Inicio Tiempo Fuera El extraño caso de los sombrillazos inolvidables

El extraño caso de los sombrillazos inolvidables

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Todos los años, para esta fecha, me sucede lo mismo. Llega el día de San Andrés y, sin que pueda evitarlo, tengo que pensar en la diversa naturaleza, y el diverso efecto, de los golpes que pueden darse y recibirse. Así, el golpe propinado con objetos contundentes – el puño cerrado, o un bate – puede provocar un fuerte dolor físico.

Otros golpes, en cambio, van dirigidos al ego de quien los recibe, más que a lesionar su anatomía. Casi siempre, son asestados desde la autoridad moral de quien los propina y – según el caso – reprenden, humillan o denigran al receptor. Más que golpes, son mensajes, y, como tales, cumplen mejor su propósito cuando son dados y recibidos en público.

Un sombrerazo de manos de una persona mayor es un ejemplo de ello. Duele poco, pero como manifestación de autoridad en las circunstancias correctas puede tener un efecto devastador. Como caso extremo, hay quien llega a decir que un boche oportuno y bien dado duele más que un coscorrón o que un puñetazo.

Apelo a la paciencia del lector para permitirme explicar la relación que tiene este breve introito con el día de San Andrés y la forma como se celebraba hace un par de décadas. Oportunamente, llegaremos a ello.

Por lo pronto, déjenme recordar en qué consistía un día de San Andrés por allá por los años ‘70’s. Para empezar, el día se consideraba lo bastante importante como para justificar un asueto escolar. Era un extraño día de carnaval en pleno otoño tropical.

Jugar San Andrés – así se les llamaba a las peculiares actividades que se desarrollaban en calles y hogares – podía consistir en algo muy variado. Todas las formas de jugar, sin embargo, tenían en común que siempre implicaban embarrar a alguien de algo.

En el interior de las casas, las madres, las hijas y los hijos pequeños se lanzaban, unos a otros, polvo de talco en caras y cuellos. Ciertamente, una forma graciosa, refinada y perfumada de romper la rutina.

Las cosas eran bastante diferentes en las calles. En las mañanas, los muchachos más jóvenes las tomábamos para armar pequeñas guerras en las que se hacía lo mismo que se hacía dentro de las casas, pero con más violencia. En vez de talco, usábamos almidón en polvo y vejigas llenas de agua. Y en vez de reírnos civilizadamente después de cada intercambio exitoso de polvo o de agua, era inevitable que se llegara a un juego de manos que se hacía más pesado conforme avanzaba el día.

Para la tarde de San Andrés, ya se habrían integrado a las escaramuzas callejeras los muchachos de más edad, y las pequeñas transgresiones de la mañana se habrían transformado en enfrentamientos grupales donde casi todo estaba permitido. Se trataba de una carrera armamentista a pequeña escala, en la que el almidón daba paso a la ceniza y a otras sustancias, y en la que las vejigas se llenaban de otros líquidos. En algún momento, inclusive, empezaron a usarse huevos podridos y bagazos de naranja como proyectiles.

Claro que semejante pandemonio proveía ocasión para infinidad de eventos divertidos, aunque también daba espacio para la violencia insensata y para los pleitos serios. Más de una vez se le fue la mano a alguien con consecuencias lamentables. Lo más extraño de todo, sin embargo, es que con la llegada de la noche se apaciguaban los ánimos y al día siguiente todo el mundo retomaba su vida y sus asuntos como si tal cosa.

Uno de mis episodios favoritos de San Andrés ocurrió en plena Calle Del Sol, casi frente a mi casa de entonces. Eran los primeros años de los ‘70’s, y mis hermanos y yo no teníamos edad para jugar San Andrés en la calle. Para nosotros, el ritual del día sólo llegaba hasta ser untados, por mi madre y por sorpresa, de talco y Agua de Florida. Si acaso, podíamos contemplar las batallas campales vespertinas desde la seguridad de la galería.

En esa ocasión, mi padre recibió su broma de San Andrés bien temprano en la mañana, de manos de su amigo Bienvenido, el farmacéutico de la Miscelánea. Como buen boticario de los de antes, Bienvenido elaboró una mezcla volátil de amoníaco y colorante y derramó una enorme mancha roja en la camisa de mi padre. Como era de esperar, la sustancia se evaporó rápidamente y la mancha desapareció por completo, pero la broma cumplió su ciclo de sobresalto, desconcierto y carcajada.

