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Dolores del parto

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El jueves amaneci贸 nublado, como si el cielo supiera que deb铆a ponerse a tono con el aire de fatalidad que se respiraba aquella semana en Santo Domingo. Esto fue lo primero que not贸 Apolinar cuando abri贸 la puerta de su taller, temprano como siempre, aunque sab铆a que aquel d铆a, como los anteriores, habr铆a poco movimiento.

Se sent贸 en su banco de trabajo a beber caf茅 y a mirar para afuera. Desde su puerta divisaba claramente la muralla y la Puerta del Conde. Mientras sorb铆a su caf茅 y observaba la guarnici贸n apostada en la puerta, cay贸 en la cuenta de algo. Se pregunt贸 si alguien m谩s en la ciudad lo hab铆a advertido. Aquel jueves era 27 de febrero y hac铆a exactamente un a帽o que – justo en la muralla y en la puerta que observaba – se hab铆a declarado la Separaci贸n.

Y, salvo alg煤n milagro, aquel jueves era tambi茅n el d铆a se帽alado para un fusilamiento. Y no cualquier fusilamiento. Era el primero – si bien Apolinar sospechaba que no ser铆a el 煤ltimo – que el gobierno de la naciente rep煤blica ordenaba. Y eso, el cielo, plomizo y denso, parec铆a saberlo.

El crujir de las aldabas y el aroma de la cuaba en los fogones le indic贸 que la calle despertaba. Apolinar sigui贸 cavilando en silencio. Un a帽o ya, y nada est谩 claro con este asunto de la dichosa Separaci贸n.

Record贸 la agitaci贸n de aquella misma fecha del a帽o anterior. Apolinar la vivi贸 a puertas cerradas, como lo hab铆a hecho en cada uno de los muchos jaleos que le hab铆a tocado presenciar a lo largo de sus sesenta y cinco a帽os de vida, todos en aquella ciudad dejada de la mano de Dios.

Era casi medianoche cuando el humilde caser铆o cercano a la muralla despert贸 con una explosi贸n que sonaba a pistola o fusil, pero que estremeci贸 cada tabla de cada pared. Apolinar se levant贸 de su cama y entreabri贸 una ventana, justo para ver a un grupo de hombres – muchachos, m谩s bien – izando una bandera y lanzando vivas. Otro grupo de muchachos lleg贸 corriendo desde el sur, desde donde hab铆a sonado el tiro, gritando consignas y salud谩ndose con efusi贸n.

Un perro callejero husmeando en su puerta lo trajo de vuelta al presente. – La juventud, caramba – se dijo en voz alta. Tir贸 para la calle el poso del caf茅 sin pararse del banco. 驴Alguna vez tuve yo esos br铆os? – se pregunt贸 en silencio. Su mente volvi贸 al pasado, esta vez mucho m谩s lejos, al sitio de 1808, casi cuarenta a帽os atr谩s, y tuvo que responderse que s铆. Eso fue cuando el pleito con los franceses.

Apolinar hab铆a logrado escapar de la ciudad – como quiera, ya no quedaba comida, y se resist铆a a comer carne de caballo o de perro – para unirse a Ciriaco Ram铆rez en el fuerte de San Jer贸nimo. No hab铆a tirado ni un tiro, ni hab铆a peleado cuerpo a cuerpo con nadie, pero hab铆a puesto su grano de arena para sacar a los franceses de la isla.

Regres贸 del pasado remoto y, sin saber por qu茅, pens贸 en su nieto, Juan Mar铆a, que no deb铆a ser mucho m谩s joven que los muchachos que hab铆an soliviantado la ciudad aquella noche del a帽o anterior, y que, desde entonces, hab铆an espantado cualquier asomo de tranquilidad en la poblaci贸n. La asociaci贸n de ideas le llen贸 el coraz贸n de congoja. Chuipi贸 ruidosamente. – Juan Mar铆a, carajo – se lament贸, otra vez en voz alta.

Pensando en Juan Mar铆a, Apolinar pens贸 tambi茅n en sus frecuentes discusiones. El nieto, por un lado, con sus fogosos argumentos a favor de la Independencia y de todas las ideas liberales. El abuelo, por el otro, llamando a la calma y a la cordura, pues si la experiencia le hab铆a ense帽ado algo era a desconfiar de los ideales y, en especial, de los idealistas.

