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El papelito

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El seminario de autoayuda entraba en su tercera hora, cuando el facilitador empezó a repartir unos pedacitos de papel, de dos por dos pulgadas. – Hay que arreglar cuentas con el pasado – sentenció, como si estuviera vendiendo la panacea universal, mientras seguía repartiendo papelitos.

Cuando terminó de repartir, procedió a explicar el ejercicio. – Hagan de cuenta que pueden poner el pedazo de papel que les acabo de entregar en una máquina del tiempo – comenzó. Algunas cejas se enarcaron. – Y que pueden, con esa máquina del tiempo, enviarse el papelito a ustedes mismos, para que les llegue en el momento en el que acaban de cumplir catorce años – siguió. Ahora algunos ceños se fruncieron.

– ¿Cuáles dos palabras escribirían ustedes en el papelito? No tres palabras, ni una: exactamente dos palabras. ¿Qué mensaje te enviarías a ti mismo para que lo recibas cuando tenías catorce años? – preguntó el facilitador, con cierto dramatismo en la voz. Los asistentes al seminario – una buena cincuentena de personas – hicieron silencio, como si no hubieran entendido bien. – ¿Por qué a los catorce años? – preguntó una voz en el fondo.

El facilitador respondió de inmediato. Se notaba que tenía la respuesta preparada. – Porque esa es la edad en que muchos de nosotros empezamos a escoger nuestros sueños – dijo, tajante.

El ejercicio alborotó a la audiencia. Un murmullo sordo se escuchó por lo bajo. Algunas personas suspiraron, otras empezaron a recitar en voz alta sus fórmulas. – ¡Muy fácil! Las mías son “ten cuidado” – dijo una doña, con cara de circunstancia. – Y las mías “no fumes” – dijo una veinteañera. – “No te cases” – dijo una voz masculina, con una risa nerviosa. – Oigan a este, esas son tres palabras – dijo otra voz.

Finalmente, se hizo silencio, y cada quien se quedó frente a frente a su cuadrito de papel en blanco.

***

Venecia jugueteó con el papelito unos segundos, un poco fastidiada por el ejercicio. Dizque mandarse dos palabras al pasado, se dijo. Qué disparate. Entonces, sin quererlo, empezó a pensar en la brega constante que había sido su vida. Desde jovencita luchando. Le tocó ser mamá y papá de sus dos hijos, luego de que se cansó del mal marido que soportó por casi diez años, siempre haciendo malabares entre varios trabajos para mantenerlos. ¿Y la enfermedad de su mamá, de la que también había tenido que hacerse cargo?

Antes de darse cuenta, ya estaba inmersa en la tarea. ¿Qué le diría a la versión juvenil de sí misma? Buscó amargura en su interior, pero no la encontró. Su vida había sido una lucha, es verdad. Pero, ¿cambiaria algo? Sonrió y escribió, en letras grandes, sus dos palabras: “Todo pasa”.

***

– Diantre, qué ejercicio – se dijo Pedro. ¿Cuáles dos palabras podían haber hecho una diferencia en su vida? Pensó en las cosas que, si pudiera, cambiaría. Cierto, admitió, que le habían pasado muchas de las cosas que, de joven, había temido. Pero, ¿pudo haberlas evitado? ¿Cómo?

¿Sobraba algo en su vida? Quizá. Pero, ¿qué? Entonces, lo tuvo claro. “No temas”, escribió en el papelito.

***

Luisa no tuvo que pensar mucho para escoger sus dos palabras. Como todos, pensó, había tenido su cuota de dolor y de fracaso. Pero se las había arreglado para no perder la risa. Reía mucho y por todo. Hasta de sí misma sabía reírse.

¿Qué cambiaría? ¿Menos dolor? ¿Más cautela? No, ombe, no. Soltó una carcajada silenciosa, se encogió de hombros y escribió: “Ríe más”.

***

Manuel hizo un esfuerzo por tomarse en serio el ejercicio. Se revisó punto por punto, como hacen los accidentados, que se palpan el cuerpo para ver si siguen enteros. Luego de mucho pensar, decidió que – a pesar de las sombras que siempre acompañan las luces – no cambiaría gran cosa de su vida.

“Vas bien”, escribió en el papelito. Pero luego pensó. Y se preguntó. – ¿Qué hago aquí? –. Y de inmediato comprendió. Tachó lo que había escrito y garabateó otras dos palabras: “Mira adelante”.

Y, aplicándose el consejo, se paró y se fue.

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