Inicio Tiempo Fuera Cuando la semana era santa

Cuando la semana era santa

0
0

En el tr贸pico, los cambios de estaci贸n suelen ser sutiles, pero tienen sus maneras propias de hacerse sentir. O, al menos, las ten铆an cuando era ni帽o en Santiago. La primavera, por ejemplo, llegaba justo despu茅s del florecer de las amapolas, con brisas calientes que serv铆an para encampanar chichiguas y cajones en la explanada del Monumento.

Los lechones y los roba-la-gallinas daban paso a la Cuaresma, con su sabor peculiar a habichuelas con dulce y viernes de bacalao. En esos tiempos, el carnaval llegaba s贸lo hasta la v铆spera del Mi茅rcoles de Ceniza, sin que a nadie se le ocurriera juntarlo con las fiestas patrias. Y la Semana Santa no era otra cosa que lo que estaba supuesta a ser: una concatenaci贸n de liturgias milenarias que iban in crescendo hasta la Pascua.

Para los ni帽os, la Semana Santa era sin贸nimo de imposiciones bastante aburridas. Desde el silencio, hasta la m煤sica cl谩sica 鈥 no necesariamente sacra 鈥 pasando por la asistencia a oficios interminables y las visitas a monumentos incomprensibles. Las procesiones tampoco eran muy divertidas, a pesar de las bandas de m煤sica, los legionarios romanos con sus uniformes escarlatas olorosos a naftalina y los santos de t煤nicas multicolores con su tr茅mulo pasear en andas.

El caso es que no hab铆a mucho que hacer hasta que no quemaban a Judas, y eso nunca suced铆a antes del s谩bado a medianoche. El tiempo hab铆a que matarlo de alguna manera, aunque fuera comprobando las c谩balas de siempre. Que si todos los Viernes Santos llueve, que si al que trabaja ese d铆a los instrumentos le hablan, que si ese d铆a hasta los palos saben que mataron al Se帽or y se quedan tranquilitos.

En particular, recuerdo un episodio que sucedi贸 un Jueves Santo de mediados de los setenta. Mi familia, tan completa como era, ocupaba un banco en la iglesia del Polit茅cnico de Las Mercedes. Mis padres siempre han sido puntuales compulsivos, lo que significaba llegar al templo al menos quince minutos antes de que comenzara la misa. La iglesia del Polit茅cnico era la m谩s grande de Santiago y ese d铆a, que era de precepto, estar铆a llena a capacidad. Traducci贸n: hab铆a que llegar a煤n m谩s temprano de lo habitual.

Imagine el lector el siguiente cuadro. Padre, madre y tres hijos varones entre doce y ocho a帽os sin nada m谩s que hacer que contemplar los preparativos de la ceremonia. Creo que de esas esperas me naci贸 la man铆a, que a煤n conservo, de descubrir patrones secretos en pisos y techos, y de contar todo al derecho y al rev茅s. Cualquier cosa con tal de ocupar la mente y enga帽ar la espera.

Mientras en mi cabeza ordenaba alfab茅ticamente los nombres de las 26 provincias que hab铆a entonces en el pa铆s, not茅 que una de las monjas del Polit茅cnico se dirig铆a hacia nuestro banco. Esto no puede ser bueno, pens茅.

La monjita se acerc贸 sonriente a mi padre. Era espa帽ola de pies a cabeza, tanto as铆 que hasta su sonrisa ten铆a acento ib茅rico. Mis peores temores se confirmaron cuando, entre ceceos y jotas rascadas, la monjita le inform贸 a mi padre que estaba buscando voluntarios para el lavatorio de pies que tendr铆a lugar en la misa, como cada Jueves Santo. 驴Se anima usted a ser uno de los doce?, pregunt贸 al fin.

A pesar de mi corta edad, mi experiencia como el menor de tres hermanos varones me hab铆a entrenado acerca de la naturaleza del poder y me permiti贸 predecir exactamente lo que suceder铆a a continuaci贸n. Y no me equivoqu茅.

Mi padre, con orgullo de padrote, respondi贸 a la monjita: 鈥 Sor, mire cu谩nta juventud tengo a mi lado

a ver cu谩l de estos j贸venes es el que se anima 鈥. Actuaba como si estuviera declinando un gran honor, pero s茅 que en realidad prefer铆a quedarse tranquilo en el anonimato de su banco. Mir茅 atentamente su cara y estoy seguro de haber visto el asomo de una sonrisita burlona. Viva la autoridad, dije para mis adentros.

Lo que pas贸 despu茅s fue de tr谩mite. Mi hermano mayor declin贸 en el segundo, y el segundo declin贸 en m铆. La monjita se congratul贸 de haber conseguido un disc铆pulo tan joven y dispuesto para el lavatorio de pies y se intercambiaron las sonrisas de rigor.

El banco, en el que s贸lo instantes antes reinaba el tedio, era ahora una mezcla de emociones. Mi madre, henchida de orgullo de ver a cualquiera de sus pollitos en el altar, destac谩ndose en la multitud

mi padre y mis hermanos, aliviados en secreto de tener en quien delegar la representaci贸n de la familia

y yo, semiparalizado por el miedo esc茅nico.

No comenzaba todav铆a la misa, y ya se hab铆a convertido en una aventura. Pospuse los inocuos ejercicios mentales y empec茅 a repasar todas las formas posibles en las que pod铆a meter la pata. Tropezar al subir las escaleras del altar, ataques de cosquillas o patadas reflejas al sacerdote en el momento solemne del lavado de pies, y muchas otras formas de provocar un desastre que me har铆a, sin dudas, merecer la excomuni贸n o el fuego del infierno.

