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Días de radio

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El poder de la radio es descomunal. Aún en los tiempos que corren, en los que tantos medios compiten por nuestra atención, la radio ha encontrado la manera de mantenerse vigente.

Ciertamente, lo de la radio es pura magia. Ya es bastante mágico, para empezar, que – montado en unas ondas inasibles e invisibles – el sonido se materialice en nuestra presencia.

Y la magia no se queda ahí. De hecho, lo que más mágico me parece de todo lo que envuelve a la radio – y que puede explicar el vínculo indisoluble que tenemos con ella – es lo siguiente: no importa la forma que tome el mensaje – musical, informativo, educativo o comercial – la radio sólo pone la mitad… y nuestra imaginación pone el resto.

Ahí está la clave.

La radio propone, sí. Y nuestra mente dispone.

Así, una voz aterciopelada tiene, por fuerza, que pertenecer a un galán apolíneo y fragante. El sonido de una campanilla puede significar, según el caso, una viñeta para enumerar las virtudes de un producto – como en aquel viejo comercial del Compuesto Vegetal de la Señora Müller – o bien puede ser el preludio de una siesta envuelta en risas enlatadas, como en los puntuales y archi-repetidos capítulos de La Tremenda Corte. Por no decir que un eslogan bien rimado o un jingle pegajoso pueden quedar colgados de nuestra memoria hasta el final de nuestros días.

En todos los casos, lo que se establece entre la radio y nuestros cerebros es una conexión emocional y profundamente individual. De llegarnos, a todos nos llega. Pero a cada uno le llega a su manera.

***

En pocos hogares de Santiago se vive la pelota como se vive en casa de Tío Jorge y Tía Fay. Desde la fundación de las Águilas, Tío Jorge fue miembro y directivo del equipo. Cuando Tío Jorge partió, sus hijos continuaron la tradición.

Es fácil suponer que, en temporada de pelota, mucha de la actividad de la familia giraba en torno al Estadio Cibao. Y así era. Para casi todos, al menos.

Por alguna razón, cada vez que toda la familia marchaba al estadio a ver los juegos, Tía Fay se quedaba en su casa, con sus quehaceres, y escuchaba el juego por radio.

Bueno, más que escuchar el juego por radio, Tía Fay sufría el juego por radio. Porque ya se sabe: si se es fanático, escuchar pelota por radio es una dulce tortura.

Y así, cada vez que el narrador anunciaba que algún bateador había bateado hacia los jardines, Tía Fay interrumpía su tarea y se quedaba estática – con la puntada a medio dar en el salón de costura, o con el pie detenido en el aire si caminaba del comedor a la cocina – deseando que el batazo picara – si el palo era del Águila – o que no picara, si era del equipo contrario.

Y si las bases estaban llenas, Tía Fay cruzaba los pies y los dedos de las manos, mirando el radio para que el narrador anunciara lo que más convenía a su causa: cero en trocha o batazo entre dos.

– Pero, Mami – le decían sus hijos – ¿y tú crees que la pelota va a caer diferente porque tú pares la aguja o el pie, o cruces los dedos? –. Invariablemente, Tía Fay sonreía, se encogía de hombros y respondía. – Uno nunca sabe, uno nunca sabe –.

***

Para la mayoría de la gente en Santiago, el amanecer del domingo 4 de julio de 1982 no presagiaba nada extraordinario. Para cuando el sol salió, sólo unos pocos en la ciudad – los más conectados con los círculos de poder y las máquinas de rumores de La Capital – estaban enterados de que esa madrugada el Presidente Antonio Guzmán había perdido la vida en un confuso incidente en pleno Palacio Nacional.

En mi casa, por lo pronto, estábamos de lo más quitados de bulla. Tempranito en la mañana, cada quien estaba en lo suyo. Los tres hijos adolescentes aún nos desperezábamos en nuestras camas, y los dos chiquitos tomaban sus biberones. Mi mamá se preparaba para comenzar sus afanes y mi papá escuchaba la radio en su habitación.

