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Las madres de los tomates

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¿Qué es lo que tienen algunas mujeres, que son capaces de echarse el mundo al
hombro, y seguir caminando como si nada? ¿De qué están hechas, que tienen tanta
fuerza – en mente, corazón y cuerpo – que ni los mayores espantos ni las más
terribles soledades las derrumban?
Si alguien tiene respuestas para estas preguntas, que, por favor, me las dé, pues
tengo la vida entera haciéndomelas. He llegado a aceptarlas, incluso, como uno de
los muchos misterios que – sin dejar de serlo y de tanto verlos – forman parte del
paisaje cotidiano.
Con lo que no hay misterio, por fortuna, es con el hecho de que estas mujeres
guerreras están ahí. En nuestra historia y en nuestro presente.
Mujeres templadas al fuego de la adversidad y el desengaño. Que aprendieron, por
las malas, a domar demonios y a sacar agua de las piedras.

***

A la bisabuela Chechín, el destino le reservó una mala pasada. Bueno, el destino y
el bisabuelo Alejandro, hay que decir, quien resultó ser mucho mejor médico que
marido.
La historia conocida va más o menos así. Chechín y Alejandro se casaron en San
Juan de la Maguana, en los primeros años del siglo XX, y formaron una hermosa
familia. Siete hijos tuvieron, de los cuales se criaron seis, lo cual, para la época, no
era un mal average.
A más de cien años de distancia, es fácil suponer que las cosas – por un tiempo, al
menos – marcharon bastante bien para Chechín y Alejandro, pues cada uno se
dedicó a lo suyo: el bisabuelo a ejercer como médico cirujano y Chechín a
organizar casa y clínica con tanta entrega como acierto.
En manos de Chechín, todo floreció. La casa la tenía como un primor. En la
clínica no solo se ocupaba de tareas administrativas, sino que se hizo enfermera
para ayudar aún más a su marido. Y, por si fuera poco, con los años logró abrir la
primera farmacia que hubo en el pueblo.

Todo muy bien, ¿no? En apariencia, por lo menos.
Hasta que se supo que el bisabuelo jugaba de manos con otra de las enfermeras de
la clínica.
Y ahí, suponemos, se le vino el mundo encima a Chechín. El tamaño de la
decepción fue enorme, pero no más que su carácter, pues Chechín se atrevió a
hacer algo impensable para las mujeres de su tiempo.
Para empezar, se divorció de Alejandro, y asumió todas las consecuencias –
materiales, emocionales y sociales – de tal decisión. Terminó de criar a sus hijos
sola y, a fuerza de puro ingenio, se forjó un sostén propio e independiente.
Y, me dicen, sin perder un solo aliento en lamentaciones.
Mujer más brava de ahí, ni mandada a hacer.
***

A mediados de la década de los veinte, Atala – la hija mayor de Chechín y
Alejandro – llegó a La Capital a completar sus estudios.
Fue inscrita en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, donde se destacó tanto por
su inteligencia como por su carácter decidido y apasionado. De inmediato, se
lanzó a una febril actividad estudiantil, aprendiendo cuanto encontrara a su paso, y
participando en todos los actos colegiales o educativos que pudiera.
Seguramente fue en uno de esos eventos que conoció al que sería el amor de su
vida, un estudiante aventajado de la Academia Santa Ana, llamado Julio Purcell.
Aquello fue un flechazo en toda regla. A los pocos meses, Atala se convirtió en la
prometida de Julio.
Ciertamente, un idilio digno de las mejores novelas románticas. Tanto así, que
hasta terminó en tragedia.
Un domingo, en una gira dominical a Los Tres Ojos, chaperoneados por el
bisabuelo Alejandro, Julio intentó un clavado en uno de los cenotes y se golpeó la
cabeza con una roca. Los intentos del bisabuelo por reanimarlo fueron vanos.

