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El final del arco iris

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Cuando los bisabuelos Sim√≥n y Elisa bautizaron a su quinta hija como Mar√≠a Dolores, no sospecharon que, m√°s que un nombre, ser√≠a un vaticinio. Porque desde muy temprano en la vida de Lol√≠n ‚Äď as√≠ la apodaron sus hermanas ‚Äď el dolor ser√≠a su compa√Īero de viaje.

Una enfermedad de las de antes se ceb√≥ con las piernas de la ni√Īa, y, si bien le perdon√≥ la vida, convirti√≥ su caminar en un punzante suplicio. La dolencia le complic√≥ cada paso que daba, pero no le quit√≥ a la T√≠a Lol√≠n las ganas de vivir, pues encontr√≥ la manera de sonre√≠rle a la vida.

No he olvidado la impresi√≥n que me caus√≥ la primera vez que la vi, siendo yo un ni√Īo. Ya para entonces, T√≠a Lol√≠n iba rumbo a los setenta a√Īos de edad y precisaba un andador para movilizarse.

Nunca había visto a nadie usar un andador, por lo que recuerdo que puse los ojos como dos platos. Sin embargo, lo que más captó mi atención en aquel primer encuentro fue su sonrisa luminosa. Difícil de olvidar.

A partir de ah√≠, not√© que casi siempre que mi abuela Olga se refer√≠a a T√≠a Lol√≠n lo hac√≠a con admiraci√≥n y con un dejo de compasi√≥n. ‚Äď La pobre Lol√≠n, caramba ‚Äď dec√≠a, soltando un sonoro chuipi y meneando la cabeza, pues era imposible hablar de T√≠a Lol√≠n sin recordar el calvario f√≠sico al que viv√≠a sometida.

Sin embargo, Tía Lolín parecía no necesitar la compasión de mi abuela ni de las demás tías, pues poseía una prodigiosa capacidad de trocar dolores en sonrisas. Debía tener la firme voluntad de que fuera el sonreír, y no el dolor, lo que definiera su paso por la vida.

Y, mira lo que son las cosas. El tiempo, ese impostor que todo lo erosiona y todo lo gasta, fue llevándose a las abuelas y a las tías. Una por una, fueron apagándose. Y Tía Lolín ahí, en lo suyo. Sonriéndole al dolor.

En febrero pasado, para asombro y alegr√≠a de todos, Lol√≠n cumpli√≥ 105 a√Īos. Fuerte Lol√≠n. Sorprendente Lol√≠n. Superlol√≠n. Hasta que Dios quiera.

***

Cuando a mi abuelo Isa√≠as le lleg√≥ la hora de partir, estaba listo. M√°s que listo, estaba ansioso por emprender el viaje, como un ni√Īo anticipando un paseo a la playa.

Puedo dar testimonio de esto porque en sus √ļltimos a√Īos, cada vez que lo ve√≠a le preguntaba lo mismo, y cada vez me respond√≠a lo mismo. ‚Äď ¬ŅC√≥mo est√°s, Lelo? ‚Äď saludaba yo. √Čl se encog√≠a de hombros, sonre√≠a, y me dec√≠a sin el menor asomo de miedo, tristeza o amargura: ‚Äď Aqu√≠, mijo, esperando a ver cu√°ndo es que Papa Dios me va a mandar a buscar.

Me atrevo a decir que hab√≠a hasta un pel√≠n de impaciencia en su respuesta. Ser√≠a que ‚Äď sumada a su arraigada fe ‚Äď ten√≠a la certeza de que al otro lado le esperaba el amor de su vida, la abuela Graciosa, que se hab√≠a adelantado hac√≠a ya una buena docena de a√Īos.

Habr√° sido por eso que, cuando finalmente enferm√≥ de muerte, se quitaba las manos de los m√©dicos de encima para que lo dejaran irse. ‚Äď Que ya, que ya est√° bueno ‚Äď dec√≠a el abuelo, entre risas, a los perplejos doctores.

Y habr√° sido por eso que, en su funeral, no fui capaz de llorar. Recuerdo, en cambio, haber experimentado una profunda paz. Y hasta una extra√Īa alegr√≠a.

***

La T√≠a Juanita se cur√≥ de espanto en la joven adultez, cuando su marido fue muerto a manos de la tiran√≠a, a principios de los cuarenta. Un par de a√Īos despu√©s, en plena Segunda Guerra Mundial, el bisabuelo Alejandro prefiri√≥ evitar males mayores y tomarse el riesgo de embarcarla sola para los Estados Unidos.

