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El ni帽o y el chacal

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La combinaci贸n de olores y sonidos era, para Juliancito, inconfundible. De la cocina emanaba el olor a detergente y el sonido del choque de trastes en el fregadero, y del aposento de su abuela el aroma caracter铆stico de la Cobra para espantar los mosquitos y el radio con la m煤sica cl谩sica de La Hora M铆stica.

Para Juliancito, el significado de tal mezcla olfativa y auditiva estaba claro. Era la hora de reposo de los adultos. Y para 茅l era la hora m谩s aburrida 鈥 y, por tanto, m谩s larga 鈥 del d铆a. Estarse quieto y no hacer ruido por una hora completa era demasiado para su cuerpo de siete a帽os de edad.

Lo de estarse tranquilo despu茅s de almorzar pod铆a entenderlo, por la amenaza siempre latente de que 鈥 como sol铆a decir su abuela 鈥 le diera a uno una congesti贸n. Juliancito no estaba seguro de lo que significaba esa palabra, pero bueno no deb铆a ser, pues su abuela no pod铆a mencionarla sin recordar a Don Salustiano, el t铆o lejano de alguien tambi茅n lejano, que se puso a bailar foxtrot sin reposar, y le dio un patat煤s y se muri贸.

Lo del silencio era m谩s dif铆cil de aceptar y de cumplir. A Juliancito no le hac铆a mucho sentido que hubiera que estar callado para que la gente grande descansara, si nadie le dejaba de poner asunto al radio durante todo el rato que estaban echados. Ni siquiera su abuela escapaba al hechizo de sus programas favoritos.

Por suerte para Juliancito, exist铆a la galer铆a de la casa. Ah铆 se refugiaba a esperar que se cumpliera esa hora eterna. All铆 pod铆a acostarse en el piso de granito a buscar el fresco, mientras contaba mentalmente los anuncios de la Farmacia Mella que pon铆an en Radio HIG entre pieza y pieza. O bien se sentaba en el pasamano de la galer铆a a contemplar la inmovilidad de los almendros de la calle Pasteur, y a comprobar que su sombra no reduc铆a el sopor del mediod铆a. O a contar cu谩ntos laureles de la Avenida Independencia 鈥 que parec铆an a esa hora a punto de derretirse 鈥 pod铆a ver desde la galer铆a.

As铆 lograba Juliancito, a duras penas, estericar el tiempo hasta la una de la tarde. A esa hora exacta, dos cosas, invariablemente, suced铆an. Una era que su abuela, sin moverse de su cama, alargaba el brazo hasta el radio que ten铆a en su mesita de noche y cambiaba de emisora para escuchar a Paco Escribano en HIZ. La otra era que, puntual como la sirena de los bomberos de la Avenida Mella, pasaba por el frente de su casa la procesi贸n de carrazos prietos y lustrosos del Jefe, rumbo al Malec贸n, donde iba cada d铆a a realizar su corta caminata digestiva.

El rumor de la fila de carros cortando el aire mientras bajaban velozmente la Pasteur alertaba a Juliancito, que esperaba que el carro m谩s grande y m谩s oscuro de todos, el que llevaba las banderitas dominicanas orladas de flequillos dorados, estuviera frente a la galer铆a de su casa para alzar los brazos al cielo y vocear: 隆Viva Trujillo, carajo!

Tal vez Juliancito lo hac铆a como un remedo inconsciente de lo que gritaba su pap谩 cada vez que se pasaba de tragos, desconociendo el hecho de que el padre lo hac铆a como un recurso para no dejarle espacio a ning煤n yerro que 鈥 pendeja y verdaderamente 鈥 lo perjudicara. O tal vez lo hac铆a por fu帽ir, como una forma de protesta por el silencio impuesto, pues intu铆a que 鈥 ante tal exclamaci贸n 鈥 nadie se arriesgar铆a a mandarlo a callar.

El caso es que cada d铆a Juliancito lanzaba su viva y dejaba sus brazos alzados, como en alabanza, hasta que el 煤ltimo de los carros de la caravana doblaba por el Malec贸n y su brillo se perd铆a de vista. Despu茅s, como si fuera la cosa m谩s normal del mundo, retornaba a sus juegos mentales y a la dif铆cil misi贸n de matar el tedio de la siesta.

