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La libertad y el miedo fueron al campo un día

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Y pudo más el miedo que la libertad que quiso tener.

Así nos pasa, casi siempre, a los humanos. Ante el cambio, el crecimiento – o cualquier encrucijada –
suele poder más el miedo que la libertad.
Quisiéramos ejercer de libres, cómo no. Pero el miedo, por naturaleza enemigo acérrimo de todo lo que
huela a independencia de criterio o de acción, se mete por cualquier rendija y nos paraliza.
Esa lucha permanente entre la libertad y el miedo es tan difícil como tremendamente importante. Cómo
libramos esa batalla nos define como individuos, como comunidades, como organizaciones y hasta como
sociedad, ¿Qué quieres ser? ¿Qué quieres hacer? O bien: ¿Qué queremos ser? ¿Qué queremos hacer?

Pregunticas necias donde las hay.

***

Claro que hay limitaciones, obligaciones y circunstancias. Pero también tenemos excusas que disfrazan el miedo a ser y a hacer. O peor, al miedo que el otro sea y haga.
Es cierto que cambiar no significa necesariamente crecer, pero lo contrario sí: crecer implica cambiar. En cualquier orden de la vida, todo el que se propone avanzar tiene que abandonar la zona de confort – el llamado status quo – y dar un salto de fe hacia un futuro desconocido e incierto. Crecer requiere experimentar el cambio con todo lo que trae consigo.
Desde luego, es natural que en todo proceso de avance-cambio esté presente, en alguna medida, el miedo.

Avanzar implica cambio, y cambio implica miedo. Nos guste o no, es así.
Y eso no es malo en sí mismo. Si sentimos miedo ante el cambio, ante lo nuevo, es porque somos
humanos. Y un chin de miedo nos hace ser prudentes y preservarnos.
Lo malo del miedo es cuando no es chin.

***

Cuando el miedo aparece y no se doma, no hay libertad que valga. El temor arropa todo – conductas,
decisiones, pensamientos – y todo se paraliza.
En lo individual, nos congelamos. Y en lo colectivo, también. Y la inmovilidad se convierte en el estado
natural del cuerpo social.
Cuando eso sucede, nada sucede. No importará qué tanto se deterioren las cosas ni qué tan flagrantes
sean las fallas y la impunidad, nos quedamos inertes y completamente a la deriva, sin la más mínima
capacidad de reacción.

Quejas y lamentos habrá, por supuesto. Y expresiones de buenos deseos de que las cosas mejoren. Pero
en el boxeo del miedo con la libertad, hablar vale mucho menos que hacer. Y mientras no se haga, el
miedo gana.
¿Suena familiar? Atrevámonos a confrontarnos con esa pregunta, especialmente en el ámbito colectivo.
¿Será que nos ganó el miedo? ¿Qué está sucediendo en nuestras comunidades y organizaciones?
¿Estamos creciendo, viviendo una dinámica de transformación, de renovación permanente? ¿O estamos
catatónicos, estancados, literalmente paralizados por el miedo?
Segura y sinceramente, muchos de nosotros deseamos crecer. Pero hasta para plantearse estas preguntas hay que dejar de lado al miedo.

***

¿Cómo saber de cuál lado estamos? Si, pudiendo decir sí, decimos no. Si pudiendo decir ya, decimos
todavía. Si pudiendo decir también, decimos tampoco. Y si donde hay posibilidades, vemos limitaciones.
Si ese es el caso, nos tocará aceptar que nuestras mentes son esclavas, aunque nuestros cuerpos sean
libres.
No hay atajos. Ni crecimiento con delivery. ¡Qué bueno fuera que existiera una varita mágica para
revertir lo malo y construir lo bueno, sin ensuciarnos las manos y sin luchar contra los demonios del
pavor, propio y ajeno, a las libertades de pensamiento y de acción! ¡Qué bueno fuera so el desarrollo fuera
cuestión de tiempo y no de trabajo!
Pero no. Para crecer y avanzar, hay que enfrentarse al gigante que atrapa los sueños.

***

También habrá quien se beneficie de la inmovilidad. Y frente a la iniciativa de cambiar, no faltarán las
advertencias – muchas veces con bolas de humo y trucos de ilusionismo – del potencial peligro que
encierra usar la independencia de criterio, de asociación y de acción. Mucho cuidado, nos previenen, con
atreverse a creer que son libres y que pueden cambiar las cosas. Y blanden una historia de exclusiones y
represalias en una mano y la promesa de que se repitan en la otra.

No se trata de ser especialmente valiente. En lo personal, no me entusiasma caminar por una calle oscura más que a cualquier persona. Simplemente hay que recordar que los fantasmas de la exclusión y de las consecuencias de la confrontación constructiva son exactamente eso: fantasmas.
Y los fantasmas no son nada si les quitas la sábana.

***

Si acaso, temer al miedo mismo, como dijo en su momento Franklin Roosevelt. El temor es y será el
verdadero enemigo de todos en este camino.
Si comprendemos eso, estaremos más cerca de ser libres.

Frente a una voluntad de movilización y un compromiso auténtico por el cambio hay muy poco que pueda hacerse para detenerla. Es sólo el miedo el que atenaza y paraliza.
Sin esperar milagros – aunque quién sabe, no hay que ponerle límites a la Providencia – los actuales son
tiempos para consolidar lo que se ha logrado; y también para plantear nuevos desafíos. Tiempos para
asumir lo que parece imposible, lo que parece impensable.
Porque lo que sucede cuando escogemos ignorar nuestros temores y decidirnos a trabajar de forma
persistente e inteligente es, precisamente, lo impensable.

***

Que no sea el miedo la razón para no ser, para no hacer.
¿Qué fracasamos en el intento? Tocará reintentarlo, aprender. Seguir.
Nadie dijo que el ejercicio de la libertad garantiza el éxito. Si acaso, apenas garantiza el riesgo.
Y una cosa es más segura que el riesgo. Si no arriesgamos, no ganamos.

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