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Del cielo al suelo

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A todos nos ha sucedido alguna vez. Cuando menos lo esperamos, la vida nos pica un ojo y permite, por un minutico o dos, que naveguemos por nuestro mundo en perfecta armonía y nos hagamos uno con el todo.

Y también sucede que, cuando mejor nos van las cosas, la misma vida nos quita la alfombra de los pies y aterrizamos de mala manera en el lado más áspero de la cotidianidad.

¿A quién no le ha pasado? Quizá, digo yo, en estos contrastes reside lo sabroso de la vida. Cada nuevo día trae el germen de una sorpresa, y nos encumbramos cual chichigua en Cuaresma si es agradable, o bien nos hundimos como una piedra en un estanque si no lo es.

O, tan veleidosa saber ser la existencia, que con el mismo impulso, te encarama al cogollo del placer y te tumba al vacío donde yacen el dolor y el desconcierto, como si fueras una cascarita de coco a la deriva en las olas de un mar embravecido.

Cést la vie, dicen los franceses.

***

Nada de eso sabía Monchín cuando salió de su casa a hacer un mandado la tarde del Miércoles Santo de 1945. ¿Cómo iba a saberlo si apenas tenía 6 años y medio de edad? A esa edad, importan más que nada el gusto de jugar y la maravilla de descubrir, que cuando vienes a ver son la misma cosa.

No se piensa en planes, ni en causas o consecuencias. Eso se aprende después, y lo enseña, mejor que nadie, la experiencia.

El caso es que Monchín salió a eso de las dos de la tarde a cumplir el recado de su mamá, con sus pantaloncitos cortos, sus sandalias y sus canillitas al aire. Era un mandado sencillo, apropiado para la edad de Monchín: llevar donde Atala, la hermana mayor de su mamá – que vivía en la misma calle Santomé – un pozuelo con unos casquitos de guayaba recién hechos.

A Monchín le encantaba ir donde Atala, pues en la casa de su tía siempre había cosas que hacer, y además estaban sus primas Teresita y Rosette. Caminó las casi cuatro cuadras que mediaban entre los dos hogares – de la Santomé 19 a la Santomé 80 – concentrado en que no se derramara ni una gota del almíbar colorado en el que nadaban los trozos de guayaba madura.

Mirado desde la perspectiva del caos urbano de nuestro tiempo, parece una barbaridad que se enviara a un muchachito de tan pocos años a caminar solo por la calle. En el Santo Domingo de esa época – donde había poquísimos carros y una que otra guagua de dos pisos – eso era lo más normal del mundo.

Monchín estuvo un buen rato en casa de su tía, hasta que – a eso de las tres y cuarto – lo despacharon para su casa.

Bajó por la Santomé sin prisa, alargando el camino, sin demasiados deseos de regresar a su casa. Se entretuvo mirando un par de escaparates en la calle El Conde y luego siguió, remolón, caminando hacia el sur.

Hasta que en la esquina Padre Billini, algo captó su atención. En los alrededores de la Iglesia Del Carmen, a su izquierda, había un gentío.

La curiosidad y la falta de ganas de llegar a su casa hicieron el resto.

***

Tampoco sabía entonces Monchín que el Miércoles Santo es el día dedicado al Nazareno, ni que en la vieja Ciudad Colonial el Nazareno vive y manda en la Iglesia Del Carmen.

Ese día, y desde hace al menos un buen par de siglos, la pequeña iglesia se convierte en un hervidero de actividad, con misas cantadas en la mañana y por la tarde una apretada agenda que incluye concierto sacro y procesión solemne. Es un día esperado por los devotos del Nazareno, pues es la única ocasión en que la venerada y milagrosa imagen es sacada a pasear, con todo y bandas de música y honores militares, pues – vaya usted a saber por cuál obtusa tradición – la estatua ostenta el grado de coronel.

Escurriéndose entre la gente, Monchín se fue acercando a la puerta de la iglesia. Flaquito como era, no le resultó difícil llegar a los primeros bancos frente al altar, donde un grupo de beatas rezaban el rosario. Dentro del templo, sucedían varias cosas a la vez y Monchín las procesaba todas con los ojos bien abiertos.

A un lado de la iglesia, varias personas estaban arrodilladas frente a la estatua del Nazareno, conversando con el Cristo de cerámica como si fuera una persona de verdad. Además, en el espacio entre los bancos y los escalones del altar, había otro pequeño grupo de personas con instrumentos musicales, como esperando para empezar a tocar.