***

Aquel mediod铆a no promet铆a nada diferente. Calor, inactividad y la rara mezcla de silencio y m煤sica radial. Al rayar la una, Juliancito estaba en su puesto, sentado sobre el pasamano de la galer铆a, esperando por su fugaz encuentro con la pompa del poder.

Pero justo cuando se preparaba a levantar los brazos para lanzar su proclama, algo inesperado sucedi贸. El desfile de carros aminor贸 la marcha hasta que 鈥 隆oh, sorpresa! 鈥 el del Jefe se detuvo justo frente a su casa.

Un corrientazo de p谩nico recorri贸 instant谩neamente el cuello de Juliancito. Cuando vio que un ayudante militar se desmontaba del carro del Jefe y se dirig铆a hacia la galer铆a, no esper贸 m谩s.

Con el coraz贸n brinc谩ndole en el pecho, se embal贸 hacia el interior de la casa. Haci茅ndose mil preguntas, corri贸 esquivando muebles y no se detuvo hasta meterse 鈥 sin saber muy bien por qu茅 鈥 debajo de la cama de su abuela. Lo hizo tan r谩pido que la abuela, que estaba echada en la cama con los ojos entrecerrados, no se dio cuenta de nada.

All铆 se agazap贸 Juliancito, cerr贸 los ojos para no ver y se tap贸 los o铆dos para no o铆r. 驴Se habr铆a ofendido el Jefe con sus gritos? 驴Hab铆an venido a buscarlo por ser un ni帽o falt鈥檈-respeto? Record贸 las historias que hab铆a escuchado de boca de los adultos acerca del desagrado que provocaba en el Jefe la m谩s m铆nima cosa que pudiera considerarse como un irrespeto y se sinti贸 perdido.

Quiso rezar y no le sali贸 nada. El timbre de la casa son贸 como una sentencia. 鈥 Me jod铆, me jod铆 鈥 atinaba a repetir mentalmente Juliancito, meci茅ndose en posici贸n fetal. Las tripas se le retorcieron y sinti贸 la presi贸n sobre sus esf铆nteres. A pesar de tener los o铆dos tapados, escuch贸 claramente una voz hablando en tono de cuartel. El General铆simo requiere la presencia del ni帽o.

Juliancito se achic贸 m谩s debajo de la cama de su abuela, abrazado a sus rodillas. Fuera de su guarida comenz贸 el movimiento. La muchacha del servicio que viene a avisar a su abuela. Su abuela que se levanta y va a hablar con el militar. Su abuela que, a voces, lo llama. Su abuela que lo busca. Su abuela que lo encuentra debajo de la cama.

La abuela le habl贸 a Juliancito con la misma voz suave que usaba para arrullarlo y lo convenci贸 de salir. Camin贸 con 茅l hasta la puerta, donde esperaba el guardia, quien hizo adem谩n de tomar el ni帽o por un brazo. La abuela lo disuadi贸 con una mirada y el guardia se apart贸.

Juliancito temblaba como una hoja, a pesar de sentir la mano de su abuela en el hombro. El guardia los gui贸 hasta el carro del Jefe y se cuadr贸 en posici贸n de firmes. La puerta del carro se abri贸 con un leve chirrido de goznes. El reflejo del sol en el niquelado de los bordes los deslumbr贸.

Abuela y nieto se vieron envueltos en una bocanada de aire fr铆o proveniente del interior del veh铆culo, que 鈥 en vez de refrescarlos 鈥 tuvo el efecto de hacerlos m谩s conscientes del calor que sent铆an. Les tom贸 un instante a sus ojos adaptarse al cambio de luz.

Ah铆 estaba, en todo su poder. El Jefe. Vest铆a traje gris claro, corbata negra y sombrero blanco de ala ancha, con cinta a juego con la corbata. Su cara redonda y adusta exudaba autoridad. Las gafas oscuras ocultaban sus ojos pero no su falta de paciencia. Su mano derecha empu帽aba el mango de un bast贸n rematado por una peque帽a cabeza de caballo dorada. La izquierda jugueteaba con una leontina, tambi茅n dorada, enganchada en su chaleco.

Una fiera en control, le pareci贸 a Juliancito. Record贸 al le贸n enjaulado del zool贸gico y se estremeci贸 m谩s. El Jefe repar贸 en ellos y se movi贸 un poco hacia la puerta abierta. Al hacerlo, el cuero del asiento rechin贸 y se removi贸 un coro de fragancias. Colonia, cera, bet煤n, gomina. Todo limpio. Todo cosm茅tico.