Qué buena idea, pensó mi padre. El truco ideal para ese día, especialmente con mi madre. Considerando que en San Andrés el trabajo era lento, y que su consultorio médico estaba a menos de media cuadra de distancia, decidió repetir el relajo con el resto de la familia.

Ni corto ni perezoso, mi padre fue de un brinco a su oficina a buscar la jeringa más grande que pudo conseguir para llenarla de la tinta mágica. Mientras rellenaba su improvisado fusil, ya saboreaba el escándalo que formaría, correteando a sus tres hijos y a su mujer por toda la casa.

Regresaba a su casa por la calle Del Sol, con la jeringuilla en ristra, agarrándola frente a él con su mano derecha. Espigado y delgado, pues aún no había sumado las libras de la madurez, y con el uniforme masculino de la época – pantalón oscuro, camisa blanca de mangas cortas, corbata estrecha y oscura de rayas diagonales, lentes de montura gruesa y pelo corto – mi padre era la imagen misma de la seriedad y el profesionalismo. Sólo la jeringa y la media sonrisa de anticipación podían delatar sus verdaderas intenciones.

Era media mañana y todavía no se calentaba la calle, por lo que había algunos transeúntes que hacían más lento el corto trayecto desde la esquina de la calle Cuba hasta la casa. En especial, un par de señoras encopetadas, que iban paseando lentamente en animada conversación. Una de ellas era gruesa y vestía un entallado traje de lino blanco almidonado, que producía un frufrú que acompañaba su cháchara. Con una mano agarraba su cartera al hombro, con la otra llevaba un paraguas. Su interlocutora era otra dama vestida de medio luto.

Mi padre, siempre con la jeringa en la mano, quiso sortear el lento andar de las señoras, apresurado por llegar a su casa a comenzar su espectáculo. Pero el espacio no le alcanzaba. Quiso la casualidad que uno de los muchachos que madrugaba jugando San Andrés, pasara corriendo por el lado de la acera, calle abajo, y dejó caer, quién sabe si por accidente, una vejiga llena de agua al lado de la señora de blanco.

La pequeña explosión de agua salpicó su impecable atuendo con dos gotas. No más de ahí. Pero eso fue suficiente. Con la lentitud que ponía a prueba la paciencia peatonal de mi padre, la señora se viró sin tiempo suficiente para ver al verdadero autor de su indeseado humedecimiento. En cambio, a quien encontró fue a mi papá, blandiendo su jeringa con una culpable sonrisa de picardía adelantada.

– ¡No le da vergüenza, un hombre tan viejo con juegos de muchacho! – tronó la señora sin hacer preguntas. Mi padre negaba con la cabeza y con la misma mano que enarbolaba la jeringuilla. Mientras más lo negaba más comprendía lo difícil que sería salir con dignidad de la situación. Y mientras más lo negaba más se incomodaba la señora.

La señora descargó todo el peso de su investidura, que para algo le servía, sobre mi indefenso progenitor. Demostró ser muy diestra en el olvidado arte de insultar a una persona sin perder la compostura y sin palabras destempladas. Le dijo incluso el peor epíteto que se le podía decir entonces a un adulto: ¡falta-de-respeto!

Como colofón a su pela de lengua, la iracunda señora haló su paraguas y le fue encima a mi padre, que se defendió con el brazo de los golpes que le propinaba la señora con más sentido de autoridad que fuerza. Finalmente, la señora se sintió satisfecha y dio por terminada su demostración de decoro a la antigua en la vía pública con un: ¡Vámonos, Genoveva!

Mi padre quedó parado en la acera con la boca abierta como para decir algo. Pero prefirió callar. Prefirió encajar con elegancia el rapapolvo público, que si bien no le tocaba, no tuvo forma de esquivar. Las pruebas circunstanciales lo traicionaron, diría Perry Mason. Se recompuso y siguió su camino hasta su casa, a jugar una broma de San Andrés de la que sí sería responsable y en la que no habría sombrillazos, sin sospechar que – más que el truco de la tinta mágica – sería el incidente de la acera lo que sería memorable para su hijo menor.

Siempre para esta fecha me sucede lo mismo. En el día de San Andrés tengo que pensar en cómo los golpes tienen diversa naturaleza, diversas maneras de darse y recibirse y hasta diverso significado. Será que pienso en aquellos sombrillazos que burlaron al olvido. Cómo lo hicieron, es un misterio. Seguramente, que no fue por contundentes. Tal vez por inmerecidos. No lo sé. Creo que nunca lo sabré.

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