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Un tipo peculiar

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Hay personas que, de tan inolvidables, llegan a serlo en memoria ajena. Y no me refiero a los h√©roes, ni a aquellos prohombres ‚Äď o pro-mujeres ‚Äď a quienes el imaginario colectivo termin√≥ fundi√©ndolos en √≠dolos de bronce.

No, se√Īor. Me refiero a los objetos de la otra memoria. A los famosos del cari√Īo. Aquellos que se fueron, pero de los que hablamos como si no se hubieran ido, y a los que acaban recordando incluso quienes no coincidieron con ellos en tiempo y espacio.

Estoy seguro que cada familia tiene los suyos. En la m√≠a hay varios, pero entre todos, el T√≠o Lul√ļ se lleva la palma.

***

Luis Ernesto Sanabia Villaverde era su nombre completo. Y no, no era ‚Äď a pesar del nombre ‚Äď un personaje de novela rosa. Aunque, de tanto escuchar a mi pap√° y a mis t√≠os recordar las particularidades del T√≠o Lul√ļ, no me hubiera extra√Īado que lo fuera.

Era el esposo de la T√≠a Mignon, otra inolvidable del cari√Īo familiar, a quien tampoco llegu√© a conocer. A retazos, a partir de las historias de mi pap√° y mis t√≠os ‚Äď sazonadas con mi imaginaci√≥n ‚Äď he podido construir su retrato hablado. Helo aqu√≠.

El T√≠o Lul√ļ era de estatura normal y, al parecer, de extra√Īa contextura, pues en este aspecto las impresiones de mis relatores se contradicen. Por mi parte, he llegado a la conclusi√≥n de que era, a la vez, flaco y barrig√≥n. En cuanto a su tez, no hay duda. Todos coinciden en que el t√≠o era blanco-blanco, aunque no estoy seguro de lo que eso significa (siempre he sido mal√≠simo para apreciar las sutilezas del caleidoscopio dermatol√≥gico de nuestro pa√≠s).

Sigo. Ten√≠a, sin ser calvo, poco pelo (sic). Tambi√©n ten√≠a ojos grandes y expresivos, que se sumaban a los gestos que hac√≠a con las manos al hablar. Era conversador, alegre y ocurrente, aunque sospecho que este √ļltimo atributo lo ejerc√≠a las m√°s de las veces sin propon√©rselo.

Siempre andaba trajeado de dril claro, caminando calle arriba y calle abajo por toda su ciudad ‚Äď el Santo Domingo de cinco o seis d√©cadas atr√°s ‚Äď pues no ten√≠a carro. Siempre parec√≠a tener ad√≥nde ir, el T√≠o Lul√ļ, con su pa√Īuelo en la mano, sec√°ndose el sudor.

Ah√≠ lo tienen. El T√≠o Lul√ļ. O, al menos, la imagen que de √©l me heredaron sus sobrinos.

***

Al T√≠o Lul√ļ no le faltaban peculiaridades. En realidad, le sobraban. Su natural bonhom√≠a lo impulsaba a ser atento y cumplidor como nadie. No hab√≠a onom√°stico que no recordara, ni p√©same que no diera. Todos los d√≠as daba un rodeo en su ruta hacia El Conde desde su casa en La Aguedita, para pasar por el frente de la Funeraria Blandino, que estaba entonces en la esquina Mercedes con Polvor√≠n, s√≥lo para leer la pizarra donde dibujaban la esquela de los nuevos difuntos.

Por eso, y por su presencia ubicua en cuanta pe√Īa hubiera en la ciudad, el T√≠o Lul√ļ estaba enterado de todo. Y con todos cumpl√≠a, si bien con una locuacidad rayana en la prosopopeya que no llegaba a incomodar a ning√ļn contertulio.

Su espontaneidad era legendaria. Como la vez que sorprendi√≥ a un ladr√≥n dentro de su casa y a lo que atin√≥ fue a irse a los pu√Īos con √©l. Del trance sali√≥ magullado, pero no por eso dej√≥ de caminar la Capital para visitar todos sus altares.

