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Que no falte la risa

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Estar vivo no es fácil.
La vida no es fácil.
Pensadores y filósofos a lo largo de la historia así lo han reconocido.
Desde el salmista, quien – tal vez sin quererlo – introdujo la noción de esta vida
como el tránsito por un valle de lágrimas, hasta Thomas Hobbes – considerado uno
de los padres del pensamiento filosófico y político moderno – quien concluyó que
la vida humana suele ser solitaria, pobre y asquerosa, entre otras bellezas.
De Nietzsche dicen que dijo aquello de que “vivir es sufrir, sobrevivir es hallarle
sentido al sufrimiento”. Y hasta M. Scott Peck – el celebrado autor del clásico Un
camino sin huellas: una nueva psicología del amor (1978) – inicia su obra cumbre
con la siguiente frase: “La vida es difícil. Esta es una gran verdad, una de las
verdades más grandes que existen”.
Y, como las opiniones son como las narices – todos tenemos una, incluyéndonos a
usted que lee y a mí que escribo – ahí van mis dos cheles: a esta altura de juego,
estoy claro en que estar vivo puede ser complicado.
Y eso los días normales. Porque hay otros días en los que no es complicado, no.
Es complicadísimo.
Además, ¿quién soy yo para contradecir tanto filósofo?

***

Solo el que está vivo experimenta dolor, preocupación o frustración. Que se sepa,
al menos, y hasta nuevo aviso.
El vivo es el que puede sentir – más ejemplos – la profunda soledad del mal de
amor, o el desconsuelo de una despedida. Y enfrentarse al hecho inexorable de
que la salud es, por definición, frágil y breve es un trance reservado a los vivos.
Ay, la vida, que sabe ser tan pródiga en razones para llorar.

***

Por suerte, también sabemos que la vida es más que eso.
Tenemos amores, tenemos placeres. Atardeceres, cafés. Música, poesía.
En nuestros mejores días, tenemos esperanza y anhelos. Y algunos, acaso los más
afortunados, hasta tienen fe.
Y, bendita sea la vida, también tenemos la risa.
***

Así como las dificultades de la vida han sido materia de estudio desde que el
mundo es mundo, también la risa ha encontrado quien se ocupe de ella.
Comenzando por Demócrito, un filósofo griego contemporáneo de Sócrates, de
quien la tradición cuenta que no podía aguantarse la risa. De él no se conserva
ningún texto original, pero tenía tanta fama de risueño que hasta las esculturas y las
pinturas lo presentan muerto de la risa.
Durante la Edad Media, la risa pasó a tener mala prensa, pues se le consideró como
algo entre subversivo y peligroso. Es muy entendible que así sucediera, pues es
muy cuesta arriba asustar a alguien con el fuego del infierno mientras ese alguien
se ríe a carcajadas.
Fue ya en el Renacimiento francés, cuando Francois Rabelais – conocido por ser el
autor de Gargantúa y Pantagruel – reivindicó la risa y la calificó como “lo mejor
que tiene el ser humano”.
Nada menos.
Más modernamente, el teólogo austríaco Peter Berger propuso en 1997 que la risa
tiene un poder redentor que es inherente y exclusivo a la condición humana, que
sirve de bálsamo para las heridas que inflige la vida y que nos muestra el camino
hacia la trascendencia.
En palabras más llanas, que, si la vida te estralla, la risa te recoge. Y que, para
ponerlo en un refrán conocido, si la vida te da limones, la risa te endulza la
limonada.

Y hasta le pone su hielito.

***

Comenzando en 1940, la revista Selecciones nos acostumbró a creer que la risa es
un remedio infalible. Y, bueno, por una vez la sabiduría convencional se alineó
con la ciencia, pues mientras más se investiga sobre la risa, más beneficios se les
conocen.
La risa disminuye el insomnio, previene infartos, rejuvenece la piel y tiene un
efecto analgésico. Reduce la presión arterial, refuerza el sistema inmunológico,
facilita la digestión y mejora la respiración.
Y hay más. Reírse elimina el estrés y alivia la depresión, aumenta la autoestima y
la autoconfianza, y sirve para combatir los miedos, las fobias y la timidez. Alivia
el sufrimiento, descarga tensiones y potencia la creatividad y la imaginación.
Y, encima, reírse es divertidísimo.
¡Y gratis!

***

Es verdad que la vida sabe ponerse necia. Y habrá temporadas, dirá alguien, en
que las cosas se pongan tan difíciles que desaparezcan por completo las ganas de
reír.
O bien, habrá ocasiones – por solemnes, dirá alguien más – que la risa
sencillamente no cabe.
Y parecería que hay que aceptar que eso también forma parte de la expedición.
Pero cuando uno lo piensa bien, le dan ganas de chuipiar y decir no-ombe.
Ni siquiera en casos extremos – creo yo – vale la pena dejar de reír.
Es más, justo lo contrario.
Mientras más grande es el entuerto, más importante se hace abrirle un espacio a la
risa. Nada como una buena carcajada para recuperar la perspectiva.

Porque, a final de cuentas – y sin negar que los dolores y las tristezas pueden ser
enormes y concretos – sabemos que todo pasa.
Y ya que estamos, hasta la ciruela pasa.
Y cuando nos pasamos de solemnes, y llegamos a la pomposidad, lo más sano – e
inteligente – es reírse.
Con la risa, el miedo siempre es menos y el fiero no lo es tanto.
Haga la prueba. La próxima vez que tenga que enfrentarse a una situación
complicada, imagine que sucede algo absurdo o gracioso – mientras más
disparatado mejor – ríase y verá cómo, inmediatamente, todo se ve más fácil.
Y si de lo que se trata es de encararse con una persona intimidante, imagínesela en
un contexto cómico o ridículo – como, por ejemplo, agachado sobre una bacinilla,
si se me perdona lo escatológico – y notará como, con la risa, desaparece cualquier
sensación de amenaza.
A pan duro, diente agudo, reza otro refrán. Si es la vida la que es dura, más aguda,
justa y necesaria ha de ser la risa.
¿Un refrancito más? Mientras hay risa, hay esperanza.

***
Sí, señor. Reírse es algo tan serio como vivir.
Se vale reír por reacción, por impulso, por decisión y por vocación. Todas las risas
sirven.
Especialmente en los momentos difíciles, que los habrá. Como dijo Voltaire, la
vida es un naufragio, pero no hay que olvidarse de cantar en los botes salvavidas.
Y, digo yo, ni de reír.

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