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Agua de mayo

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A la tercera vez que tuvo que detenerse para quitarse el lodo de los botines, Do帽a Elo铆sa decidi贸 aceptar la invitaci贸n del carretero para sentarse a su lado. Hab铆a querido marchar detr谩s de la carreta, como se hace en cualquier entierro que se respete, pero las calles estaban vueltas un cenagal.

Trep贸 al sill铆n de madera agarr谩ndose con la mano derecha del brazo que le ofrec铆a el carretero, mientras con la izquierda sosten铆a la mantilla negra que le envolv铆a la cabeza como una capucha. La lluvia continuaba como si el cielo se hubiera desfondado. Hac铆a tres d铆as que no escampaba.

A duras penas hab铆an podido subir desde Pueblo Abajo. Do帽a Elo铆sa hab铆a aprovechado un momento en que el aguacero cambi贸 sus goterones por una jarina gris, para salir de su rancho frente al Asilo Santa Ana, al comienzo de la calle de la Barranca, justo en el borde del derricadero que llegaba al r铆o Yaque. Su intenci贸n era llegar hasta el cementerio antes de que volviera a cerrarse el agua.

Ser铆a una procesi贸n solitaria. El carretero, Toribio y ella. El primero hab铆a cobrado, por adelantado, tres clavaos por llevar la caja de pino que conten铆a el cuerpo del segundo hasta el hoyo que ella hab铆a mandado excavar en el fondo del cementerio. Ella ser铆a el 煤nico deudo que acompa帽ar铆a a Toribio hasta su lugar de descanso final.

As铆 ten铆a que ser, pens贸 Do帽a Elo铆sa. Toribio, despu茅s de todo, era su hijo. Y considerando la vida que 茅ste hab铆a llevado 鈥 si es que a esa larga sucesi贸n de desmanes y tropel铆as pod铆a llamarse tal 鈥 era de esperarse que nadie, ni siquiera ninguno de sus hermanos o sus hermanas, estuviera dispuesto a levantar un dedo para sepultarlo como cristiano.

La carreta se traquete贸 con fuerza mientras el caballo luchaba contra la cuesta enjabonada de la calle de Las Rosas. El carretero gru帽贸 para animar a la bestia. Qu茅 d铆a para un entierro, se lament贸 la do帽a para s铆. Con raz贸n el centro de Santiago parec铆a un pueblo fantasma. Completamente desierto.

No bien lograron escalar hasta la calle San Sebasti谩n cuando la lluvia arreci贸 de nuevo. Esta vez ven铆a enrevesada, con viento del oeste. Sin moverse de su lugar al frente de la carreta, Do帽a Elo铆sa acomod贸 las hojas de palma que cubr铆an el ata煤d, para evitar que se empapara demasiado. El agua le ca铆a con violencia en el rostro, como si el cielo quisiera pegarle a la fuerza las l谩grimas que no hab铆an sabido brotar de sus ojos.

Al menos, no desde el d铆a anterior, cuando le llevaron a Toribio atravesado sobre un burro y se lo tiraron en la puerta de su rancho como si fuera un animal. Porque no era que no hab铆a llorado a Toribio. En realidad se hab铆a pasado media vida llor谩ndolo

llorando y temiendo que tendr铆a que hacer alguna vez lo que finalmente estaba haciendo esa tarde.

La imagen volvi贸 a tomarla por asalto. El cuerpo de su hijo doblado sobre el lomo del burro, con piernas y brazos colgando a cada lado, dando brincos al ritmo de un trote alegre y absurdo. La do帽a record贸 haber pensado que otra vez le tra铆an a Toribio borracho, y record贸 haberse levantado, no para recibirlo, sino para despacharlo para donde cualquiera de sus mujeres. Tambi茅n record贸 que el entendimiento de que no era borracho que estaba le hab铆a llegado al mismo tiempo en que reparaba en el extra帽o detalle de que Toribio tra铆a un par de calzapollos nuevos.

El aguacero tom贸 categor铆a de tempestad. El carretero los desvi贸 hacia la izquierda, hacia la alameda de laureles que estaba al final de la calle La Victoria, buscando resguardo. 鈥 El agua est谩 muy recia. Vamos a tener que esperar aqu铆 hasta que pase un poco 鈥 explic贸 el conductor. 鈥 El que pasa agua debajo de mata se moja dos veces 鈥 replic贸 Do帽a Elo铆sa, ya calada hasta los huesos. El carretero no respondi贸.

Los 谩rboles resultaron buen refugio. Mientras esperaban, la mente de Do帽a Elo铆sa volvi贸 a divagar. El pobre Toribio, caramba. 驴Pobre Toribio? Tuvo que reconocer que su hijo no era digno de l谩stima. Desde que estaba chiquito se buscaba los problemas como las vacas buscan lamer la sal. Donde quiera que hubiera aguardiente y pendencia, ah铆 estaba Toribio.

No se parec铆a a ninguno de sus otros hijos. Siete en total, y todos, salvo Toribio, le hab铆an salido bastante serios y cumplidores. Era verdad que el pap谩 no hab铆a sido el mejor ejemplo 鈥 m谩s aficionado a las galleras y a la bebida que lo que ella hubiera querido 鈥 pero Toribio hab铆a salido tan descarriado que tampoco pod铆a decirse, en justicia, que hab铆a salido al taita.

