Inicio Tiempo Fuera Vivir de amor

Vivir de amor

0
0

Cargando el peso de la despedida en el centro del pecho, Antonio logr贸 subir de un salto a la lancha de vapor. Inmediatamente, los marineros recogieron la peque帽a rampa de madera y soltaron las amarras. Uno de ellos se ayud贸 con un bichero para separar a la embarcaci贸n de la d谩rsena. La lancha empez贸 a moverse al ritmo de un chug-chug perezoso que sumaba humareda a la niebla del amanecer. Lenta pero inexorable, enfil贸 hacia la salida del min煤sculo puerto.

El peso en su pecho empez贸 a trepidar, como un galope, y Antonio se sinti贸 flaquear. 鈥 No mires atr谩s 鈥 se dijo, repiti茅ndose la admonici贸n que la noche anterior le hizo su padre, quien le hab铆a hablado desde el dolor voluntario de apartar de s铆 a otro de sus hijos.

Al viejo le sobraba en sagacidad lo que le faltaba en dinero, y sab铆a que m谩s temprano que tarde habr铆a guerra civil en Espa帽a. Hab铆a decidido embarcar a sus hijos varones, uno por uno, para evitar que fueran carne de ca帽贸n.

Antonio era el tercero de sus hermanos que, en pocos meses, abordaba la lancha de Pepe el Xiropu, un pescador que le deb铆a favores a su padre, rumbo a La Coru帽a. All铆 tomar铆a otro barco para cruzar el Atl谩ntico. El viejo sab铆a que eran viajes sin regreso, por eso no permit铆a que nadie, m谩s que 茅l, despidiera a los muchachos en el muelle.

Ni la madre ni las novias, si las hab铆a. Y en el caso de Antonio, s铆 que la hab铆a. La noche anterior hab铆a abrazado a Visitaci贸n por largo rato, mientras se repet铆an promesas de amor imposibles. Con la ilusi贸n de sus diecisiete a帽os, Visitaci贸n le hab铆a mostrado el pa帽o de tul liso con el que bordar铆a su mantilla de bodas. 鈥 Te esperar茅, Antonio Guti茅rrez 鈥 le hab铆a dicho entre besos y l谩grimas. 鈥 Volver茅, Visitaci贸n Salgueiro 鈥 le hab铆a respondido el indiano en ciernes.

La lancha se acercaba al espig贸n y Antonio no pudo m谩s. Se apresur贸 a la popa y, desdibujado por la niebla, alcanz贸 a ver la figura oscura de su padre. Alz贸 el brazo para decir adi贸s y adivin贸 la mueca del viejo. En vez de devolverle el saludo, el padre dio media vuelta y le dio la espalda. Lo 煤ltimo que Antonio vio de 茅l fue su silueta trepando la cuesta del puerto, caminando con furia, casi corriendo, dando trompicones al aire.

Antonio qued贸 en la popa, mirando hacia su pueblo, pregunt谩ndose cu谩ndo volver铆a. El cabeceo de la lancha le indic贸 que ya hab铆an salido a mar abierto, y que quedaban vestigios de la galerna del d铆a anterior.

Oscuro y fr铆o el Cant谩brico, aquel amanecer de abril de 1936. Finalmente, Antonio mir贸 hacia la p谩gina en blanco del horizonte y el viento le congel贸 la cara. 鈥 驴Ser谩 un presagio? 鈥 se atrevi贸 a cuestionar al mar, en voz alta. Por toda respuesta recibi贸 el chug-chug del vapor y el choque de las olas en el casco de la lancha. Supo entonces que si habr铆a un futuro, tendr铆a que construirlo.

***

Entre una cosa y la otra, a Antonio le tom贸 casi dos meses llegar a Am茅rica. En La Coru帽a debi贸 esperar unos d铆as antes de abordar el vapor Alfonso XIII. Result贸 que el barco recorri贸 varios puertos de la pen铆nsula para llenar sus cubiertas de un cargamento humano que, en su mayor parte, ten铆a s贸lo pasaje de ida. En cada puerto le escribi贸 a Visitaci贸n unas cartas con caligraf铆a y detalles minuciosos, hasta que 鈥 por fin, a principios de mayo 鈥 salieron de C谩diz hacia La Habana.

