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Cantar para vivir

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Como mariposas hacia la lumbre, nos acercábamos cada sábado en la tarde al salón de actos del colegio. Como si no pudiéramos evitarlo, llegábamos y nos quedábamos, de tres a cinco.

Algo extra√Īo deb√≠a haber en todo aquello. ¬ŅTres docenas de muchachos y muchachas, entre los quince y los veintitantos a√Īos, escogiendo ir al colegio en s√°bado, en vez de aprovechar el asueto para alejarse lo m√°s posible de todo lo que oliera a aula?

Parec√≠a extra√Īo, ciertamente. Y, sin embargo, para nosotros no exist√≠a mejor opci√≥n que pasar esas dos horas sentados en duras sillas de aluminio, o parados sobre gradas de madera, aprendiendo la manera de cantar a coro. Porque s√°bado en la tarde fue, por a√Īos, sin√≥nimo de ensayo del coro.

R√°pido se iban las dos horas. Unir voces con armon√≠a no siempre resulta f√°cil, pero es divertid√≠simo. Tanto as√≠, que, durante la semana, a√Īor√°bamos los ensayos y, las m√°s de las veces, lament√°bamos cuando terminaban.

Cantar encanta, sí. Sobre todo si, detrás de todo, hay un encantador que se ocupa de todos los detalles para que el hechizo sea completo. Y el hechicero que teníamos los muchachos y muchachas que desfilamos por el coro de La Salle era excepcional.

***

Alfredo, nuestro hechicero particular, era un verdadero hombre del Renacimiento. A primera vista, sin embargo, no se notaba. Podías cruzarte con Alfredo en un pasillo del colegio, o en un callejón de Cienfuegos, manejando con brega la eterna camioneta color mostaza que tenían los hermanos, y no ver más allá de su guayabera blanca.

Tal vez comenzabas a sospecharlo si lo veías exprimiendo el vetusto piano de pared del salón de actos para que sonara como nunca sonó. Y si tenías la suerte de verlo en sus aguas, dirigiendo un ensayo de los nuestros, entonces no te quedaba ninguna duda de que era eso: un hombre del Renacimiento.

Si de m√ļsica hablamos, Alfredo era pianista, compositor, arreglista y director. Formado en las exigentes escuelas de su Cuba natal, era tan bueno en cada una de esas facetas que es dif√≠cil decidir en cu√°l era mejor.

Si es la educaci√≥n el tema, era pedagogo, humanista, escritor, activista y, sobre todo, un maestro de escuela que ense√Īaba a sus pupilos a organizar el pensamiento y la reflexi√≥n. Y, para remate, era experto en lenguas muertas.

Como era de esperar, Alfredo tenía además el gusanillo de la excelencia. Un prurito que lo mantenía siempre en movimiento, haciendo lo que tocara hacer con obstinada pasión. No concebía otra forma de vivir, y nos invitaba todos a vivir así. Pathos, decía. Vive con pasión, con fuego, insistía.

Así vivía Alfredo. Y bueno para todos fue que así fuera, pues la vida le presentó unos desafíos que sólo podían enfrentarse con un intenso fuego interior. Ser expulsado de su patria en la joven adultez, poco después de ver a su hermano mayor morir asesinado por esbirros de Batista, y dejar atrás a su hermana, a quién vería en contadísimas ocasiones en las décadas siguientes, fueron algunos de los dolores que llevó consigo Alfredo.

Y sin embargo, el ardor le alcanz√≥ para sublimar su drama existencial y trocarlo en canciones de hermos√≠sima factura y en lecciones de vida para millares de j√≥venes. Cierto que, algunas veces, no lograba evitar que su fuego chamuscara un poco a los que est√°bamos alrededor. Buscar la excelencia con pasi√≥n no puede ser barato, y esas abrasiones ocasionales eran parte del precio ‚Äď m√≥dico, al fin y al cabo ‚Äď que hab√≠a que pagar.

Insisto en que es muy dif√≠cil decidir, entre todas las facetas de Alfredo, cu√°l era la mejor. No sabr√© yo cu√°l de todas era la mejor, pero s√≠ creo saber cu√°l era la m√°s alegre. Parado frente a un grupo de muchachos y muchachas, acariciando el milagro de ‚Äď por unos pocos compases ‚Äď hacerlos cantar como √°ngeles. Esa, sin dudas.

***

Entre polifonías, acordes, ampliaciones de registros y organización de conciertos, Alfredo nos legó un mundo. Cada instante, cada ocasión era un aprendizaje. Cultura musical, desde luego. También historia, geografía, etimología. Y, sobre todo, mucha solidaridad.

Porque la solidaridad tambi√©n se ense√Īa y se aprende. Por cada concierto de gala en el Centro de la Cultura, se hac√≠an varios conciertos barriales. As√≠, sin darnos cuenta, aprendimos mucho m√°s que las docenas de canciones que, desde entonces, llevamos con nosotros.

Aprendimos la alegr√≠a de dar y compartir. Aprendimos que la solidaridad es, frente a la injusticia, una obligaci√≥n moral. Aprendimos el trabajo de programar y coordinar ‚Äď dirigir es prever y organizar, repet√≠a Alfredo casi a diario ‚Äď. Y aprendimos que cantar puede ser una forma de amar. Y que amar es lo m√°s importante que hay en la vida.

***

Alfredo llegó a Cienfuegos a finales de los setenta, cuando el barrio no era más que un enorme amasijo de casuchas rodeado de campos de tabaco. Desde entonces, Alfredo vivió a horcajadas entre el barrio y el colegio.

Las carencias que presenciaba a diario en la gente del barrio le provocaban un dolor casi f√≠sico que se sumaba a su fuego habitual. De all√≠ le nac√≠a el denuedo que pon√≠a para ara√Īar lo que fuera donde fuera y llev√°rselo para Cienfuegos. Casi de la nada, a retazos, se invent√≥ el Centro de la Juventud y de la Cultura, y lo convirti√≥ en un basti√≥n de esperanza y dignidad en medio de la pobreza m√°s abyecta.

A los del colegio, mientras tanto, Alfredo nos alternaba el memorable contenido de sus clases de Educaci√≥n de la Fe ‚Äď que bien pudieron llamarse Educaci√≥n del Pensamiento ‚Äď con vivencias y casos reales del barrio m√°s pobre de Santiago.

Entre frases de Mart√≠ y m√°ximas latinas, nos hicimos conscientes de la injusta existencia de otras realidades. No hab√≠a espacio para la indiferencia. Ni para las medias tintas. El mensaje llegaba claro. ¬ŅQu√© vas a ser? ¬ŅParte del problema o parte de la soluci√≥n?

***

Dicen que s√≥lo el que canta conoce el goce de cantar. Muy cierto. No me extra√Īar√≠a que muchos de los que estuvimos en el coro recordemos aquellos a√Īos como los mejores.

Gracias, Alfredo, por hechizarnos. Por todo lo cantado y todo lo aprendido.

Hubi√©ramos querido que fueras eterno. Y tal vez, lo eres. Los que ense√Īaren a muchos la justicia brillar√°n como estrellas por toda la eternidad, dice el libro de Daniel. Hace falta s√≥lo una pizca de fe para creerlo. Porque lo que fue inconformidad con la injusticia, entre cantar y cantar, eso s√≠ nos ense√Īaste.

Bendito canto. Bendita juventud. Y bendito Alfredo. Nos veremos y volveremos a cantar, con la misericordia de Dios por delante, del otro lado.

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