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Un mundo raro

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Los seres humanos somos capaces de creernos cualquier cosa. Y esto no lo digo
yo. Lo dice la ciencia, específicamente la paleoantropología.
La historia va más o menos así: en algún momento de los últimos cien mil años –
no se sabe exactamente cuándo ni dónde – los miembros de al menos una de las
especies del género Homo – que es lo mismo que decir del género humano –
empezaron a tener un pensamiento simbólico y complejo que los llevó a crear
conceptos que no existían en el mundo físico.
Así, los individuos de esa especie – que resultó ser la del Homo sapiens – crearon
los primeros mitos, leyendas y dioses; y – más importante aún – decidieron
creérselas colectivamente y convertirlas en elementos de cohesión social.
Ese, dicen muchos científicos, fue un momento clave de la evolución. Algunos
incluso afirman – entre ellos Yuval Noah Harari, historiador y autor del éxito
editorial Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad – que
esta “revolución cognitiva” puede explicar el éxito de supervivencia de nuestra
especie respecto de otras del género Homo que parecían equipadas con
características biológicas similares, como el heidelbergensis o el neanderthalensis.
Y más todavía, pues esta capacidad de creer en mitos comunes no hizo más que
crecer y complejizarse. Fue lo que permitió, nada menos, que civilizaciones
enteras se encadenaran a lo largo de los milenios.
Y así llegamos hasta nuestra contemporaneidad, que descansa más que nunca en
ideas inventadas que no existen más allá de nuestra conciencia colectiva.
¿Algunos ejemplos? Las nacionalidades son una de estas creaciones, así como los
estados, las instituciones, la noción de que los seres humanos tenemos derechos, la
propiedad privada y hasta el dinero. Todos estos elementos – esencialmente
humanos y tan presentes que no concebimos la vida sin ellos – son, literalmente,
invenciones; y no existen fuera de nuestra imaginación común.
En otras palabras, no es sólo que somos capaces de crear y creer ficciones. Es que,
precisamente lo que nos define como especie humana, son las ganas de creer.
Cuando se pone así, suena raro. ¿No?

***

Si de imaginar se trata, imaginemos que la historia es un cassette de los de antes, y
que se le puede dar fast forward. Partiendo de los primeros grupos de Homo
sapiens que salieron de África a descubrir y a fundar, apretemos el botón que
acelera la acción hasta el siglo V antes de Cristo, en la Grecia Clásica. Allí
encontraremos a un grupo de personajes como Pitágoras, Sócrates y Platón; y
posteriormente – entre muchos otros – Aristóteles, Euclides y Arquímedes.
Estos señores le dieron fondo y forma al pensamiento abstracto occidental, y
sentaron, para bien, las bases de las creencias colectivas – y completamente
intangibles – que tendrían las decenas de generaciones que vendrían.
Matemáticas, geometría, filosofía, física, política. Casi todas las ramas del saber
encuentran su raíz en ese par de siglos de esplendor griego. Y todo ese
conocimiento – y el que vino después – es inmaterial. Existe sólo en la memoria
colectiva.
Con los griegos, vale decir, la interpretación de las realidades naturales y humanas
se convirtió en una realidad en sí misma, paralela al mundo físico. Cosa extraña,
porque desde entonces escogimos creer a pies juntillas en esta supra-realidad y lo
inventado comenzó, como rutina, a tener más importancia que lo concreto.
Y lo más extraño de todo es que, en general, estas ficciones ampliamente aceptadas
han funcionado de lo lindo por casi 2,500 años.
Apretemos el botón de nuevo, hasta el hiato oscuro de la Edad Media. La
imaginación y la inventiva humanas siguieron trabajando, claro que sí, aunque no
de la manera más constructiva. De hecho, en ese milenio de confusión, en casi
todos los ámbitos se enseñoreó lo mágico-religioso, con su catálogo de creencias –
dogmáticas e inconcretas donde las hubo – si bien el daño que infligieron
instituciones como el feudalismo o la Inquisición sí fue real, material y concreto.
Con otro empujón, llegamos a mediados del siglo XV, en el Sacro Imperio
Romano Germánico, cuando, gracias al ingenio de Gutenberg, se editó el primer
libro en la imprenta de tipos móviles.
A partir de ese momento, se aceleró tremendamente la difusión de las
informaciones, las ideas y – desde luego – de los mitos colectivos. Sólo en