Allá llegó Juanita. Y allá se reinventó Juanita. Independiente y sin hijos, se convirtió en Jeanne, dejando atrás terrores y malignidades. Se instaló en el pueblito de Hershey, en el estado de Pennsylvania, y se consiguió un trabajo en la famosa fábrica de chocolates.

Entre vapores de chocolate y caca√≠tos besito, los a√Īos fueron pasando y Jeanne se forj√≥ la vida que quiso. Sin mirar atr√°s, eso s√≠, no fuera a convertirse en estatua de sal.

De esos a√Īos, que se fueron apilando en d√©cadas, tuvimos pocas referencias de la t√≠a. De vez en cuando, para Navidad o alguna fecha especial, llegaban postales de paisajes nevados que pon√≠an a volar la imaginaci√≥n. Todas ten√≠an un mensaje m√°s o menos igual, unas pocas frases cari√Īosas firmadas siempre con un ‚ÄúLove, Jeanne‚ÄĚ.

Con las fotos de las postales y los escasos detalles que pod√≠amos hilvanar de las conversaciones de nuestras abuelas, los sobrinos de la nueva generaci√≥n constru√≠amos como pod√≠amos la imagen de esa t√≠a m√≠tica ‚Äď la T√≠a Y√≠n, le dec√≠amos ‚Äď mitad hero√≠na chocolatera, mitad aventurera emancipada.

Los a√Īos siguieron pasando y se acumularon en m√°s d√©cadas. Y ya cuando todas sus hermanas ‚Äď nuestras abuelas ‚Äď hubieron partido, y la nueva generaci√≥n de sobrinos no lo √©ramos tanto, decidi√≥ Y√≠n reconectar con su olvidado Caribe y empez√≥ a pasar temporadas en el pa√≠s.

As√≠ recuperamos a Y√≠n, quien ‚Äď a pesar de rozar entonces los noventa a√Īos ‚Äď distaba de ser una matrona de bast√≥n y medio luto. Por el contrario, Y√≠n result√≥ ser una do√Īita coqueta, te√Īida de rubio y rebosante de energ√≠a y ganas de disfrutar, perfectamente integrada con el clan conformado por sus sobrinos nietos y bisnietos.

Y cuando digo perfectamente integrada, no exagero. Especialmente si había playa de por medio. La primera que se apuntaba a las jiras a Guayacanes era Yín, que parecía siempre tener a mano su sombrero, su maquillaje, sus gafas oscuras y su bikini. Se sentaba al sol, en una haragana, por horas, cerveza en mano, a dejarse acariciar por la brisa del mar y a broncearse, supongo que para darle envidia a sus amistades cuando regresara a Pennsylvania.

¬ŅComportamiento dizque apropiado para la edad? Y√≠n no entend√≠a eso. En ocasiones, incluso, con la naturalidad de los esp√≠ritus libres y ya con noventa y pico de a√Īos a cuestas, Y√≠n se soltaba la parte de arriba del bikini y se quedaba topless al sol. Insisto, no exagero.

Los primos presum√≠amos que alg√ļn amigo tendr√≠a Y√≠n al que le ense√Īaba m√°s de su bronceado que a los dem√°s. Cu√°ndo as√≠ se lo insinu√°bamos, para ver si soltaba prenda, Yin callaba. P√≠cara y discreta, se limitaba a sonre√≠r.

Los a√Īos siguieron amonton√°ndose y otra d√©cada se cerr√≥. Para Y√≠n, la d√©cada del centenario. Los viajes en avi√≥n se le hicieron complicados, y Y√≠n dej√≥ de pasar temporadas entre nosotros. Ahora vive en una casa de retiro en New York, con 104 a√Īos cumplidos este verano.

Demasiado vieja para viajar, tal vez. Pero ‚Äď a juzgar por las fotos sonrientes que nos llegan de vez en cuando ‚Äď jam√°s demasiado vieja para divertirse. O para amar. Al final de su largo arco iris, Y√≠n encontr√≥ un amor nuevo. Tom, un caballero bostoniano ochent√≥n, la visita cada semana en su home, aunque para ello tenga que sentarse por tres horas y media en un tren de Boston a New York.

Si era Tom el misterioso beneficiario del bronceado √≠ntimo de Y√≠n, nunca lo sabremos. A m√≠ me encanta imaginar que s√≠. Como me encanta imagin√°rmelos acaramelados y felices, disfrutando mutuamente de su compa√Ī√≠a, as√≠ sea conversando o jugando cartas. ¬ŅPor qu√©? Porque s√≠. Y porque mejor final que ese no puede haber.

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