√©sima vez, uno de los episodios
centrales de la saga familiar?
Eso, en cualquier caso, debió pensar el abuelo Monchín.

***

Caía la tarde y, el grupo completo se sentó en círculo en el jardín, para conversar.

Sin demasiado preámbulo, el abuelo Monchín empezó a contar la historia de la
Batalla de la Sabana de los Pajones. Y lo hizo apegándose a la versión que contaba
la bisabuela Atala, la cual seguramente era la versi√≥n ‚Äď corregida y aumentada ‚Äď de
la que contaba el tatarabuelo Alejandro.
Aquí tengo que hacer una pausa en el relato de lo acontecido aquella tarde, para
pasarle al lector un par de datos que lo ayudar√°n a comprender el contexto.
Primer dato. Mi familia ampliada, como tantas otras de la isla, tiene en su pasado
remoto a una de esas figuras que est√°n en los libros de Historia. Entre otras cosas,
este antepasado fue general victorioso de una de las batallas de la Independencia y
hasta reposa en el Panteón Nacional. En la familia, lo conocemos simplemente
como El General.
Segundo dato. Mi familia ampliada, como tantas otras de la isla, cuando se re√ļne
arma una chercha de apaga y v√°monos. Especialmente los primos y primas de mi
generación, quienes no tenemos demasiada inclinación por solemnidades y
pomposidades. Esto es una forma suave de decir que, al juntarnos, nos
convertimos en una caterva de guasones, incapaces de tomarnos nada en serio y
enteramente dispuestos a burlarnos de todo y de todos.
Estoy seguro de que el lector comprende el cuadro.
Pues bien, fue en ese ambiente en el que el abuelo Monchín, con total seriedad,
quiso aprovechar la oportunidad para que las nuevas generaciones conocieran la
historia de la Batalla de la Sabana de los Pajones.
***

El día de la batalla amaneció con un inusual viento del poniente. El General no
tuvo tiempo de considerarlo un mal presagio, pues desde el alba estuvo dando
órdenes y organizando las tropas, apostándolas en lugares estratégicos de un
llano poblado de pajones justo al oeste del poblado de San Juan. Retumbaba en
sus oídos la advertencia del Presidente: “Ay de usted, General, si los caballos del
enemigo abrevan en el R√≠o San Juan‚ÄĚ. Ese d√≠a estaba en juego la supervivencia
de la joven nación, y El General lo sabía.

El abuelo Monchín narraba sin escatimar gestos dramáticos, imitando de memoria
las palabras e inflexiones exactas que la bisabuela Atala ‚Äď a su vez nieta de El
General ‚Äď utilizaba cada vez que contaba la historia.
Nada más comenzar la narración, un par de primos tomaron sendas toallas de playa
y empezaron a recrear el viento en el improvisado campo de batalla, no sin antes
asegurarse de que, en efecto, se generaba desde el poniente.
Ahí mismo, también arrancó la risa.
Pero el abuelo Monchín seguía narrando, impasible.
Aquello prometía ser una carnicería. Las tropas independentistas contaban con
4,500 soldados, mientras que las invasoras eran m√°s de 12,000. El General,
sabiéndose en desventaja numérica, y confiando en sus habilidades con el sable,
retó al comandante enemigo, el Duque de Tiburón, a un duelo a muerte entre
caballeros. El vencedor ganaría la batalla evitando derramar la sangre de los
soldados. El duelo estaba servido.
Las toallas seguían produciendo el viento del poniente. Una de las primas comentó
por lo bajo que qué pendejo el Duque de Tiburón que aceptó un duelo si tenía
todas las de ganar la batalla. Otro sacó, nadie supo de dónde, un enorme machete
oxidado. ‚Äď Miren, aqu√≠ ‚Äėt√° el sable de El General ‚Äď anunci√≥ el primo. Con un gesto
ceremonioso se lo entregó al abuelo Monchín, quien lo tomó en su mano derecha
para dar a√ļn m√°s √©nfasis a su narraci√≥n.
La risa, claro está, seguía.
A pesar de ello, uno de los primos de la generación más joven devoraba cada
palabra del relato del abuelo Monchín. Desde su esquinita, el primito Sergio, de
ocho a√Īos de edad y venido desde M√©xico en su primer viaje de vacaciones al pa√≠s,
segu√≠a con total atenci√≥n ‚Äď y con los ojos como dos monedas de medio peso de las
de antes ‚Äď los pormenores de la batalla.
El abuelo Monchín blandía el machete-sable como si él mismo fuera un mariscal
de campo.
El General era un gran espadachín, formado en Inglaterra. Aunque el Duque de
Tiburón, no se quedaba atrás, y se había formado en Francia. Después de varios