鈥 Ven ac谩 鈥 decret贸 el Jefe. A Juliancito le choc贸 la voz del Jefe, aguda como la de una vieja y r谩pida como una ametralladora. Juliancito no movi贸 ni un pelo. La abuela le apret贸 el hombro.

El Jefe resopl贸. Juliancito se encogi贸 a煤n m谩s. 鈥 No tengas miedo 鈥 orden贸 el Jefe, con su voz de eunuco enfadado. 鈥 Soy tu amigo 鈥 dijo en carretilla. Como es l贸gico suponer, las palabras del Jefe surtieron el efecto contrario en Juliancito. El ni帽o callaba y temblaba.

De los dem谩s veh铆culos se fueron bajando algunas personas a ver qu茅 estaba pasando y si hab铆a alguna oportunidad para congraciarse m谩s con el Jefe. Cuando entendieron de qu茅 se trataba, formaron un semic铆rculo alrededor de la puerta abierta del carro.

El Jefe volvi贸 a la carga, sin delicadeza. 鈥 驴C贸mo es que t煤 dices cuando paso por aqu铆? 鈥 pregunt贸. Silencio de Juliancito. 鈥 驴No me vas a decir? 鈥 insisti贸 el Jefe. M谩s silencio.

Los acompa帽antes del Jefe vieron su oportunidad. Todos ten铆an sonrisas tensas colgadas de sus rostros, como si ninguno se atreviera a darle la espalda al Jefe ni a ninguna de las dem谩s personas del entorno. 鈥 隆Dile, muchachito! 鈥 anim贸 uno. 鈥 隆No te juegues con el Jefe, que con el Jefe no se juega! 鈥 advirti贸 el m谩s lamb贸n de todos.

Juliancito segu铆a callado. La abuela le susurr贸 al o铆do. 鈥 Juliancito, mi ni帽o, dile lo que 茅l quiere o铆r. Todo est谩 bien. No va a pasar nada 鈥. Juliancito se descongel贸, s贸lo para sentir la premura terrible de sus entra帽as a punto de estallar.

El Jefe hizo sonar su bast贸n contra el piso alfombrado del carro, impaciente. La abuela lo apremi贸. 鈥 Anda, Juliancito, sal de eso 鈥. Juliancito tom贸 aire y cerr贸 los pu帽os. La abuela sigui贸 anim谩ndolo. 鈥 Anda, mi ni帽o, anda 鈥 le dec铆a. Juliancito apret贸 los ojos, baj贸 la cabeza y abri贸 los brazos al cielo.

鈥 隆Viiiiiiiva Trrrujillo, ca-ca-carajoooo! 鈥 logr贸 exclamar el ni帽o. El s茅quito de lambones prorrumpi贸 en aplausos y exclamaciones.

El Jefe hizo una mueca que no lleg贸 a ser una sonrisa. Alcanz贸 el bolsillo de un malet铆n y sac贸 un fajo de billetes de banco. 鈥 Coge ah铆 鈥 dispar贸. 鈥 Es para ti 鈥.

Juliancito no se movi贸. Hab铆a vuelto a petrificarse. El ayudante tom贸 el dinero y lo puso en manos del ni帽o. Cerr贸 la puerta del carro y se mont贸 en el asiento delantero.

El carro arranc贸 de inmediato, con un bisbiseo que le record贸 a Juliancito la extra帽a vocecita del Jefe. Al instante, la retah铆la de carros les pas贸 por las narices al ni帽o y a su abuela, que quedaron inm贸viles en el borde de la calle.

Cuando estuvieron solos bajo el sol, fue que pudo Juliancito bajar su mirada hasta el fajo que le ard铆a en la mano. Le tom贸 un segundo notar que la efigie del Jefe lo vigilaba desde cada uno de los billetes. No aguant贸 m谩s. All铆, en medio de la calle, con la mano de su abuela en el hombro, Juliancito se rindi贸 a la urgencia de sus v铆sceras. El alivio lleg贸 en forma de miedo l铆quido corriendo por sus piernas. Su abuela lo apret贸 levemente y le dedic贸 una sonrisa triste. Juliancito no se la devolvi贸.

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