Poco antes de las ocho, mi papá movió el dial hacia Radio Amistad, buscando Domingo para Recordar, el maratónico programa musical que por décadas había acompañado su ocio dominical. En vez de encontrar la música de su primera juventud, encontró la voz enseriada de Enrique McDougal, el propietario de la emisora, justo cuando anunciaba que procedería a leer un comunicado de máxima importancia.

Nacido y criado durante la dictadura de Trujillo, mi papá supo de inmediato que se trataba de algo grave. Instintivamente, subió el radio a todo volumen.

La bulla repentina del radio nos atrajo a todos hacia la habitación. Ahí encontramos a mi papá sentado en la cama, mirando al suelo mientras escuchaba. Tan concentrado parecía que ninguno de nosotros se atrevió a preguntarle qué pasaba. Nos quedamos ahí, parados, oyendo el radio.

El señor McDougal leía lentamente. – En la madrugada de este domingo, el Presidente Antonio Guzmán sufrió un accidente en el Palacio Nacional y fue declarado muerto a las 4 de esta madrugada –. Mi papá dio un respingo y entruñó la boca. – Repetimos – siguió McDougal – un accidente – pausa – de bala – subrayó cada sílaba, y pausó de nuevo, como para que se entendiera más – terminó con la vida del Presidente Guzmán la madrugada de este domingo –.

Y no dijo ni una palabra más.

De bala. Esas dos palabras se quedaron flotando en el aire como un eco del terror de otros tiempos.

De bala. Mi papá bajó el volumen del radio. – ¿Cómo se tiene un accidente de bala? – preguntó al aire, serio como un machete. Levantó la mirada hacia donde estábamos los tres hijos, impávidos, frente a la cama, y sentenció: ¡Aquí no sale nadie!

Y así, de un plumazo, hasta que no se supo que se trataba de un suicidio y no quedaron dudas de que no había habido nada raro en el suceso – como si el suicidio de un presidente no lo fuera suficiente – esas dos palabras en la radio – de bala – nos trasladaron a mis hermanos y a mí a 1960. O antes.

***

Una tarde calurosa, aproveché una bola de mi papá para evitarme tener que caminar hasta la universidad bajo el sol de las dos. En el carro, el radio estaba, como siempre, fijo en una emisora local de AM.

Hacía tanto calor que ni hablábamos. Sólo escuchábamos el radio.

Al final de un comercial, se escuchó la música introductoria de los boletines de noticias. La voz grabada del locutor anunció: – ¡Y ahora, un reporte, bien cerrrca de la noticia, de nuestra unidad móvil! –.

Un par de acordes dramáticos dieron paso al reportero, que se comunicaba en vivo con la emisora desde la calle. Los teléfonos celulares estaban aún a unos buenos años de distancia, por lo que la comunicación se hacía seguramente a través de un radio-teléfono. Eso explicaba lo gangoso que se oía el reportero.

Mi papá y yo seguíamos en silencio.

– En la populosa barriada de Nibaje… – voceaba el reportero, en su mejor talante noticioso –… en este preciso instante… – pausa para respirar –…están teniendo lugar violentos enfrentamientos… – el comienzo de la noticia captó nuestra atención y ambos dirigimos nuestros ojos al aparato de radio, como si por ahí pudiéramos ver los disturbios –… entre manifestantes y representantes del orden… –otra pausa. – ¡Ey! – gritó el reportero, en un tono que tenía poco de profesional. Para ese momento, ya mi papá y yo estábamos absortos por el pequeño drama. – ¡Ey, ey, ey! – siguió, más ñato que antes. – ¡Cuida’o! ¡Cuida’o! ¡Cui…! – la transmisión en vivo se interrumpió y sólo se escuchó la estática.

Mi papá y yo dejamos de mirar el radio y nos miramos, pasmados, el uno al otro. Justo en ese momento, llegábamos a mi destino. Mi papá detuvo el carro a la derecha.

– Uno que estaba demasiado cerca de la noticia – se limitó a comentar mi papá, a modo de despedida. – Sí, señor – dije, bajándome del carro, con la mochila colgada de un hombro y el asombro del otro.

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