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Cicatriz de amor

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Con paso cansino, como si arrastrara sus ochenta y pico de años, Doña Hortensia entra en la cocina. Hortensita levanta la vista del grupo de fundas de plástico que tiene frente a ella, sobre la repisa. – Hola, Mamá – la saluda. – Hola, mi’ja – responde la doña. – Saludos, Loreta – añade la doña, dirigiéndose a Casilda, la muchacha del servicio, que ayuda a Hortensita a organizar la compra. Casilda y Hortensita se miran, resignadas. – Bueeeenas, Doña Hortensia – responde Casilda, sin corregirla.

Hacía ya unos cuantos meses que, para Doña Hortensia, Casilda había pasado a ser Loreta, pues hacía ya esos mismos meses que las escapadas de la mente de la doña se habían hecho más frecuentes. Hortensita le explicó en su momento a Casilda que Loreta había sido una señora de Tamboril que había llegado a la casa de Doña Hortensia siendo una muchacha, cuando la familia aún vivía en Moca y que había trabajado en la casa por más de veinte años, con mudanza a la Capital incluida.

Desde que su memoria empezó a ir y a venir, a Doña Hortensia le daba más trabajo ubicarse en el tiempo, y diferenciar entre el presente y los recuerdos de su larga vida. La doña se acercó a la nevera y abrió la puerta, y se quedó parada, como pasmada, frente al frío.

Qué era lo que quería, se pregunta, desconcertada. La mente se le queda en blanco y chasquea la lengua. Hortensita viene al rescate. – Ven, Mamá. Ayúdanos a sacar la compra – le dice. Doña Hortensia suspira y se acerca a la repisa, y se une a la tarea.

Instantes después, de una de las fundas, Doña Hortensia saca un frasco de alcaparras. – ¡Alcaparras! – exclama la anciana. – Si, Mamá. Para el arroz con pollo que quiero hacer mañana – explica Hortensita, paciente.

– ¡Alcaparras! – repite Doña Hortensia. Y le pide a Casilda que le abra el frasco. Aspira el olor y siente un antojo añejo que disipa la niebla de su memoria de inmediato. Sonríe levemente. – ¿Qué te pasa, Mamá? – le pregunta Hortensita. Pero qué va. Ya Doña Hortensia estaba lejos.

***

– Don Diógenes, que dice Doña Hortensia que está antojada – dijo Loreta, nada más poner pie en el piso de cemento del colmado. Diógenes no se sorprendió de que fuera Loreta la que llegara con el mandado, pues desde que Hortensia había quedado embarazada no había vuelto a asomarse por allá.

– Son los olores, Diógenes – explicaba Hortensia. Esta barriga – su tercera en cinco años – no era como las otras. No resistía la mezcla de aromas del colmado que habían instalado en el centro de Moca dos años antes, cuando con el final de la guerra se habían terminado también las escaseces de productos en el país. Un día era el olor de la canela lo que Hortensia no resistía, otro día era el de la yerbabuena y todos los días era el del arenque salado.

Aquel día le había tocado el turno a un antojo. – Anjá, Loreta – dijo Diógenes desde detrás del tablón del mostrador. – ¿Y de qué es que está antojada la doña? – preguntó. Loreta se encogió de hombros. – Ella dice que no sabe de qué, Don Diógenes – dijo, con melindre.

– Anjá – repitió Diógenes, sonriendo. – Vamos a tener que adivinar, entonces, Loreta – dijo, mientras cogía un serón y empezaba a llenarlo de cuanto se le ocurrió: víveres, queso blanco, raspadura, mentas verdes y hasta un par de refrescos de botella. – Lo que sea para mi jefa – le dijo Diógenes a Loreta, despachándola.

Cuando, al poco rato, Diógenes llegó a la casa para almorzar, se encontró a Hortensia con un truño más largo que un lengua ‘e mime. – ¿Qué le pasa a mi reina? – preguntó solícito. Hortensia respondió con un gruñido. – Nada –.

