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Mil maneras de reír y llorar

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Centro de Santiago, finales de enero de 1972. Medianoche. Un bullicio tremendo proveniente de la calle interrumpe mi profundo sue√Īo de ni√Īo. Desde mi cama se escucha un griter√≠o festivo por encima de los bocinazos y de un extra√Īo murmullo sordo y vibrante. Me restriego los ojos y me levanto. Busco con la vista a mis hermanos y no los encuentro. Tampoco hay nadie en el cuarto de mis padres. La puerta de la calle est√° abierta. Salgo a la galer√≠a y descubro que ah√≠ est√° todo el mundo.

No exagero cuando digo que ah√≠ est√° todo el mundo. Mi familia completa y el resto del vecindario contemplan, cada quien en su balc√≥n o su ventana, c√≥mo Santiago entero est√° pasando por la calle del Sol. Parece que nadie duerme esta noche. Me uno a ellos para apreciar el jolgorio. La multitud circula calle abajo a paso de tortuga, a pie y amontonada sobre cualquier cosa que camine. Arriba y abajo, adentro y afuera, todos tienen algo amarillo en las manos y lo agitan a ritmo de bocinas y v√≠tores. Desde pa√Īos y banderas, hasta s√°banas y toallas. Todo amarillo.

Todos los veh√≠culos ‚Äď carros, camiones, motocicletas y bicicletas ‚Äď arrastran latas y c√°ntaros. Lo que sea, con tal de hacer ruido. Ese era el zumbido raro que se o√≠a. El gent√≠o es m√°s grande que la procesi√≥n del Santo Entierro. S√≥lo los desfiles de carnaval pueden compararse con este tumulto.

No entiendo el motivo de tanta fiesta. Pregunto qu√© pasa. Mi padre me carga en sus brazos y me explica. Ganaron las √Āguilas. Tu equipo es campe√≥n. Aunque mi pap√° ‚Äď como buen sure√Īo ‚Äď simpatizaba por el Licey, nunca hizo nada para imponernos su preferencia. M√°s de treinta a√Īos despu√©s, viviendo en otra ciudad, me llegar√≠a el turno de respetar la inclinaci√≥n de mi hija por otro equipo, y s√≥lo entonces pude valorar en su justa medida tal desprendimiento.

Aquella noche el desfile continu√≥ por horas. Era apenas el cuarto campeonato de las √Āguilas, y el primero desde 1967, por lo que los aguiluchos no est√°bamos muy acostumbrados a celebrar. Los a√Īos que seguir√≠an s√≠ tendr√≠amos mucha ocasi√≥n para hacerlo.

Y vaya si celebramos. Fue en esa d√©cada de los setenta que los parciales del √Āguila le tomamos el gusto a ganar. De la mano del Chilote Llenas y de Miguel Dilon√©, los mameyes ganaron cinco t√≠tulos en ese decenio. Los Tigres se llevaron otras tantas coronas, con lo cual se empez√≥ a cimentar lo que ser√≠a una rivalidad que no tiene parang√≥n en el mundo del b√©isbol.

En esos a√Īos fue tambi√©n que las √Āguilas terminaron de robarme el coraz√≥n. A m√≠ y al resto de los santiagueros, hay que decir. Incubaron, para nuestro deleite, una m√≠stica batalladora que prohib√≠a terminantemente no dejar el pellejo en el terreno. Desde entonces, hasta el out 27 las √Āguilas nunca est√°n vencidas.

Muchas de las cosas que pasaron entre las líneas de cal en esas temporadas son recuerdos indelebles para muchos de mi generación. Cómo olvidar la primera vez que fui al Estadio Cibao, una soleada tarde de domingo. De ese día recuerdo como ahora a Dave Parker corriendo las bases como una esbelta gacela, convirtiendo un batazo a la pared en un triple.

Y c√≥mo olvidar la ocasi√≥n en que, estando en el play, mis hermanos y yo enloquecimos con un cero en trocha que le pint√≥ al Licey el larguirucho y desgarbado Kent Tekulve, quien hab√≠a entrado a relevar con las bases llenas sin outs. Lo que recuerdo ‚Äď y no descarto que mi memoria est√© simplemente validando una leyenda ‚Äď es que Tekulve hizo nueve lanzamientos para ponchar a los tres bateadores contrarios. A partir de ese d√≠a, Tekuivi fue considerado m√°s santiaguero que un andullo.

Y qué decir de Guelo Diloné, un pelotero tan electrizante que ponía a sufrir a la oposición desde que estaba en el círculo de espera. Mucho antes de que se contaran los jonrones de Sammy Sosa, ya en Santiago llevábamos la cuenta diaria de las bases robadas de la Saeta del Cibao.

Como iba Dilon√©, iban las √Āguilas. Y como iban las √Āguilas, iba Santiago. Los latidos de la Ciudad Coraz√≥n, y los de todo el Cibao, se sincronizaron con los de su equipo de pelota. Las √Āguilas Cibae√Īas.

El v√≠nculo que se cre√≥ fue indestructible. En las victorias, los que vamos al √Āguila gozamos como nadie

y en las derrotas, inevitables hasta para los mejores equipos en un juego tan veleidoso como el b√©isbol, sufrimos tanto como los jugadores. Y eso, en el caso de las √Āguilas, no es poco decir, ya que es bien sabido que los primeros aguiluchos son sus peloteros.

