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Retrato de familia

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Aparecieron durante uno de esos rituales de limpieza rayanos en lo esot√©rico que realiza mi madre de cuando en cuando. De entre un grupo de papeles viejos ‚Äď los m√°s de ellos provenientes de la casa de mi abuela ‚Äď emergieron dos fotos grandes, en blanco y negro.

Las fotos cayeron en mis manos, un domingo en el que visitaba la casa paterna, y desde que las vi supe que se trataba de algo muy especial. Las dos fotografías estaban razonablemente bien conservadas y eran del mismo grupo familiar: mis abuelos maternos rodeados de sus seis hijos. Parecían haber sido tomadas con pocos segundos de diferencia, pero entre una y la otra había un mundo de distancia.

En la que, sin dudas, debía ser la que se tomó primero, todas las caras estaban serias, como si estuvieran posando sin muchas ganas. Nada memorable. La segunda foto, sin embargo, parecía envuelta en un halo singular. Todos sonreían con una alegría que parecía salirse del papel y tocar al observador. Mi madre creyó recordar que alguien dijo un chiste que los hizo reír y el fotógrafo accionó el obturador en el momento justo.

Y vaya si fue el momento justo.

El resultado que obtuvo el an√≥nimo fot√≥grafo fue casi m√°gico. Con intenci√≥n o sin ella, atrap√≥ la fugacidad de un momento irrepetible y la congel√≥ en una imagen inmortal. El sue√Īo de todo fot√≥grafo, supongo.

La foto, a pesar de que fue reencontrada por casualidad, se convirti√≥ de inmediato en un tesoro familiar. No dej√≥ indiferente a nadie que la viera. Y no tanto por el evento en que fue tomada ‚Äď la boda de T√≠o Fuedito y T√≠a Rosita, el d√≠a de Navidad de 1953 ‚Äď como por lo mucho que transmite.

Aparte de la alegría de estar juntos que emana de los rostros, la fotografía parece contar una historia. O, cuando menos, invita a preguntar por ella. Y eso hicimos todos. Preguntar.

As√≠ nos enteramos que, para empezar, en verdad la ocasi√≥n era muy especial. El matrimonio un√≠a a√ļn m√°s a la familia pues el novio era hijo de mi abuelo y la novia era sobrina de mi abuela. El hecho de que mi abuelo Juan casara con MamaOlga siendo viudo y con cuatro hijos, explica la inexistencia de lazos de sangre entre los contrayentes.

En la foto, los abuelos est√°n sentados en el centro, en un sill√≥n de caoba y pajilla. El abuelo fue atrapado a mitad de carcajada, suavizando la pose de patriarca orgulloso que, al parecer, hab√≠a decidido asumir. Como si tal cosa ‚Äď y considerando que muri√≥ pocos a√Īos despu√©s de la foto ‚Äď nos regal√≥ a sus nietos la oportunidad de ponerle una cara sonriente a todas las historias de abuelo bonach√≥n que siempre escuchamos.

MamaOlga estaba preciosa, con una sonrisa luminosa que rivalizaba con la luz de sus ojos claros. Su expresi√≥n me record√≥ la que ten√≠a cuando me tom√≥ del brazo el d√≠a de mi graduaci√≥n universitaria, casi treinta y cinco a√Īos despu√©s de aquella boda de Navidad.

A ambos lados de los abuelos estaban los novios. T√≠a Rosita miraba a su nuevo suegro y le tomaba la mano con cari√Īo. No cab√≠a en s√≠ de gozo. A la derecha de MamaOlga, T√≠o Fuedito ‚Äď de corbata de pajarita y bigote engominado, a lo Jorge Negrete ‚Äď se apoyaba sobre su madre adoptiva con la confianza que le daba su condici√≥n de favorito. Los grises de la fotograf√≠a no lograban ocultar el rubor de sus mejillas ni el brillo de su mirada.

Detr√°s de ellos, cuatro figuras, de pie, tambi√©n contaban parte de su historia. En el centro estaban la hija mayor de mi abuelo ‚Äď T√≠a Fay ‚Äď y su esposo, el espigado y siempre impecable T√≠o Jorge. Entonces no ten√≠an manera de saber que a√Īos despu√©s ser√≠an mis padrinos de bautizo. Risue√Īa ella, elegante √©l. Sobran dedos de una mano si cuento las veces que vi la cara de T√≠a Fay sin su sonrisa y al cuello de T√≠o Jorge sin su corbata.

No deb√≠a ser casualidad que a la derecha de T√≠a Fay estaba T√≠o Farid. Entre esos dos hab√≠a ‚Äď y sigue habiendo ‚Äď un nexo muy especial, pues T√≠a Fay era la √ļnica que consent√≠a las diabluras del T√≠o Farid, que era pendenciero y parrandero como pocos. La foto no lo muestra, pero es casi seguro que estuvieran tomados de la mano, como los c√≥mplices que siempre fueron.

A la izquierda de Tío Jorge, en la esquina de la foto, estaba Tío Amorís, el benjamín de la primera camada del abuelo y, de todos los hermanos de mi madre, el primero que ha partido de este mundo. Al Tío Amorís lo conocí muy poco. Por muchas referencias sé, sin embargo, que era un tipazo. Tan brillante y generoso como excéntrico y, en ocasiones, atormentado. En la foto se ve apuesto y sonriente, en el esplendor de su juventud. De alguna manera, su postura y su semblante parecen reflejar los claroscuros de su carácter.

La composici√≥n la completan ‚Äď en primer plano y agachados a cada lado del grupo ‚Äď mi madre y T√≠o Christian, quienes a la saz√≥n ten√≠an doce y diez a√Īos, respectivamente. Sus sonrisas infantiles sirven de marco para el retrato

y alimentan nuestros debates de cu√°l de sus nietos se les parece m√°s.

En conjunto, mirar la fotografía es como abrir una de esas cápsulas del tiempo. Cuando la abres, puedes respirar el aire de otra edad. Con la foto, puedes, una y otra vez, palpar la alegría auténtica y fugaz de aquella lejana reunión familiar, recrear sus olores y hasta sus sabores.

Si eso no es magia, no sé qué será.

Magia que invita a vivir despiertos. Porque los momentos felices siempre son breves. Y la unión familiar es siempre efímera.

No siempre volvemos a tener la oportunidad de reencontrarnos para sentir juntos el regocijo de la celebración. Y cuando llega a suceder es un gran privilegio.

Muestras hay muchas. Un domingo de verano, hace unos a√Īos, aprovechando que est√°bamos la familia ampliada completa en casa de mis padres, se nos ocurri√≥ tomar una foto en escalera de todos los nietos. Qued√≥ chul√≠sima.

Aquel d√≠a no pod√≠amos saber que pasar√≠an m√°s de cuatro a√Īos ‚Äď y una larga sucesi√≥n de avatares ‚Äď antes de que volvi√©ramos a estar reunidos todos bajo un mismo techo. As√≠ de fr√°gil es la vida. Nunca existen garant√≠as de que la presencia de hoy no sea la ausencia de ma√Īana. Ni de que las risas que aligeran las tripas no den paso en un santiam√©n a las l√°grimas que oprimen los pechos.

Precisamente por eso es que siempre vale la pena tomar fotos de la familia reunida. Poco importa que sean escasas las ocasiones en que se consigue el prodigio de atrapar la esencia del tiempo y meterla dentro de una cámara. Si no se logra, amén. Pero cuando se logra, lo que te queda es un tesoro eterno.

Ni m√°s ni menos, el equivalente a un frasco de pildoritas de cari√Īo que nunca se gasta.

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