De pronto, record茅 algo que convert铆a al desastre en algo menos hipot茅tico. Ten铆a una media rota. Y peor. No me acordaba en cu谩l pie.

Por un momento pens茅 que pod铆a utilizar el hoyo en la media desconocida como pretexto para librarme de mi higi茅nico viaje al altar. Pero sab铆a muy bien que las reglas del mayorazgo no permiten bajo ning煤n concepto la delegaci贸n a la inversa. Ni siquiera en casos de fuerza mayor, como en el de un calcet铆n descosido.

Tendr铆a que ser yo el instrumento que empa帽ar铆a el orgullo de mi madre. Entre cuchicheos, le comuniqu茅 la infausta noticia. Por partes. Primero le inform茅 de la existencia de la perforaci贸n. Luego que no recordaba cu谩l de los pies portaba el corpus delicti. Y, finalmente, que, a pesar de haber engurru帽ado repetidas veces los dedos de los pies, no hab铆a podido descubrir d贸nde estaba el hoyo.

鈥 隆Car铆jole! 鈥 exclam贸 mi madre en un susurro, como s贸lo las madres saben hacerlo. Era lo m谩s cercano a una mala palabra que ella se permit铆a, y considerando que est谩bamos en la iglesia, deduje que estaba bastante inc贸moda. 鈥 Van a decir que no tienes pap谩 ni mam谩 鈥 sentenci贸. En un soplo, mi madre concluy贸 que la 煤nica forma de evitar el escarnio p煤blico y de mantener sin tacha el buen nombre de la familia era sacar el pie apropiado para el lavatorio. Y que era mi responsabilidad descubrirlo.

Tama帽a responsabilidad. Aparte de salvar mi alma y de evitar la excomuni贸n, adem谩s tendr铆a que proteger la honra de la familia. Qu茅 iron铆a. Mi propio calvario en plena Semana Santa. La iglesia, grande como un estadio y llena de bote en bote, ser铆a mi propia Jerusal茅n

su pasillo central ser铆a mi V铆a Dolorosa, y el altar mi G贸lgota. Y si sacaba el pie equivocado, sufrir铆a una crucifixi贸n moral que me llevar铆a al abismo con toda mi familia.

Tan ensimismado estaba que la misa comenz贸 y ni cuenta me di. Despu茅s de mucho cavilar, decid铆 que, para zanjar la cuesti贸n, lo m谩s apropiado era un salto de fe. Lo dejar铆a al azar. Total, si los soldados romanos se jugaron la t煤nica de Cristo a la suerte, yo pod铆a hacer lo mismo con mi alma. S茅 que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero como lo de la t煤nica lo vi en El Manto Sagrado, el pensamiento me pareci贸 adecuado para el momento.

Despu茅s de unos minutos que se hicieron eternos, lleg贸 la hora de la verdad. Camin茅 ceremoniosamente con los dem谩s disc铆pulos, como quien va al pat铆bulo. Sentados en semic铆rculo frente a toda Jerusal茅n, el polvo del desierto iba a ser lavado de nuestros pies.

Por esa vez, mi fe fue premiada y, en medio de un coro de 谩ngeles, saqu茅 el pie impecablemente vestido. Desde el altar, sent铆 el suspiro de alivio de mi madre. La intervenci贸n divina se prolong贸 durante el resto del lavatorio, que transcurri贸 sin ning煤n percance fatal

y pude retornar a mi asiento con el alma intacta y una sonrisa de oreja a oreja.

Esa noche me toc贸 doble raci贸n de habichuelas con dulce. Tambi茅n me toc贸 acompa帽ar a mi madre en un recorrido de inspecci贸n por todo el inventario de medias de la casa. Una justa penitencia por mi desliz.

Y una justa lecci贸n, pues desde ese d铆a no he vuelto a salir de mi casa con las medias rotas.

  • Intriga en el festival

    Do帽a Esteban铆a era una de esas se帽oras de medio luto, buen hablar y mal marido de las que …
  • La edad de la inocencia

    Se llamaba Rafael. Aunque delgado y de baja estatura, ten铆a la complexi贸n recia y nervuda …
  • La insoportable levedad del ver

    Como me lo contaron, lo cuento. Tal cual. Bueno, con nombres y lugares borrosos para prote…
Cargue Art铆culos M谩s Relacionados
  • N谩ufragos

    鈥淚 had power over nothing.鈥 鈥淣o ten铆a poder sobre nada鈥 Chuck Noland, interpretado por Tom…
  • Cuatro cuadras

    Nunca se supo qui茅n les puso esos apodos. Y si se supo alguna vez, eso 鈥 como a tantas otr…
  • 驴Obsesivo yo?

    Todav铆a quedaban aplausos sueltos cuando comenzamos a salir del teatro. Aquella noche de v…
Cargue M谩s Por Paulo Herrera Maluf
  • N谩ufragos

    鈥淚 had power over nothing.鈥 鈥淣o ten铆a poder sobre nada鈥 Chuck Noland, interpretado por Tom…
  • Cuatro cuadras

    Nunca se supo qui茅n les puso esos apodos. Y si se supo alguna vez, eso 鈥 como a tantas otr…
  • 驴Obsesivo yo?

    Todav铆a quedaban aplausos sueltos cuando comenzamos a salir del teatro. Aquella noche de v…
Cargue M谩s En Tiempo Fuera

Deja un comentario

Tambi茅n Leer

Intriga en el festival

Do帽a Esteban铆a era una de esas se帽oras de medio luto, buen hablar y mal marido de las que …