De Cuba pas贸 a Santo Domingo casi de inmediato, pues un paisano lo convenci贸 de que las oportunidades florec铆an en los pa铆ses que estaban a medio hacer, y en Cuba estaba todo hecho. El mismo d铆a que desembarc贸 en Santo Domingo, en medio de una can铆cula reverberante y espesa, le llegaron noticias del estallido de la guerra en Espa帽a.

M谩s por las referencias de otros emigrantes que por decisi贸n propia, Antonio termin贸 ubic谩ndose en Santiago, un pueblo mediterr谩neo con espacio para nuevos comercios. Llegar y comenzar a bregar fueron una misma cosa.

Los afanes de Antonio se intensificaron al mismo tiempo que la guerra se extendi贸 por el territorio espa帽ol. Segu铆a escribiendo cartas preciosistas a la novia lejana, pero poco a poco empez贸 a colarse la distancia.

Los meses dieron paso a los a帽os, y qued贸 claro que la tragedia de la guerra civil super贸 los peores temores del padre de Antonio. Y si la guerra fue terrible, las miserias de la posguerra se cebaron con Espa帽a, sumi茅ndola en una postraci贸n que tomar铆a d茅cadas superar.

Vino a ver un d铆a Antonio que su vida estaba hecha en Santiago, y que hab铆a dejado de a帽orar volver. Ese d铆a, esmer贸 al m谩ximo su caligraf铆a y le escribi贸 鈥 casi le dibuj贸 鈥 a Visitaci贸n una escueta nota en la que le confirmaba lo que ya deb铆a ser evidente. No vuelvo. No me esperes.

Para entonces, Antonio ya hab铆a decidido c贸mo vivir. Vislumbr贸 que lo menos que les deb铆a a su padre y a los que hab铆an quedado atr谩s era vivir a plenitud. As铆 se lo prometi贸 a s铆 mismo. Cas贸 pronto y bien. Prosper贸 sin prisa y sin pausa, sin perder nunca el respeto por lo austero ni el placer por las sensaciones m谩s sencillas de lo cotidiano.

Tuvo varios hijos y, am谩ndolos, am贸 m谩s a su padre. Am谩ndolos sin reservas, comprendi贸 la magnitud de la renuncia del viejo que lo empuj贸 a una lancha de vapor una fr铆a ma帽ana de primavera. Y supo con cu谩les gigantes luchaba su padre cuando subi贸 la cuesta del puerto tirando trompadas al aire.

Sin dramas ni rencores, Antonio cumpli贸 su promesa. Nunca habl贸 demasiado de las penurias de la emigraci贸n. En cambio, vivi贸 su vida con el prop贸sito de vivirla. Y cualquier cosa era un motivo para disfrutarla.

Si se le met铆a morri帽a por el mar, por ejemplo, llevaba a sus hijos 鈥 y m谩s tarde a sus nietos 鈥 a su playa preferida, Sos煤a, a sentir la arena en los pies descalzos. Si paseaba en autom贸vil, dejaba que la brisa entrara por la ventana y llenaba sus pulmones de aire aunque se despeinara. Y donde estuviera, no faltaba m煤sica para alegrar el ambiente. Y donde cenara, no faltaba una copa de vino para brindar por el presente.

Una vez se permiti贸 Antonio volver a su pueblo de pescadores del Cant谩brico. Espa帽a emerg铆a de su larga noche de infortunios y la ocasi贸n se hizo propicia para el regreso. Con su mujer del brazo, Antonio pase贸 sus canas por las calles y las plazas del pueblito buscando familiaridad. Pero hab铆an pasado m谩s de treinta a帽os y se sinti贸 como un extra帽o. S贸lo cuando camin贸 por el muelle sinti贸 que se resent铆a un viejo desgarramiento en su interior.

