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Nacer, crecer, volar

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Hace unos cuantos a√Īos, cuando todav√≠a era un carajito que apenas me llegaba a la altura de la barbilla,
mi hijo Jos√© Alejandro me sorprendi√≥ con una frase que pareci√≥ salirle del alma. ‚Äď No quiero dejar de ser
ni√Īo ‚Äď me dijo, con la media sonrisa que acab√≥ convirti√©ndose en su marca de f√°brica. No son√≥ a
lamento. Ni a presagio. Tampoco como una declaración de propósito.
Fue, se me antoja, la serena conclusión de una larga observación. Recuerdo que, en aquel momento, lo
tom√© como una expresi√≥n espont√°nea de un ni√Īo feliz que no quiere que se acabe el recreo. Incluso,
recuerdo que mi corazón de padre sonrió.
Las cosas que tiene este muchachito, me dije entonces. Vaya si es l√ļcido, a pesar de sus a√Īos.
Porque mira que es verdad que eso de ser adulto no es f√°cil.
***

Ana Cristina, la hermana mayor de José Alejandro, también tiene sus cosas. A su manera y en su propio
estilo, desde luego.
Sin que se le haya notado prisa alguna por crecer, Ana Cristina siempre ha parecido estar lista para lo que
venga. Así ha sido prácticamente desde que nació.
¬ŅSer√° porque, como la primog√©nita que es, debi√≥ sobrevivir a las novatadas que su mam√° y este servidor
cometimos en su crianza?
No sabría decirlo. Pero el caso es que a Ana Cristina se le dan bien casi todas las cosas que intenta hacer,
tanto aquellas para las que tiene talento natural como otras que le demandan más esfuerzo y dedicación.
Definitivamente, la muchacha tiene, Dios la bendiga, el gusanillo de la excelencia. Y digo esto sin
pretensiones de objetividad. Siéntase libre el lector de etiquetarme de papá baboso.
Hace unas cuantas semanas, Ana Cristina me pidió mi opinión sobre unos ensayos que escribió para una
asignación pre-universitaria importante.
Lo que le√≠ me dej√≥ la sensaci√≥n de que mi trabajo ‚Äď nuestro trabajo ‚Äď con ella est√° hecho. Claro que
siempre habr√° tareas que hacer y apoyos de paternidad que aportar. Y claro que la vida es fr√°gil, y que no
podemos saber lo que depara el futuro.
Pero Ana Cristina ya creci√≥. Y, a sus dieciocho a√Īos, est√° lista para volar.

***

Adriana es un ciclón. Y, bueno, como casi todos los hijos terceros en el orden, es agentá.
Aparte de que est√° convencida de que es grande, en su vocabulario no existe la palabra melindre. Y
encima es viva y ocurrente como ella sola.
El lector imaginará que semejante combinación ha alcanzado para toda clase de episodios.

Recuerdo uno entre muchas. Una ma√Īana de hace pocos a√Īos, visitaba el pre-escolar de Adriana. Era la
hora de izar la bandera. Desde cierta distancia, observé a esta pioja, que apenas llenaba el uniforme,
formada con sus compa√Īeros. Al iniciar la m√ļsica del himno nacional, se puso la mano derecha en el
corazón y comenzó a cantarlo.
A juzgar por el movimiento de sus labios, desde lejos ciertamente parecía que entonaba las letras del
himno, harto complicadas para una ni√Īa de cinco a√Īos. Y adem√°s lo hac√≠a con una seguridad y un
desparpajo asombrosos.
M√°s tarde, quise comprobar la maravilla y escuchar de cerca su impecable interpretaci√≥n. ‚Äď Adriana,
vamos a cantar el himno nacional ‚Äď la invit√©. Ni corta ni perezosa, Adriana se par√≥ en posici√≥n de firmes,
y sin el más mínimo remilgo, arrancó con los versos de Prud’Homme.
Y qué decirles. Lo que le faltaba en exactitud, le sobraba en atrevimiento. Los versos rimaban, sí. Pero
en su propia versi√≥n. Cuando lleg√≥ a ‚Äúsi en su pecho la grama no crece‚ÄĚ no me qued√≥ otra que desear
que lo que dec√≠an los romanos ‚Äď aquello de que la diosa Fortuna sonr√≠e a los audaces ‚Äď sea cierto.
Porque en lo que se resuelve el caso, audacia sí tiene Adriana.
***

Nacer no es una opción. Crecer tampoco, al menos en la parte biológica, pues al tiempo y a las hormonas
no hay quien los detenga.
En cambio, la adultez ‚Äď la verdadera, la que entra√Īa tomar nuestras decisiones con independencia
emocional y financiera, y asumir sus consecuencias ‚Äď se parece m√°s a una elecci√≥n que a una obligaci√≥n.
El mejor deseo que puedo tener para mis tres muchachitos no es nada original. Puede decirse, incluso,
que es la f√≥rmula del agua tibia de los deseos parentales. Ojal√° ‚Äď pido, rezo ‚Äď que encuentren su camino
rápido y con un mínimo de contratiempos.
En otras palabras, que crezcan bien. Y que cada uno de ellos vuele hacia su adultez particular y √ļnica. La
que ellos escojan.
Aunque sabemos que la vida no suele ser r√°pida, ni libre de problemas y de dolores.
Y tambi√©n sabemos que ya es mucha bendici√≥n haber tenido ‚Äď y seguir teniendo ‚Äď hijos que han tenido
salud y oportunidades para criarse y desarrollarse.
Muchísima bendición. De la que hay que agradecer y apreciar cada día, cada instante.
Pero no hay porqué ponerle límites a la Providencia.
Y uno pide. Y espera.

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