Cuando comenzaban a discutir, era la de nunca acabar. Nunca se pon铆an de acuerdo, pero siempre encontraban la manera de terminar amigados.

***

Como si lo hubiera tra铆do con la mente, Juan Mar铆a se present贸 en el taller de Apolinar a media ma帽ana. El joven salud贸 y se sent贸 en el banco del ayudante, aunque no hab铆a trabajo que hacer. Siendo un mozalbete, Juan Mar铆a hab铆a sido – de la mano de su abuelo – aprendiz de talabartero, y sol铆a echarle una mano a Apolinar cuando el trabajo arreciaba. Aquel d铆a no era el caso, y no lo hab铆a sido en muchos meses.

– 驴Qu茅 noticias hay? – pregunt贸 Apolinar, sabiendo que no hab铆a forma de evitar el tema. Juan Mar铆a mene贸 la cabeza. – Los van a fusilar. El General Santana no acogi贸 la petici贸n de clemencia – respondi贸, con rabia contenida. Ahora fue Apolinar el que mene贸 la cabeza y apart贸 la mirada.

Quedaron en silencio, sin saber qu茅 decir. Hasta que, un largo rato despu茅s, Juan Mar铆a no se contuvo. – Es un abuso, una bestialidad – mascull贸. Aqu铆 viene el pleito, suspir贸 Apolinar.

Juan Mar铆a volvi贸 a la carga. – Es un crimen fusilar a alguien s贸lo por no chivatear a un familiar. 隆Y mucho menos a una mujer! – sigui贸 el joven, dando rienda suelta a su indignaci贸n. Apolinar levant贸 las dos manos, tratando de aplacarlo, mientras preparaba su respuesta.

Apolinar tampoco estaba a favor de los fusilamientos – 隆c贸mo pod铆a estarlo! – pero en cuanto a la Separaci贸n y en cuanto al General Santana, la verdad era que no sab铆a qu茅 pensar. 脡l, que hab铆a visto suceder tantas cosas dentro de aquellas murallas, decenas de conspiraciones, a cual m谩s brutalmente aplastada, se sorprend铆a a s铆 mismo cambiando de opini贸n cada semana.

Unas veces, Apolinar pensaba que s铆

que era menester ser independientes

que estaba claro que del lado espa帽ol nadie quer铆a ser haitiano. Otras, no lo ten铆a tan claro. Y se preguntaba si era posible sostener la Independencia frente a la amenaza haitiana sin la protecci贸n de una potencia. Adem谩s, se dec铆a Apolinar, estaba el asunto del costo – econ贸mico y humano – de tanta batalla. Al menos cuatro hab铆a habido el a帽o anterior, y todas hab铆an sido financiadas por Santana y su gente. Y aunque el General no era santo de su devoci贸n, era lo bastante realista como para saber que el que paga, manda.

Pero hoy Apolinar sab铆a que Juan Mar铆a ten铆a raz贸n. Mandar a matar a cinco personas le parec铆a un exceso. Pod铆an ser conspiradores, s铆, pero no eran el enemigo. 驴No eran compatriotas, de la misma patria que todos dec铆an defender?

Lo de la se帽orita S谩nchez le parec铆a especialmente grave. Si Dios no met铆a su mano, enfrentar铆a al pelot贸n simplemente por no revelar el paradero de su sobrino, Francisco, el mismo joven que hab铆a dirigido la toma del baluarte del Conde el a帽o anterior.

Apolinar sinti贸 una profunda tristeza y prefiri贸 callar. Hoy no encontraba las ganas para esgrimir su argumento de siempre. En otras ocasiones, le hubiera soltado a Juan Mar铆a una retah铆la de fechas que su nieto ya deb铆a saberse de memoria: 脫yeme, Juan Mar铆a… cuando nac铆 en el ’79 era un pobre espa帽ol, despu茅s en el ’95 me convert铆 en un pobre franc茅s. En el ’08 luch茅 junto a Ciriaco Ram铆rez para volver a ser un pobre espa帽ol

en el ’22, despu茅s de un invento, me convert铆 en un pobre haitiano. 隆Y ahora soy un pobre dominicano! 驴Qu茅 carajo significa eso si sigo igualito de pobre? 隆No me embromes, Juan Mar铆a!