Pero de todos los dones del T√≠o Lul√ļ, el m√°s sorprendente era la punter√≠a que parec√≠a tener para colocarse como testigo cercano de las cat√°strofes m√°s dis√≠miles. Si se armaba, por cualquier raz√≥n, un corre-corre en cualquier rinc√≥n de la ciudad, se pod√≠a apostar que T√≠o Lul√ļ o estaba ah√≠, o acababa de llegar o pasaba por casualidad por ah√≠.

Si ser√≠a olfato genuino para las calamidades, o simplemente era normal que le pasara por estar mucho tiempo en las calles de una ciudad peque√Īa, no lo sabr√©. Pero el caso era que no fallaba. Si quer√≠as enterarte de los pormenores de cualquier suceso, s√≥lo ten√≠as que esperar la visita diaria de T√≠o Lul√ļ ‚Äď o en su defecto, cruzarte con √©l en la calle ‚Äď y preguntarle. Se tomar√≠a el tiempo de contarte lo sucedido con profusi√≥n de detalles, todos recabados de primera mano.

Como cuando, a finales de los cincuenta, se cay√≥ el balc√≥n de la casa de los Selman en la Avenida Mella, por ejemplo. La ocasi√≥n era el fallecimiento de Don Abraham, el patriarca de esa familia. Al final del velatorio, un grupo de los asistentes ‚Äď en su mayor√≠a miembros de la nutrida colonia √°rabe ‚Äď se agolparon en el balc√≥n de la casa de altos para ver el f√©retro cuando saliera por las escaleras dos pisos m√°s abajo.

Sin previo aviso, el balc√≥n se desplom√≥, y con √©l cayeron al vac√≠o una veintena de personas. La tragedia ‚Äď que ser√≠a registrada en la ladina memoria capitale√Īa como ‚Äúla lluvia de turcos de la Avenida Mella‚ÄĚ ‚Äď se sald√≥ con un fallecido ‚Äď aparte del difunto que era el motivo de la reuni√≥n ‚Äď y numerosos heridos.

¬ŅQui√©n estaba parado frente a la casa al momento del colapso del balc√≥n, y particip√≥ ‚Äď diligente y solidario como siempre ‚Äď en la recogida y el transporte de heridos a la Cl√≠nica Z√°iter? Adivin√≥ el lector. El T√≠o Lul√ļ, que hab√≠a acudido a ofrecer su p√©same a la familia, Dios lo hubiera librado de una omisi√≥n en esa o cualquier otra ocasi√≥n.

O como cuando, unos a√Īos despu√©s, se cay√≥ un avi√≥n militar que participaba en un vuelo conmemorativo de uno de los primeros aniversarios de la salida de los Trujillo del pa√≠s. El avi√≥n tuvo un fallo mec√°nico que forz√≥ al piloto a saltar en paraca√≠das, con tan mala fortuna que se qued√≥ enganchado en la cola del aparato.

Los habitantes de Santo Domingo presenciaron horrorizados cómo el avión sobrevoló la ciudad, arrastrando al paracaídas y al piloto, hasta desplomarse en la barriada de Villa Francisca, desatando un incendio que consumió una manzana completa.

Como era de esperar, el T√≠o Lul√ļ estaba en el barrio, visitando a qui√©n sabe qui√©n o haciendo qui√©n sabe cu√°l diligencia. El s√°lvese-quien-pueda que se desat√≥ fue tan grande, que hasta con una costilla rota sali√≥ T√≠o Lul√ļ. Genio y figura.

***

Si me preguntan, lo digo con toda certeza. La memoria y el cari√Īo s√≠ se heredan.

Porque, a fuerza de escuchar sus historias, he llegado a admirar a T√≠o Lul√ļ, aun admitiendo que, en realidad, es poco lo que s√© de √©l.

No conozco los dramas de su existencia, ni sus éxitos resonantes. Seguramente tuvo su cuota de ambos. Pero me seduce lo que debe ser uno de sus mayores logros. Ser recordado con frecuencia, siempre con una sonrisa. Y una que otra carcajada.

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