No hubo nada que hacer.
Aquel domingo, en brazos de su prometida y del suegro que no llegó a tener, Julio
perdió la vida.
Y así, Atala perdió a su novio. Y, de tanto desconsuelo, Atala perdió hasta el
habla.
Porque así fue. Por más de un año, Atala quedó sumergida en un mutismo
absoluto.
Muchos años después, le confesaría a una de sus nietas, que por mucho tiempo
vivió adormecida, como dentro de una nube, atragantada de pena. Hasta que un
día, un rayo de sol reflejado en una batea de hojalata en la que habían puesto agua
para lavarle el pelo, obró el milagro. Y, sin más, despertó de su letargo con un
largo sollozo que le salió del corazón.
Atala recuperó el habla y las ganas de vivir su vida con una plenitud pocas veces
vista. Pudo formar su familia, levantarla – por sí misma, copiando una página de
su madre Chechín – y desplegar todo su potencial como maestra, pedagoga,
escritora, activista cultural y muchos otros roles más.
Pero, eso sí, cargando en el corazón la herida del novio muerto en la flor de la
juventud. Porque – también confesaría, muchas décadas después – en su vida amó
solo una vez, y fue a Julio Purcell.
Hasta el fin de sus días, en su coqueta Atala siempre tuvo su retrato, devolviéndole
su mirada desde un marco de madera art déco.
¿Marcada de por vida por un amor trágico? Definitivamente. ¿Trabajadora
incansable y creativa, que produjo una obra de vida irrepetible y memorable, que
tocó, para bien, a miles de personas? Oh, Señor, sí, Señor.

***

Teresita vivió siempre enamorada de la vida y del amor.
Hija mayor de Atala, heredó su combinación única de cerebro y corazón.

Lo del cerebro no es, ni de lejos, una exageración. En la década de los cincuenta,
Teresita se graduó de abogada y contadora, en ambos casos con notas
sobresalientes.
Y lo del corazón, ni se diga. Era generosa y cariñosa en extremo, con una risa fácil
y un desparpajo a prueba de cálculos y solemnidades.
Teresita tenía, además, otro atributo que también tuvieron las mujeres de la familia
que la antecedieron. Era una persona totalmente original, en pensamiento y acción.
Sus dotes de académica e investigadora le permitieron desarrollar una larga carrera
en diversos organismos internacionales. Como parte de ella, vivió muchos años en
el extranjero y recorrió medio mundo en una época – la década de los sesenta – en
la que tal privilegio estaba limitado para un reducido grupo de funcionarios y
diplomáticos.
Todo eso lo hizo sin dejar de ser bohemia, romántica y libre de cualquier
convencionalismo.
Pretendientes, como es de suponer, los tuvo, y de muy diversa catadura. Pero
Teresita iba a su aire. A uno que otro, le correspondió, pero la atención a su
carrera – y su bendita y absoluta falta de inclinación hacia el oportunismo –
siempre pudieron más.
No importaba si el galán de turno era un maharajá – que lo hubo – o un príncipe
árabe que le regalaba ramos de dátiles frescos, recogidos en sus tierras y enviados
por avión hasta su apartamento de Ginebra, que también lo hubo.
Si en el corazón no había tilín, Teresita daba amables calabazas a sus enamorados,
y los emparejaba con cualquiera de sus amigas casaderas.
Así fue, en cualquier caso, hasta que fue entrando en la edad en la que el reloj
biológico, para los fines de la maternidad, avisa: ahora o nunca.
Ni corta ni perezosa, Teresita buscó – y encontró – entre sus allegados en Ginebra
con quien tener un hijo que fuera de ella y de más nadie.
Y lo tuvo. Y lo crio. Ella sola.

***

En una escuela de Hollywood, Florida, estudia el prescolar la más joven de las
tataranietas de Chechín, Eva.
Me dicen que Eva es, también, una guerrera. Hace poco, me cuentan, tuvo un
pleito en la escuela, defendiendo a su amiguita Abigail de un muchacho mucho
más grande y más fuerte que ella.
Eva enfrentó al muchacho, y le dijo que ella venía de una línea de mujeres fuertes,
y que no aceptaba ni malos tratos ni bullying de nadie. Y acto seguido, procedió a
propinarle una patada en la espinilla.
Y, digo yo, lo que se hereda no se hurta.
Y, desde el cielo de las guerreras, Chechín, Atala y Teresita sonríen.

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