No se le ocurri贸 preguntar por Visitaci贸n. Le hab铆a perdido el rastro al final de la guerra y supuso que, si viv铆a, lo har铆a en otro lugar. En otro mundo.

Antonio regres贸 a Santiago con la certeza de que regresaba a su hogar. De que el futuro que deb铆a construir era una realidad patente. Cuando, a帽os despu茅s, lo sorprendi贸 una muerte prematura, no lo lament贸. Luch贸 lo que pudo, pero no se aferr贸 a la vida. Hab铆a cumplido su promesa. Vivir a plenitud, por 茅l y por los que se quedaron.

***

Lo primero que hizo Visitaci贸n despu茅s de despedir a Antonio fue bordar su mantilla de boda. Le qued贸 preciosa. Porque le gust贸 鈥搚 porque ten铆a mucho tiempo en sus manos 鈥 sinti贸 que lo m谩s natural del mundo era seguir bordando mantillas para novias. Qu茅 caray, se dijo Visitaci贸n, cuando su madre enarc贸 las cejas. Se trataba, seg煤n la muchacha, de un antojo inofensivo y hacendoso que hac铆a productiva la espera.

Y llevaba raz贸n, Visitaci贸n. Primero porque entre carta y carta de Antonio ten铆a mucho tiempo para matar. Y, luego, porque lo de las mantillas se le daba de perlas. Antes de darse cuenta, ten铆a suficientes mantillas como para llenar su casa.

Fuera de bordar, Visitaci贸n se la pasaba encontrando maneras de nutrir el cari帽o que sent铆a por Antonio. Si llegaba carta, le铆a y rele铆a la letra exquisita de su novio. Y si no llegaba carta, volv铆a a releer las que hab铆a recibido y a revivir los ratos que hab铆an pasado juntos.

A su alrededor la vida continu贸. En su interior, a su propia manera, tambi茅n.

La guerra y su locura de sangre y muerte arroparon el pa铆s. El pueblo se qued贸 casi sin hombres, y Visitaci贸n 鈥 sin comunicaci贸n con Antonio 鈥 s贸lo atin贸 a seguir bordando mantillas. Fueron a帽os dif铆ciles. Pero se las arregl贸 para seguir alimentando la alegr铆a de querer al novio ausente y para, con los materiales que pudiera conseguir, seguir bordando.

Al terminar la guerra 鈥 y en medio de la m谩s terrible carest铆a 鈥 Visitaci贸n decidi贸 instalar una tiendita en su casa con las mantillas que hab铆a reunido en esos a帽os. Hab铆a que seguir adelante, y las novias se seguir铆an casando, razon贸. El nombre Mantillas La Novia le pareci贸 adecuado.

El d铆a que vendi贸 su primera pieza a una muchacha de un pueblo vecino, le lleg贸 carta de Antonio. Esa la ley贸 s贸lo una vez. No dijo una palabra. Sent铆a que lo quer铆a m谩s que nunca y que 鈥 por alguna extra帽a raz贸n 鈥 eso le bastaba. Y tom贸 la decisi贸n m谩s importante de su vida. Apostar铆a por la ilusi贸n.

Con los a帽os, las mantillas de Visitaci贸n se hicieron famosas. Se corri贸 la voz de que tra铆an suerte a las novias. Por mucho tiempo, no hubo novia de la comarca que se casara sin una mantilla de Visitaci贸n. No hubo boda que se celebrara a la que Visitaci贸n no asistiera, regalando su alegr铆a de novia eterna a las novias del d铆a. Y no hubo boda en la que Visitaci贸n no renovara en silencio su promesa de amor sin retorno.

Un d铆a cualquiera, de sopet贸n, se tropez贸 con Antonio en el pueblo. Lo reconoci贸 de inmediato, y fue como si el tiempo no hubiera pasado. Llevaba de gancho una se帽ora de buen ver. Ser铆a su esposa. Visitaci贸n se qued贸 quieta y muda. Esper贸 una reacci贸n, pero Antonio pas贸 a su lado, sin reparar en ella, mucho menos reconocerla. Pudo romp茅rsele el coraz贸n, pero, de nuevo, escogi贸 quererlo. Y callar.