Usualmente, la perorata terminaba la discusi贸n, entre sonrisas y chanzas. Pero aquel d铆a ninguno de los dos ten铆a 谩nimo para eso.

Permanecieron un largo rato, envueltos en un silencio espeso, hasta que se escuch贸, a lo lejos, un redoblante. Como movidos por un resorte, se levantaron y caminaron los pocos pasos hasta la esquina, donde ya empezaban a congregarse los curiosos.

El cielo segu铆a oscurecido, pero no hab铆a llovido. El desfile ven铆a lento, levantando una tenue polvareda. 隆Qu茅 barbaridad! – pens贸 Apolinar. Hacerlos cruzar toda la ciudad, desde la Fortaleza hasta el cementerio de la Sabana del Estado, fuera de la muralla. Sinti贸 la ira crecer en su est贸mago cuando comprob贸 que la intenci贸n de Santana era enviar una advertencia a la poblaci贸n, y comprendi贸 mejor a Juan Mar铆a.

El gent铆o, unas cien personas, callaba mientras el desfile se acercaba. S贸lo se escuchaba el redoblante y el trepidar de las canas de los techos agitadas por la brisa. Un susurro de alguien que sab铆a, cont贸 que, al salir de la Fortaleza, las monjas de Santa Clara urgieron a la se帽orita S谩nchez a que diera la informaci贸n que le ped铆an y que salvara su vida. Dicen que ella ni respondi贸.

Despu茅s de unos largos minutos, el desfile de los condenados alcanz贸 la esquina. Apolinar y Juan Mar铆a aguantaron la respiraci贸n cuando vieron a Mar铆a Trinidad S谩nchez por primera vez. Era una mulata menuda y flaquita, de unos cincuenta a帽os de edad, que no aparentaba ser una amenaza para nadie, mucho menos para el Estado. Vest铆a de blanco y caminaba despacio, con la frente en alto y en completa serenidad.

Los otros condenados, cuatro muchachos en la flor de la vida, parec铆an apoyarse en el temple de aquella mujer para no desfallecer. Al verlos, Apolinar sinti贸 una opresi贸n en el pecho. Juan Mar铆a era m谩s o menos de la misma edad, y cre铆a en las mismas cosas que aquellos muchachos, y los que mandaban no hab铆an dejado dudas respecto de lo que les esperaba a los que se atrevieran a desafiarlos.

Cuando el desfile estaba pasando por debajo del arco de la puerta del Conde, la se帽orita S谩nchez se detuvo, alz贸 los brazos al cielo y exclam贸 algo que Apolinar y Juan Mar铆a no alcanzaron a o铆r. Un instante despu茅s, la triste procesi贸n sigui贸 su camino hacia el cementerio.

Abuelo y nieto quedaron paralizados en la esquina, sin ganas de unirse a la multitud.

Ah铆 quedaron los dos. Como todos los dem谩s habitantes de la ciudad, frente a un futuro incierto. Lo 煤nico seguro, pens贸 Apolinar, es que vienen tiempos muy dif铆ciles, de sangre y muerte. 驴Valdr谩 la pena?

Para esa pregunta, Apolinar no tuvo respuesta. Cuando repar贸 en Juan Mar铆a, inm贸vil mirando hacia la Puerta del Conde, con los ojos llenos de l谩grimas y los pu帽os cerrados, supo que su nieto estaba decidido. Luchar铆a, aunque le fuera la vida en ello.

Una naci贸n no nace sin dolor, pens贸 Apolinar. Bendijo a su nieto por lo bajo, y – aunque estaba seguro de que a 茅l no le quedaba vida para verlo, y aunque el sentido com煤n y la experiencia le dijeran otra cosa – encontr贸 en su interior la esperanza de que, alg煤n d铆a, los pobladores de aquel pedazo de isla ser铆an eso: una verdadera naci贸n, una verdadera rep煤blica. Alg煤n d铆a.

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