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Eterna e infinita

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Es cierto que hay personas que no mueren nunca. Las hay que no mueren porque sus obras fueron
muchas y buenas, y permanecen en el tiempo m谩s all谩 de su despedida terrenal. Esas personas, me atrevo
a decir, alcanzaron la inmortalidad gracias a su quehacer en la vida.
Luego hay personas que perduran en el tiempo no por lo que hicieron sino por c贸mo fueron. Su forma de
caminar la vida fue tan singular e influy贸 tanto en quienes los rodearon, que siguen presentes en
corazones y mentes, aunque ya no est茅n. Esos son los inmortales del ser.
Muy de cuando en vez, aparecen personas que son eternas por las dos razones, portentos humanos que
burlaron la muerte f铆sica tanto por el ser como por el quehacer.
As铆 como son de grandes, son de raros. 脷nicos. La verdadera sal de la tierra.

***

Atala Cabral Ram铆rez fue uno de estos seres formidables. Y no s贸lo por su quehacer como maestra,
inspectora escolar, enfermera, periodista, escritora, compositora, pianista, deportista, activista cultural,
experta en arquitectura colonial y pionera del feminismo.
No solo por eso, no, aunque ya es bastante. Tambi茅n 鈥 y, sobre todo 鈥 por la clase de persona que fue.
Vertical e 铆ntegra a toda prueba, de car谩cter fuerte y ferozmente independiente, sin dejar de ser generosa,
maternal, encantadora y simp谩tica, ni dejar de tener la risa f谩cil y el coraz贸n ligero.
Eso y muchas cosas m谩s. Libre de mente y de esp铆ritu, asombrosamente original y creativa en
pensamiento y acci贸n, y con un sentido del humor agudo y r谩pido, capaz de las ocurrencias m谩s geniales,
desternillantes y, seg煤n el caso, hasta rocambolescas.
En suma, una fuera de serie.
Tanto as铆, valga la rima, que no cabe aqu铆.

***

Atala naci贸 en San Juan de la Maguana en 1907 y muri贸, nominalmente, en Santo Domingo, en 1992. Lo
de nominalmente, ya se sabe, es porque Atala fue e hizo tanto que sigue vivita y coleando.
Fue la mayor de los siete hijos que tuvieron los bisabuelos Alejandro y Rosa Olimpia. Y, en efecto,
ejerci贸 activamente y por toda su vida el rol de mayorazgo con todos y cada uno de sus hermanos, mi
abuela entre ellos; y lo hizo con ese equilibrio entre firmeza y cari帽o incondicional que se convirti贸 en su
marca de f谩brica.
Con igual dedicaci贸n y con total naturalidad, extendi贸 su amplia sombrilla matriarcal para que cupieran,
junto con sus dos hijas, todos sus sobrinos y sobrinas. Igual sucedi贸 con la generaci贸n siguiente, porque el
mero poder gravitatorio de su influencia la convirti贸 en la abuela de facto de todos los primos de mi
generaci贸n.

Tuve la suerte de tratarla y de pasar un par de temporadas en su casa. A pesar de que esas oportunidades
llegaron solo cuando la edad y los achaques hab铆an mermado su potencia, pude apreciar destellos de su
grandeza, evidente a煤n en los detalles m谩s cotidianos.
Como es f谩cil imaginar, el anecdotario ataliano es vast铆simo. Hay de todo. Hay, por ejemplo, episodios
que retratan su integridad y fidelidad a s铆 misma 鈥 como la vez que, siendo maestra, castig贸 a una hija de
Trujillo por haber cometido una falta de respeto y debi贸 encarar al dictador. Otras historias sirven para
apreciar el inagotable torrente de su creatividad, o bien su incesante activismo cultural.
Otras suenan tan imposibles que ponen a dudar d贸nde termina la Atala real y d贸nde comienza la leyenda.
Y, sin embargo, el que la conoci贸 no duda que Atala era enteramente capaz de estericar los l铆mites de la
realidad f铆sica.
Otras historias, m谩s bien peque帽as, son las m谩s sabrosas. Tal vez porque son las m谩s 铆ntimas.
Esas son mis favoritas. Y de esas, amigo lector, te dejo aqu铆 un par.