Como tambi茅n call贸 el d铆a que, casi veinte a帽os despu茅s de aquel encuentro fortuito, se enter贸 de la muerte de Antonio. No hizo diferencia. Sigui贸 queri茅ndolo.

***

Ca铆a la tarde cuando tocaron a su puerta. Visitaci贸n apag贸 el televisor, se levant贸 del sill贸n y fue, con sus noventa y dos a帽os a cuestas, a abrir. En el umbral hab铆a un joven. Era el vivo retrato de Antonio. A Visitaci贸n le temblaron las rodillas y se alivi贸 con el pensamiento de que era la muerte que ven铆a, al fin, a buscarla.

El joven habl贸 con una voz que Visitaci贸n recordaba a la perfecci贸n. 鈥 Buenas, Do帽a Visitaci贸n 鈥 dijo, sin ceceos. 鈥 Soy el nieto de Antonio Guti茅rrez. Estoy de visita desde Santo Domingo, y me han dicho que usted fue una… 鈥 titube贸 el muchacho 鈥 buena amiga de mi abuelo 鈥 termin贸 de decir.

Visitaci贸n sonri贸. Al parecer todav铆a quedaba en el pueblo quien se acordara de aquel noviazgo que debi贸 lucir fugaz a los ojos de todo el mundo. Sin mediar palabra, Visitaci贸n abraz贸 al joven. Se estrech贸 a 茅l y no lo solt贸. Y le bes贸 la sien y las mejillas.

El joven la dej贸 hacer, sin turbaci贸n. Visitaci贸n sinti贸 que los 煤ltimos setenta y cinco a帽os de su vida encontraban sentido en la paz de aquel abrazo. 鈥 Te esper茅, Antonio Guti茅rrez 鈥 dijo, con un hilo de voz. 鈥 Te esper茅 hasta el final y aqu铆 est谩s. Encontraste la manera de volver 鈥.

Afuera, el sol de verano alarg贸 el crep煤sculo m谩s de lo habitual. Hac铆a tiempo, el sol, para que una novia, que tanto hab铆a esperado, entregara al fin su amor.

  • La fuerza creativa de un lente femenino

    La fotograf铆a fue una de las escasas actividades que estaban permitidas a la mujer a final…
  • N谩ufragos

    鈥淚 had power over nothing.鈥 鈥淣o ten铆a poder sobre nada鈥 Chuck Noland, interpretado por Tom…
  • Mirando a Pap谩

    A mi padre lo miro dando pasitos hacia la galer铆a esperando el peri贸dico El Nacional. Yo t…
Cargue Art铆culos M谩s Relacionados
  • N谩ufragos

    鈥淚 had power over nothing.鈥 鈥淣o ten铆a poder sobre nada鈥 Chuck Noland, interpretado por Tom…
  • Cuatro cuadras

    Nunca se supo qui茅n les puso esos apodos. Y si se supo alguna vez, eso 鈥 como a tantas otr…
  • 驴Obsesivo yo?

    Todav铆a quedaban aplausos sueltos cuando comenzamos a salir del teatro. Aquella noche de v…
Cargue M谩s Por Paulo Herrera Maluf
  • N谩ufragos

    鈥淚 had power over nothing.鈥 鈥淣o ten铆a poder sobre nada鈥 Chuck Noland, interpretado por Tom…
  • Cuatro cuadras

    Nunca se supo qui茅n les puso esos apodos. Y si se supo alguna vez, eso 鈥 como a tantas otr…
  • 驴Obsesivo yo?

    Todav铆a quedaban aplausos sueltos cuando comenzamos a salir del teatro. Aquella noche de v…
Cargue M谩s En Tiempo Fuera

Deja un comentario

Tambi茅n Leer

La fuerza creativa de un lente femenino

La fotograf铆a fue una de las escasas actividades que estaban permitidas a la mujer a final…