Diógenes no le puso más asunto al tema, pensando que podía ser cualquier malestar del embarazo, almorzó y volvió al colmado hasta el final de la tarde. Hortensia quedó en la casa, alimentando su reconcomio.

En realidad, a Hortensia sí le pasaba algo, pero por uno de esos misteriosos mecanismos de los embarazos, no le daba la gana de decirlo. Lo que le pasaba era que seguía antojada. Y sabía exactamente de qué. Y nada de lo que le había mandado Diógenes en el serón repleto le servía para su antojo.

No, señor, no. Hortensia quería – de juro a Dios – que Diógenes adivinara que lo que su estómago caprichoso le pedía era un buen poco de las alcaparras que se vendían al detalle en el colmado. Se imaginaba el sonido de la rosca de la tapa del frascón de vidrio con las alcaparras encurtidas, y sin que pudiera evitarlo se le hacía la boca agua.

Mucho había hecho ella mandándole a Loreta para decirle que estaba antojada, pues lo que ella hubiera querido es que Diógenes – a la distancia de cuatro cuadras entre la casa y el colmado – olfateara el antojo en el aire y le mandara las alcaparras de inmediato. Sin preguntas. Qué cosa, se dijo Hortensia, atribulada. ¿Será que Diógenes ya no me quiere?

En la noche, ya en la cama, Hortensia le da la espalda a Diógenes, y llora en silencio. – ¿Qué te pasa, mi cielo? – pregunta Diógenes, pensando lo peor. – ¿Te sientes mal? ¿Es la barriga? – insiste. Después de mucho rogar, Hortensia, entre sollozos, finalmente le cuenta.

Diógenes suspira aliviado, sin el menor asomo de fastidio. – Caramba, Hortensia – dice, risueño – No soy adivino… pero no te apures, voy ahora mismo al colmado, lo abro y te busco tus alcaparras – dice.

– Ya no vale – dice Hortensia, con los últimos restos de llanto. – Ya se me pasó el antojo. Además, tenías que haber adivinado – le reprocha levemente.

Diógenes se echó a reír. No dice nada, pero la abraza y la acurruca. Ella lo deja hacer y se ablanda un poco. – ¿De verdad ibas a ir de noche a abrir el colmado? – pregunta Hortensia, con un dejo de coquetería. Diógenes la besa por detrás de la oreja y le susurra. – Claro, mi reina. Cualquier cosa para ti –. La galantería termina por contentar a Hortensia. – Además – siguió Diógenes con picardía – no quisiera que el muchacho me salga manchao. ¿Tú sabes lo fea que debe ser una mancha de alcaparras? –.

Ahora le tocó a Hortensia reír. – Las cosas tuyas, Diógenes – dice. Diógenes le hizo un par de cosquillas para terminar de espantar cualquier asomo de truño. Hortensia se ríe ruidosamente y se abraza a él. Así se duermen, enlazados y contentos, hasta el alba.

***

– Pero, Mamá. Me vas a acabar las alcaparras del arroz con pollo – dice Hortensita, quitándole el frasco de la mano. Doña Hortensia se ha comido ya, con un deleite infantil, una fuentecita llena de los botoncitos verdes y saladitos.

Y sin dejar de sonreír. Cómo no iba a sonreír, si las alcaparras le trajeron suficiente lucidez como para saber que estaba sanando – con casi seis décadas de retraso – una vieja cicatriz.

Volvió a chasquear la lengua. – Ay, ombe – dijo Doña Hortensia, pensando en su Diógenes, ido ya hacía más de diez años. Evocó el calorcito del abrazo en aquella lejana noche en la que se quedó sin comer alcaparras y comprobó una vez más que – aun cuando su cabeza ya estaba más para allá que para acá – Diógenes seguía siendo su derriengue. Lo había querido tanto y por tanto tiempo que lo seguía queriendo por reflejo. Involuntariamente. Igualito que un antojo.

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