Ahí mismo, Monchín decidió quedarse. Si había función, no se la perdería.

Sin darse cuenta, como por reflejo, se unió a los rezos del rosario. Se los sabía casi todos, pues el Hermano Bernabé insistía en que sus alumnos de primer curso, Monchín entre ellos, rezaran al menos una tercia todos los días. Una de las doñas rezadoras, al escuchar a este muchachito responder las oraciones tan correctamente, se enterneció. La doña le sonrió a Monchín, lo atrajo hacia ella y lo sentó en su regazo.

Qué maravilla, se dijo Monchín. Ya tenía su palco para el concierto. Y en la primera fila.

***

Fue más o menos a las tres y media de la tarde que en la casa de Monchín lo echaron en falta. – Pero, bueno – se preguntó su mamá en voz alta – ¿y dónde andará Monchín? – . Puso una llamada telefónica a la casa de su hermana. – Salió hace un ratico – le dicen por el teléfono. Nadie dijo más, pero ahí mismo se sembró la inquietud en ambas casas.

La mamá de Monchín recorrió la calle Santomé para arriba y para abajo buscando a su muchacho. Nada. Preguntó a los vecinos. Nada. Muy pronto, la inquietud se trocó en alarma, y se desató una búsqueda por Navarijo, La Misericordia, Pueblo Nuevo y Las Mercedes.

Dieron las cuatro, y Monchín nada de aparecer

***

Exactamente a esa hora, comenzó el concierto sacro en la Iglesia Del Carmen. Monchín escuchaba ensimismado, con su pequeño fundillo cómodamente sentado sobre las piernas de la doña. Se comía a los concertistas con los ojos, especialmente al violinista. De vez en cuando, levantaba la vista hacia el techo abovedado de la Iglesia, donde las notas rebotaban y parecían danzar armónicamente.

Así debe ser la música en el cielo, pensó Monchín. Quizá fue allí, mientras sus familiares voceaban su nombre por las calles alrededor de la iglesia, que Monchín descubrió su alma musical.

***

Las cuatro y media, y nada. La mamá de Monchín ya estaba al borde de la desesperación. Ni siquiera Atala, que fue hasta la casa de su hermana luego de peinar la zona, logró apaciguarla. El papá de Monchín se paseaba nervioso, fumando un cigarrillo tras otro. Al crío se lo tragó la tierra. Las cinco. Las cinco y media.

***

El concierto terminó como a las seis menos cuarto. Monchín estaba feliz. ¡Qué banquete se había dado! Nunca olvidaría lo que vio y lo que escuchó. El sonido de los instrumentos, sobre todo el del violín, lo había embrujado. Incluso, llegó a soñar despierto con lo maravilloso que sería tocar el violín.

Con el final del concierto, terminó para Monchín la diversión, pues de inmediato comenzaron los aprestos para el viacrucis y la procesión. Ni tanto ni tan poco.

Ya estaba bueno. Monchín se despidió de la doña, quien lo colmó de bendiciones. Salió de la iglesia, liviano como una pluma – a pesar de que estaba lleno de música y de oraciones – y puso rumbo a su casa.

Iba tarareando alegremente la música que aun retumbaba en su cerebro. Sonreía cuando dobló la esquina de la Santomé.

Y ahí mismito, la vida le hizo a Monchín lo que sabe hacer.

Porque justo al doblar la esquina, se encontró frente a frente con su papá, quien recorría la calle por enésima vez. Al verlo tan sonriente, su papá pasó, a la velocidad de la luz, de la tribulación al enfado, sin parada en el alivio de encontrar al niño.

Y ahí mismito, recibió Monchín su primera nalgada.

Y a esa misma velocidad, sin parada para asimilar la sorpresa, cayó Monchín de la nube de melodías celestiales en la que levitaba al duro cemento de la acera, a brincar al ritmo del pique de su papá. Cuadra y media de nalgadas e invectivas hasta la puerta de su casa.

***

Del trance, su lección aprendió Monchín. Cómo no iba a hacerlo. A partir de ese día, aprendió que todo éxtasis – por éxito, victoria o puro placer – es frágil y casi siempre dura poco, y que no hay nada que lamentar en ello. Eso sí, también a partir de ese día estuvo más atento al doblar cualquier esquina. No vaya a ser cosa.

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