Es que desde siempre fue un problema ese muchacho. Se meti贸 en cuanta revoluci贸n hubo y cambi贸 de bando como cambiaba de camisa, con tal de estar en medio del jaleo. Que si azul, que si colorao. Que si el General Nemesio De Moya, que si el General Perico Pep铆n. Mientras le permitieran romper cabezas y vivir de bebentina en bebentina, Toribio le juraba lealtad a cualquiera.

Y cuando no hab铆a agitaci贸n pol铆tica era peor. No sal铆a de un pleito, ya fuera de apuestas o de faldas. Puro tormento. Tan grande y tan cierta era la reputaci贸n de oveja negra de Toribio, que hasta el cura de la Iglesia del Carmen se hab铆a negado a dejar entrar su cad谩ver al templo. Lo m谩s que consigui贸 Do帽a Elo铆sa 鈥 lo cual, seg煤n el presb铆tero, era una dispensa especial en atenci贸n a la trayectoria de fe de la madre 鈥 fue detener la carreta para que le tiraran unas cuantas gotas de agua bendita desde la puerta de la sacrist铆a.

La lluvia continuaba en sus buenas. La do帽a segu铆a ensimismada. Record贸 la fecha del d铆a. Hoy es 19 de mayo de 1899, calcul贸. Domingo. Diez a帽os cumplidos bajo la batuta de Lil铆s, y si alguien no mete su mano, se pasa diez m谩s en la silla como si nada. De pronto se dio cuenta de algo. Se cumpli贸 la predicci贸n de Emiliano, su hijo mayor. 鈥 No hay manera de que Toribio llegue vivo al final del siglo 鈥 hab铆a dicho Emiliano unos a帽os atr谩s. 鈥 Por bala o por machete, por pol铆tica o por mala vida, la muerte lo va a encontrar m谩s temprano que tarde. As铆 que h谩gase la idea, Mam谩 鈥 hab铆a sentenciado tajante Emiliano, consciente de que si ten铆a raz贸n, Toribio morir铆a antes de cumplir treinta a帽os.

As铆 hab铆a sido. La muerte lo encontr贸 temprano. Do帽a Elo铆sa quiso encontrarle sentido a la vida de su hijo, pero no pudo. Tampoco se lo encontr贸 a su muerte. Perdida en sus pensamientos, Do帽a Elo铆sa contemplaba el ca帽oncito de bronce colocado sobre el obelisco de mamposter铆a reci茅n levantado en la esquina San Sebasti谩n con La Victoria, cuando el carretero le toc贸 el brazo. La lluvia volv铆a a ser llovizna.

Hab铆a que aprovechar. El carretero arre贸 al caballo y lo gui贸 hacia la entrada del cementerio, cruzando por el frente de la estaci贸n del ferrocarril. La carreta dio cuatro tumbos violentos al cruzar los rieles de la v铆a, y el ata煤d brinc贸 ruidosamente, pero no se sali贸 de la carreta. Atravesaron el cementerio a paso ligero, casi con prisa.

En un santiam茅n llegaron donde estaban dos zacatecas esperando por ellos. Hab铆an tenido que sacar, con cajones de madera, el agua acumulada en el fondo arcilloso del hoyo que hab铆an cavado. Tan pronto llegaron, se acercaron a la cama de la carreta para cargar el ata煤d y meterlo en el hoyo. No hab铆a tiempo que perder, pues en cualquier momento se desataba de nuevo el diluvio.

Do帽a Elo铆sa se extra帽贸 de lo r谩pido que fue todo. Cuando vino a ver, ya estaba la caja de pino en el fondo de la fosa, y ya estaban los zacatecas tomando las palas para empezar a echarle tierra. La do帽a reaccion贸. Se baj贸 del sill铆n de la carreta de un salto y se acerc贸 al borde del hoyo. Comprendi贸 que, a pesar de todo, no estaba lista para despedirse.

Los obreros, de muy mala gana, se detuvieron en seco. Do帽a Elo铆sa los ignor贸. De pie frente a la tumba abierta de su hijo, no supo qu茅 hacer ni qu茅 decir. Un alud de sentimientos la desbord贸. Quiso decir una oraci贸n, pero por alguna raz贸n sus labios no le obedec铆an.

鈥 Usted ya cumpli贸, do帽a 鈥 dijo el carretero desde arriba de la carreta. Era su forma de apremiarla. Do帽a Elo铆sa no se movi贸 por un minuto, hasta que acept贸 que jam谩s encontrar铆a respuestas para las preguntas que le inundaban el alma.

El viento se detuvo y la luz del sol se torn贸 cobriza. El sol de los muertos, pens贸 la do帽a. Camin贸 hasta la carreta y ocup贸 su asiento, s煤bitamente envejecida.

Los zacatecas empezaron a palear. El carretero no esper贸 y sacudi贸 las riendas. No hab铆an llegado a la puerta del cementerio cuando los alcanz贸 un aguacero espeso y vertical. Do帽a Elo铆sa no mir贸 hacia atr谩s. No necesitaba hacerlo para saber que el peso del vac铆o que cargaba en sus entra帽as lo llevar铆a por el resto de sus d铆as.

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