***

Atala fue, como lo fueron sus hermanas, una digna representante de una estirpe de mujeres de armas
tomar. Para comprender qu茅 tanto lo fue, bastan algunas pinceladas.
Hacia finales de la d茅cada de los 鈥20, Atala se cas贸 con el que ser铆a el padre de sus hijas. Guido era de
origen franc茅s, hijo de un destacado ingeniero que vino para este lado del mundo a trabajar en la intentona
de Ferdinand de Lesseps por repetir en Panam谩 el 茅xito que hab铆a obtenido en el Canal de Suez. Cuando
la aventura francesa en el istmo fracas贸, la familia de Guido opt贸 por quedarse por estos lares,
movi茅ndose al ritmo de proyectos y contratas por diversos lugares del Caribe.
Eventualmente, recalaron en el pa铆s. Y, eventualmente, Atala y Guido se conocieron, se enamoraron y se
casaron.
La tradici贸n oral familiar, que sabe ser exacta y caprichosa a partes iguales, cuenta que por un tiempo las
cosas entre Atala y Guido marcharon, y en el 鈥30, naci贸 T铆a Tere, la primog茅nita.
Pero hab铆a algo 鈥 y esto tambi茅n forma parte de la cr贸nica familiar 鈥 que no encajaba del todo.
Resulta que parece que a Guido, trabajar, lo que se dice trabajar, no le gustaba demasiado.
Porque tambi茅n resulta que Guido fue criado en un ambiente imbuido de glorias familiares pasadas, m谩s
conectado con los modos de la alta burgues铆a europea 鈥 como la institutriz polaca que le ense帽贸 los siete
idiomas que sab铆a 鈥 que con las precariedades locales.
Y, bueno, ni las glorias pasadas ni las 铆nfulas aristocr谩ticas se comen.
Pese a ello, Guido se la pasaba en el Casino de San Juan, sin dar un golpe, departiendo con los se帽orones
del pueblo, repitiendo la historia del t铆tulo nobiliario que hab铆a recibido en herencia de parte de sus
padrinos piamonteses. Con sus modales exquisitos, Guido dec铆a estar seguro de que todas sus estrecheces
desaparecer铆an tan pronto resolviera el peque帽o detalle de la monta帽a de impuestos sucesorales que deb铆a
abonar para hacerse con el t铆tulo.

La historia, por uno de esos gui帽os traviesos del destino, result贸 ser cierta. Pero tambi茅n m谩s in煤til que
una linterna sin pilas, porque sin trabajo no hab铆a dinero, y sin dinero no hab铆a t铆tulo.
Es f谩cil imaginar que a Atala la situaci贸n no le hac铆a ninguna gracia. Y la paciencia que le pudo tener se
le acab贸 en el a帽o 鈥34.
Un d铆a de verano, Atala arm贸 una maleta con la ropa de su marido y la solt贸 desde la ventana de la casa
de altos en la que viv铆an. Con la serenidad de quien sabe lo que est谩 haciendo, se dirigi贸 entonces a su
marido. 鈥 Se帽or Conde, su ropa est谩 en la calle. Por favor, j煤ntese con ella y qu茅dese afuera 鈥 dicen que
le dijo, palabras m谩s, palabras menos.
As铆 como lo lee. Ya es dif铆cil de creer que una mujer de la 茅poca se atreviera a tanto. A煤n m谩s incre铆ble
es si sumamos la circunstancia de que al momento de despachar a su marido, Atala estaba embarazada de
su segunda hija, la T铆a Rosette.
驴Qu茅 hizo Atala a partir de ah铆? Tirar pa鈥檒ante. Dar, sola, una crianza de primera a sus hijas. Y realizarse
como mujer y como profesional.
Plenamente. Y sin mirar atr谩s.

***

Lo de no mirar atr谩s fue en serio, pues, por m谩s de tres d茅cadas, Atala y Guido ni siquiera volvieron a
verse.
Esos a帽os, como es natural, fueron los m谩s productivos de Atala. Hizo cuanto quiso, desplegando su
versatilidad en cualquier ambiente al que llegara.
Con el tiempo, Atala pas贸 a vivir en Santo Domingo. Y m谩s adelante, a principios de los 鈥60, se mud贸 a
una casa con patio en el Ensanche Ozama, con espacio suficiente para sus matas, sus flores y su tina de
peces. Y, tambi茅n, c贸mo no, para algunas de sus originalidades.
Como, por ejemplo, el hecho de que a Atala le gustaba ba帽arse al aire libre. Pero no de cualquier manera,
y no con cualquier agua.
Estudiosa del esoterismo y de una que otra de las ciencias ocultas, Atala dispon铆a de un tanque sin tapa,
que llenaba de agua antes de la penumbra crepuscular, de forma que la luz de la luna ba帽ara el agua
durante la noche y la madrugada, y la impregnara de energ铆a sideral. Entonces, cada d铆a, sin que le
estorbara el pudor, Atala se empelotaba en pleno patio y se daba su ba帽o purificante de agua lunar.
El placer del agua fresca corriendo por su piel 鈥 y, supongo, de la peque帽a transgresi贸n de hacerlo al aire
libre 鈥 pod铆a m谩s que el apego a cualquier convencionalismo, tomando en cuenta que ya para esa 茅poca
Atala era una abuela sexagenaria y entrada en carnes.
Un d铆a cualquiera, estando Atala entregada a su rito de saneamiento f铆sico y espiritual 鈥 y, desde luego,
tal como vino al mundo 鈥 mostr贸 el destino su cara m谩s socarrona. Sin previo aviso, se apareci贸 Guido
en el patio, llevado de la mano por Piero, el peque帽o nieto de ambos.
Parece que la llegada de los nietos hab铆a derretido un poco el hielo de treinta a帽os. Y aquel d铆a, Piero le
hab铆a pedido a su abuelo que pasara a verlo y lo llevaba al patio, suponemos que inocentemente, para
mostrarle algo.

Tama帽a sorpresa se encontraron los dos.
隆Cu谩nto me hubiera gustado ver por un hoyito sus caras en ese momento! 驴Turbaci贸n? 驴Susto? 驴Algo
m谩s picante, como el celaje de un deseo lejano que revive fugazmente?
Nunca lo sabremos.
驴Se suaviz贸 la cosa entre Atala y Guido a partir de ah铆?
Eso tampoco lo s茅. Pero me gusta pensar que s铆.

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