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El domingo que llovió metralla

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Regino y Rogelio bajaron de Constanza en yipe. No había otra manera. Para variar – y para el alivio de Regino – Rogelio no se mareó con los brincos que dieron bajando la loma por la carretera de tierra, aunque se adormiló con el tam-tam de las juntas de la autopista.

Llegaron a Santiago a media mañana, luego de casi tres horas de travesía, y fueron directo al Hotel Matum. Regino quería registrarse, dejar el equipaje y las remúas allí y permitir que Rogelio recuperara fuerzas antes de la fiesta familiar navideña que tendría lugar en la tarde.

Le chocaba a Regino que hubieran escogido aquel descampado para construir el hotel. Estaba lejos de todo, en medio de la nada. Lo único que se veía de Santiago desde el hotel eran el Monumento y su canquiña.

La mañana estaba fría, aunque no para Regino y Rogelio, impuestos al frío de Constanza. El cielo estaba limpio de nubes, y un sol luminoso bañaba la pradera que se extendía frente al hotel y que llegaba a las faldas del cerro del Monumento.

Desde que entraron al estacionamiento, Regino notó una agitación inusual para un domingo en la mañana. Había cientos de personas ocupando el lobby, los pasillos y todo el resto del primer piso. – ¿Qué pasa, Papi? – preguntó Rogelio con los ojos bien abiertos. A sus ocho años – y a pesar de vivir en Constanza, aislado de la convulsión que dominaba a las principales ciudades del país – Rogelio había aprendido a interpretar la tensión en la calle y en los ambientes públicos.

– No sé, Rogelio. Vamos a preguntar – respondió Regino. El empleado del mostrador le informó mientras lo atendía. En el hotel estaban el ex – presidente Caamaño, un grupo de ex – funcionarios de su gobierno y los comandantes más renombrados del bando constitucionalista. Habían viajado a Santiago esa madrugada para asistir a una serie de actos en memoria del Coronel Fernández Domínguez, y desayunarían en el Matum, rodeados de centenares de sus seguidores de la región.

Regino silbó por lo bajo. No era poca cosa lo que pasaba. Con razón se sentía electricidad en el aire. Por un momento, dudó si abandonar aquel lugar. Eran tiempos difíciles, y la idea de estar tan cerca de los protagonistas del momento – especialmente por estar acompañado de Rogelio – no le hacía demasiada gracia. Sin embargo, pudo más la excitación que reinaba en el ambiente y Regino decidió que se quedarían.

De camino a su habitación, se cruzaron con un grupo de hombres uniformados. – ¡Mira, Rogelio! – indicó Regino – ¡Ahí está el Comandante Caamaño! – dijo. Regino nunca lo había visto en persona, sólo en las fotografías en blanco y negro de los periódicos. Le pareció imponente. De su figura emanaba un hálito de autoridad que no parecía provenir del uniforme.

Se acercó al grupo para que Rogelio pudiera saludarlo y guardar ese recuerdo. Justo cuando el Coronel Caamaño le ponía la mano en la cabeza al niño, se escuchó una fuerte detonación.

Todos callaron. Todos miraron al cielo. Todos comprendieron.

Del cielo llovía metralla.

***

Lo primero que hizo Regino fue abrazar a Rogelio para protegerlo y para calmarlo. Regino sentía el cuerpo del niño estremecerse con cada explosión. Las ametralladoras – que debían ser de calibres diversos, pues no todas sonaban igual – comenzaron un tableteo incesante.

Por un momento, el gentío que copaba el hotel dio rienda suelta al pánico. De inmediato, como por reflejo, Caamaño y sus comandantes asumieron la situación. Empezaron a impartir órdenes y a prepararse para resistir. Lo primero que hicieron fue alejar a los civiles – especialmente a las decenas de niños – de las áreas de peligro. Se notaba, pensó Regino, que tenían experiencia de combate.

Regino sostenía a Rogelio, que estaba aferrado a él como una lapa. Sin saber muy bien qué hacer, caminó agachado – sin soltar a Rogelio – en medio del caos a medio organizar que reinaba y fue a refugiarse en la boîte del hotel. Allí se agazaparon, Regino y Rogelio, buscando protección entre los muebles del local.

El estruendo se intensificaba a ratos que parecían interminables. Rogelio se tapaba los oídos y temblaba, pegado a Regino. El improvisado refugio se fue llenando de las personas que poco rato antes departían alegremente en los pasillos, y con ellas llegaron noticias de lo que sucedía en los alrededores del hotel.

No eran buenas noticias. El hotel estaba siendo atacado con armas pesadas desde – al menos – dos puntos diferentes. Además, había francotiradores apostados en el Monumento y, para colmo, una gran cantidad de tropas – incluyendo carros de asalto y hasta tanques de guerra – avanzaban hacia el hotel. En pocas palabras, estaban sitiados.