Europa, en los tres siglos que siguieron a la invención de la imprenta se editaron
alrededor de dos millones de libros.
El siguiente apretón al fast forward nos lleva hasta la década de 1920, cuando
surgen, comenzando por la popularización de la radio, los medios de comunicación
masiva.
Tremendo cambio. Porque a partir de ahí, millones de personas empezaron a
enterarse de toda clase de eventos casi al mismo tiempo que sucedían. Y, porque a
partir de ahí, quienes controlaban los medios de comunicación empezaron,
inevitablemente, a influir en la narrativa que se formaba en la mentalidad colectiva,
casi siempre acomodándola a sus propios intereses.
Y así, en los últimos cien años y como si hicieran falta, se crearon nuevas y
numerosas realidades paralelas. En palabras llanas, los mass media interpretan –
muchas veces a conveniencia – lo que ya es, de por sí, una interpretación de la
realidad.
Lo sé, amigo lector. ¿Mareado? Yo también.
***

En el siglo XXI, con la explosión de las redes sociales, las cosas se han puesto aún
más raras.
Tanto así, que un profeta de lo distópico como George Orwell se quedó corto. En
su novela 1984, publicada en 1949, Orwell predijo una sociedad global dominada
por una entidad omnipresente y omnisciente, el Gran Hermano, que controla el
pensamiento, manipula toda la información y practica la vigilancia masiva.
Digo yo que se quedó corto, porque Orwell no previó que los humanos de este
tiempo compartirían en las redes sociales, voluntariamente, toda la información de
sus vidas – desde la más relevante a la más trivial – y que estas se convertirían, de
facto, en una versión enmascarada de su Big Brother.
Y no solo eso. Lo que es, en esencia, una herramienta que puede servir para
conectarnos e informarnos mejor, para eliminar barreras y construir valor social y
económico, a menudo se convierte en una vocinglería amplificada: todo el mundo
puede participar, en todos los espacios, todo el tiempo.

Y, claro, todo el mundo lo hace.
Y si los medios de comunicación masiva han creado múltiples realidades paralelas,
las redes sociales – que son interactivas y no unilaterales – los superan con creces,
pues son capaces de generar mundos alternativos – y casi siempre distorsionados –
de opiniones a medias, noticias falsas o incompletas, quejas, insultos y hasta turbas
virtuales.
En las redes, casi nadie se calla. Ni se frena. Incluso, tal vez porque la interacción
ocurre a distancia, muchas personas se desdoblan y adoptan personalidades
diferentes – y, a menudo, mucho más extremistas – de las que tienen en su
cotidianidad presencial.
Es como si la capacidad que tenemos de crear realidades imaginarias y de creer en
ellas, que nos ha servido para tanto a lo largo de la historia, con las redes sociales
se haya llevado a un extremo que genera mucho más ruido que nueces.
Una vaina bien, pero bien rara.

***

Raras como son, sin embargo, las redes sociales son una realidad, a la vez, patente
y virtual.
Llegaron para quedarse. Y, como tantas otras cosas – como la bomba atómica, por
ejemplo – no es posible des-inventarlas.
Toca buscar y encontrar la manera de convivir con ellas, de sacarles lo mejor que
tienen y ver si es posible protegernos, así sea un poco, de lo peor.
Más nos vale hacerlo, y aprender de ello. Pues todo parece indicar que el futuro –
el cercano y el lejano – nos depara cosas aún más extrañas.
Rinden, estos Homo sapiens.

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