Hay un mill√≥n de historias que lo confirman. Empezando por el ejemplo del Chilote, quien debe tener hasta la sangre mamey despu√©s de una vida entera dedicada al equipo de sus amores. Y continuando por Miguel Dilon√©, Tony y Arturo Pe√Īa, F√©lix Ferm√≠n, Luis Polonia, Stanley Javier, Miguel Tejada, Tony Batista y tantos otros, quienes adem√°s de ser grandes jugadores tambi√©n son fervorosos aguiluchos.

Recuerdo en particular la serie final del ‚Äô81, cuando el Escogido se coron√≥ campe√≥n con aquella base por bolas para dejar en el terreno a las √Āguilas en el noveno y √ļltimo juego. Fue un duro rev√©s. Al d√≠a siguiente, se coment√≥ en Santiago que Tony Pe√Īa, a la saz√≥n un novel receptor, se sent√≥ en el dugout despu√©s del juego, a llorar como un ni√Īo por la derrota. De alguna manera, sirvi√≥ de consuelo saber que peloteros y seguidores compart√≠amos el mismo dolor casi f√≠sico que provoc√≥ el fracasar tan cerca de la meta. Extra√Īamente, esa derrota sirvi√≥ para fortalecer el lazo entre el equipo y sus seguidores.

Con los a√Īos, las √Āguilas fueron consolidando un estilo particular de juego. Y fueron convirti√©ndose ‚Äď desde el m√°s encumbrado nivel de la directiva hasta el cargabates ‚Äď en una aut√©ntica expresi√≥n de la mentalidad cibae√Īa de hacer las cosas lo mejor que se puede, o no hacerlas. Y fueron calando, cada vez m√°s, en el sentimiento y en el orgullo de toda la regi√≥n.

No supe qu√© tanto sent√≠a el Cibao al equipo como suyo, hasta una noche de enero del ‚Äô86, cuando regresaba a Santiago desde una excursi√≥n al Pico Duarte. En los parajes m√°s apartados, en medio de la m√°s completa oscuridad, la gente que viv√≠a al borde de la carretera estaba agrupada, haciendo ruido con latas y palos y gritando consignas a los pocos veh√≠culos que pasaban. Esa fue la primera indicaci√≥n que tuve, luego de varios d√≠as incomunicado en la monta√Īa, que las √Āguilas hab√≠an atrapado un campeonato m√°s.

Aunque los trofeos se siguieron acumulando, los triunfos casi nunca fueron f√°ciles. Por el contrario, parecer√≠a que el √Āguila tiene un gusto especial por el dramatismo extremo. Para ganar o para perder, las √Āguilas se especializan en llevar a uno al borde de un ataque al coraz√≥n. Y en cada episodio, el cari√Īo por el equipo no hace m√°s que crecer. Los eventos memorables sobran.

Por ejemplo, el √ļltimo turno al bate como pelotero activo de Tony Pe√Īa, que sirvi√≥ para ganarle al Licey el campeonato de 1998. Pe√Īa era manager-jugador, e intent√≥ sustituirse a s√≠ mismo para colocar un bateador emergente frente al cerrador estrella de los Tigres, en una situaci√≥n decisiva en el noveno inning. El equipo completo se lo impidi√≥ y lo oblig√≥ a regresar al caj√≥n de bateo y a tomar el turno, en lo que considero uno de los momentos m√°s inolvidables del deporte.

Como inolvidable fue tambi√©n la derrota sufrida a manos del mismo Licey en el 2002, en el mismo Estadio Cibao. Todav√≠a la sola menci√≥n del jonr√≥n de Andy Abad para voltear el marcador contra las √Āguilas causa escozor entre muchos aguiluchos. Esa vez, lo re√Īido del juego no sirvi√≥ de consuelo. Fue, sin quiz√°s, la peor derrota del club. Un recordatorio de que a veces el m√°ximo que puedas dar no es suficiente para alcanzar la victoria. No nos qued√≥ m√°s remedio que encajar el golpe con dignidad y seguir adelante. As√≠ lo hicieron las √Āguilas y as√≠ lo hicimos los aguiluchos. M√°s unidos que nunca.

Y con bastante √©xito, hay que decir. Tres campeonatos en cinco a√Īos han servido para exorcizar, de una vez por todas, aquella pesadilla. Por a√Īadidura, el campeonato 2006-2007 nos trajo la imagen de otro momento extraordinario para conjurar el recuerdo de aquel swing que enterr√≥ al √Āguila en el 2002. Se trata del √ļnico turno de Luis Polonia en la serie final: un simb√≥lico cable a la pared del jard√≠n central en un juego que ya era m√°s una celebraci√≥n que otra cosa. Otra vez nos toc√≥ re√≠r. Y de qu√© manera.

Existen toda clase de razones por las que se escoge a un equipo deportivo como favorito. Desde luego, ayuda si el equipo es ganador, porque ganar es muy agradable. Y las √Āguilas han ganado mucho m√°s que ning√ļn otro equipo en los √ļltimos quince a√Īos. Pero que nadie se llame a enga√Īo. La resonancia entre las √Āguilas y los aguiluchos no est√° basada s√≥lo en el gusto por ganar. Las √Āguilas son el Cibao, en la medida en que representan la forma particular de entrarle a la vida que tienen los cibae√Īos. Con ganas. Con garras. Con alegr√≠a. Con pasi√≥n.

Mil maneras de re√≠r y de llorar tiene Santiago, seg√ļn Juan Lockward. Ten√≠a raz√≥n el genial compositor puertoplate√Īo. A trav√©s de los a√Īos, el √Āguila nos ha puesto a re√≠r y a llorar de todas las formas imaginables. Ser√° por eso que la queremos tanto.

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