La intención del ataque era evidente. Aniquilar a Caamaño y a sus colaboradores más cercanos, sin importar que ya se había establecido un gobierno provisional supuestamente neutral, y sin importar que el hotel estaba repleto de civiles desarmados. Regino no podía creer que aquello estuviera sucediendo. ¿Cómo era posible que se atrevieran a tanto los militares del ejército regular? ¿No se suponía que la guerra había terminado?

Regino se recriminó en silencio, por no haber escuchado la vocecita interior que le había advertido del peligro. A la boîte seguía llegando gente. En la semioscuridad, Regino contó no menos de veinte muchachitos.

Hubo una pausa en el tiroteo, que Regino aprovechó para calmar a Rogelio. El pobre, tenía los ojos desorbitados, a punto de llorar. – Me quiero ir, Papi. Vámonos para donde Abuela – fue lo primero que dijo el pequeño. – Tranquilo, Rogelio. Nos iremos en un rato – respondió Regino suavemente, deseando que fuera cierto.

– Me quiero ir ahora – casi lloró el niño. – ¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué disparan? – gimió Rogelio. Regino suspiró. ¿Cómo explicarle la situación a un niño de ocho años? ¿Cómo decirle que en vez de ir a la fiesta navideña en casa de su abuela, les había tocado quedarse atrapados en medio de un ataque ordenado por unos sanguinarios a quienes no les importaba matar gente inocente con tal de conseguir sus fines?

Prefirió distraerlo. Era difícil, pues los lamentos y las imprecaciones de las personas que compartían el refugio no cesaban. A eso se sumaba el sonido ensordecedor de los vuelos rasantes de un avión y de varios helicópteros de la Fuerza Aérea. – Cuéntame, Rogelio. ¿Qué le vas a decir a tu abuela cuando la veas? – preguntó Regino sin mucha convicción. Rogelio callaba. – ¿Qué le pediste al Niño Jesús que te dejara esta Nochebuena? – siguió Regino con una falsa sonrisa. Silencio de Rogelio.

A fuerza de preguntas cariñosas, Regino fue tranquilizando a su hijo. Incluso, logró que sonriera un par de veces. Al poco rato, volvieron a comenzar los tiros. Rogelio volvió a estrecharse contra Regino. Con menos miedo, esta vez, a pesar de que el fuego era más graneado y más atronador. El cerco se cerraba, pensó Regino.

En medio del combate, llegaban noticias. Los constitucionalistas repelían los ataques. Las bajas en el bando atacante se contaban por decenas. Una explosión más fuerte que las anteriores sacudió el edificio. Ese fue un bombazo de un tanque de guerra, dijo alguien.

Regino callaba, abrazaba y esperaba. Había logrado mantener a Rogelio relativamente calmado en medio de aquel infierno, pero no sabía cuánto más podía soportar. De nuevo el silencio. El olor a pólvora se colaba por las grietas y llegaba al refugio. Más noticias.

Que mataron a Lora Fernández y a su ayudante. Que el pueblo de Santiago se levantó, en protesta por la agresión artera. Que Caamaño dice que está listo para morir con honor. Que no van a negociar. Que nos van a sacar muertos a todos de aquí.

Ave María, se dijo Regino. Cuándo terminará esto, pensó. Que termine pronto, por favor. Pero apenas comenzaba.

***

Horas van y horas vienen, y Regino y Rogelio en su rincón. Mucho conversaron los dos, en los espacios en blanco que dejaban el fuego de artillería, los disparos caza cabezas de los francotiradores y los vuelos rasantes. Antes de que se dieran cuenta, empezaron a acostumbrarse a los tiros. Y empezaron a escucharse más el uno al otro.

En la tarde, los ataques arreciaron aún más. Pero el juego ya estaba trancado, pues los constitucionalistas se habían hecho fuertes, gracias a las armas que recogieron de las bajas producidas en las filas de los atacantes.

Las horas seguían pasando y las cosas no se movían ni para adelante ni para atrás. Entre lo catastrófico y lo irremediable, Regino y Rogelio buscaron la manera de transformar la inmovilidad y la tensión en conversaciones amenas y fértiles. Increíblemente, entre tiros y noticias, encontraron el modo.

Que si la Navidad (que Caamaño y los comandantes se van a fugar en la noche para hacer guerrilla urbana en el centro de Santiago). Que si la escuela (que hay un cónsul entre los huéspedes del hotel que fueron sorprendidos por los ataques). Que si la paz (que mandaron un oficial a negociar). Que si el honor y el sacrificio (que por radio están llamando a la gente a tirarse a la calle). Que si la justicia (que ya no van a negociar más). Que si la voz del pueblo (que Montes Arache insultó al Embajador) Que si la libertad (que sí, que les van a mandar helicópteros para llevarlos para la Capital).

***

Ya era la noche cerrada del domingo cuando, finalmente, Regino y Rogelio abandonaron el Matum. Estaban ilesos, pero no eran los mismos.

Faltaban cinco noches para Nochebuena, la noche larga en la que nacen cosas buenas y nuevas. Pero a Regino y Rogelio, algo bueno y nuevo les nació aquel día terrible de sangre, muerte y destrucción: el insondable vínculo del amor urgente. El del amor en tiempo presente.

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