lances arriesgados, El General desarmó al Duque de Tiburón y lo tenía tumbado
en el suelo, a su merced.
La misma prima que comentaba por lo bajo ahora dijo, no sin cierta sorna, que El
General debía ser, mínimo, una combinación de uno de los tres mosqueteros con el
√ļltimo samur√°i. La carcajada fue general.
Sergio y el abuelo Monch√≠n parec√≠an ser los √ļnicos que se tomaban en serio el
relato, que se acercaba a su clímax.
A pesar de la ventaja que tenía en el combate, y en un gesto de gran nobleza, El
General le perdonó la vida al Duque de Tiburón. Pero cuando El General le dio
la espalda, el Duque de Tiburón sacó un pistolete que tenía escondido en una de
sus botas e intentó dispararle por la espalda a El General. En esas, uno de los
edecanes de El General, que vigilaba la escena, se interpuso, y antes de que el
Duque de Tiburón pudiera disparar, le cercenó la cabeza de un solo machetazo.
En ese punto ‚Äď como en el cine, cuando el protagonista mata al villano ‚Äď los
primos, entre risas, prorrumpimos en vivas y aplausos. La prima comentarista,
socarrona, dijo que nada m√°s faltaba que a El General lo pusieran en una estampita
y que le pidieran favores.
Y el mismo primo que consiguió el machete de jardinería trocado en sable de
campa√Īa, ahora trajo al c√≠rculo una mand√≠bula de un pich√≥n de tibur√≥n que
decoraba una de las paredes de la casa de playa. ‚Äď ¬°Y vean la cabeza del Duque de
Tibur√≥n aqu√≠, carajo! ‚Äď dijo. Y ah√≠ fue que las aclamaciones ‚Äď y las risas ‚Äď fueron
grandes.
Sergio, por su parte, segu√≠a con los ojos como platos, casi comi√©ndose las u√Īas por
la anticipación.
Las huestes invasoras, al ver a su comandante decapitado, salieron despavoridas.
Uno de los oficiales enemigos ordenó prender fuego a los pajones de la sabana,
aprovechando que el viento soplaba desde el oeste y los protegería en su huida.
En un principio, la estratagema funcionó, y las tropas independentistas debieron
retroceder. Pero, de pronto, el viento cambió de dirección y empezó a soplar,
como es lo usual en la región, desde el este. Y las tropas de El General pudieron
perseguir hasta la frontera al ejército invasor que se batía en retirada.

Desde luego, los primos que agitaban las toallas se movieron al otro extremo del
círculo para simular que el viento soplaba en dirección contraria. Esta vez, todos
los primos soplaban para avivar el fuego que consumía los pajones y se cebaba
contra las tropas enemigas.
El abuelo Monchín concluyó su narración, con total seriedad y con el machete-
sable en ristra. Lo hizo con la misma frase que, seguramente, también usaba Atala.
Así transcurrió la Batalla de la Sabana de los Pajones, página gloriosa de la
Independencia Nacional. Y así entró El General al parnaso de los héroes, al
olimpo de los próceres.
Los primos, como ya era de esperarse, aplaudimos ruidosamente. Sergio apenas
podía contener la emoción.
Entonces, el abuelo Demetrio se puso de pie. Tomó el machete de las manos del
abuelo Simón y se destapó con una arenga emocionada.
¡Ustedes, los de más jóvenes de la familia, son los herederos de esta gloria, pero
tambi√©n los herederos del deber de defender el honor de la Patria! ¬ŅQui√©n de
ustedes se anima a ser portador del sable de El General, como símbolo de ese
compromiso?
Sergio brincó tan rápido, que ni movido por un resorte.
Y as√≠, al filo del crep√ļsculo playero, Sergio, arrodillado frente a los abuelos
Monchín y Demetrio, fue nombrado Caballero de la Sabana de los Pajones.
Después de la improvisada ceremonia, la chercha siguió en sus buenas.

***

Desde aquel fin de semana en la playa han pasado m√°s de 20 a√Īos. A pesar de
todas las chanzas ‚Äď o quiz√° debido a ellas ‚Äď todos lo recordamos como si hubiera
sido ayer.
Será que los abuelos, viejos zorros, sabían que la risa es el mejor aliado contra el
olvido. Esa tarde hicieron caso omiso de nuestras risas, pero ellos rieron de √ļltimo,
pues todos recordamos y repetimos la leyenda para los que han venido después.

Sergio, por cierto, se tomó tan en serio su título de caballero que ha sido, en la
práctica, el embajador en México de la memoria de El General. A partir de ese día,
muchos de sus trabajos escolares versaron sobre la Batalla de la Sabana de los
Pajones y, en su adolescencia se aplicó con seriedad a la práctica de la esgrima.
A√ļn ahora, a sus treinta a√Īos cumplidos, contin√ļa practic√°ndola.
En cuanto a la trulla de primos, seguimos en contacto. A cada rato evocamos
aquella tarde y cada vez que lo hacemos vuelven las risas. Y claro que estamos
orgullosos del legado de los antepasados. Pero también estamos claros en que, si
hay un mérito en ello, es ajeno. No nuestro. Y, por tanto, toca honrarlo, no
atribuírselo.
También sabemos que nuestra leyenda se toma sus licencias, poéticas y de otro
tipo, respecto de la historia oficialmente reconocida.
Pero eso importa poco.
Importa más que es nuestra. Y que nos une, a los de todas las épocas, como una
cadena.
Y que es una excusa para que el cari√Īo siga vivo.

Cargue Artículos Más Relacionados
  • Que no falte la risa

    Estar vivo no es f√°cil. La vida no es f√°cil. Pensadores y fil√≥sofos a lo largo de la histo…
  • Un mundo raro

    Los seres humanos somos capaces de creernos cualquier cosa. Y esto no lo digo yo. Lo dice …
  • Cr√≥nica (no tan) rosa de una boda de verano

    Al atardecer del solsticio de verano, en el tope de un farall√≥n frente al Atl√°ntico, tuvie…
Cargue M√°s Por Paulo Herrera Maluf
  • Que no falte la risa

    Estar vivo no es f√°cil. La vida no es f√°cil. Pensadores y fil√≥sofos a lo largo de la histo…
  • Un mundo raro

    Los seres humanos somos capaces de creernos cualquier cosa. Y esto no lo digo yo. Lo dice …
  • Cr√≥nica (no tan) rosa de una boda de verano

    Al atardecer del solsticio de verano, en el tope de un farall√≥n frente al Atl√°ntico, tuvie…
Cargue M√°s En Tiempo Fuera

Deja un comentario

También Leer

CITYLAND PRESENTA PROYECTO RESIDENCIAL QUINTAS PALMERA SANTIAGO

La empresa Cityland present√≥ formalmente al sector financiero, brokers, inmobiliarias y mi…