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Verano a la brasa

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¿Y si las estaciones del año fueran personas? Si así fuera, el invierno sería un viejo barbudo y malhumorado, envuelto en una capa oscura y calado hasta los huesos

la primavera sería una quinceañera descalza y sonriente, con vestido blanco de tiritas y tiara de flores

y el otoño una señora cincuentona y buenamoza, que se las sabe todas, perfumada e impecablemente enfundada en un traje sastre.

¿Y el verano? Bueno, el verano sería un tipo bobalicón y en camisilla, brilloso del sudor y que se la pasa echándose fresco. No se le apea una sonrisa lasciva del rostro y está loco porque alguien lo invite para desgaritarse para cualquier lado.

***

Tiene lo suyo, el verano. Incluso aquí, donde se supone que dizque vivimos en un eterno verano. El clima es cálido todo el año, cierto, pero los cambios – si bien engañosamente suaves – están ahí. La luz cambia. El azul del cielo varía. Y, como sucede con cada estación por estos lares, también tiene el verano sus frutas y sus flores.

Pero el cambio que más se nota es el que, pensaría uno, menos debiera notarse. El dichoso calor. Porque no es verdad que en verano – nuestro verano – el calor es el mismo.

***

Aún en tierra caliente, donde el calor es omnipresente, hay toda una gama de calores. No es lo mismo el calorcito de las diez de la mañana de un día claro de diciembre, por ejemplo, que la brisa tibia de un crepúsculo de abril. Tampoco es lo mismo caminar por la acera un mediodía de febrero que hacerlo a la una de la tarde bajo el sol de agosto.

No es lo mismo, ni en la piel, ni en los ojos, ni en las narices. En un caso, la calidez hasta se agradece, aunque interrumpa un fresquito que es muela de gallo por estos lares. En cualquier caso, el calor ligero no molesta, más bien acompaña las tareas diarias como un colega del trabajo.

En cambio, los otros calores – los extremos de julio, agosto y septiembre – nos atenazan el cuerpo y la mente desde la planta de los pies hasta la coronilla. Son reverberaciones tan densas que casi podemos agarrarlas. Es más, quisiéramos poder agarrarlas para mandarlas lejos. Son tan invasivas que nos paralizan. Sales a la intemperie y lo sientes como la trompada de un boxeador.

Y por más que quieras seguir pensando en tus asuntos, no puedes. Porque tu mente entra en un estado en el que sólo puede producir una sola idea, una sola frase: ¡Carajo, qué calor!

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Cuando es verano, el cuerpo lo sabe. No sabemos si es por el calor – o a pesar de él – que en verano estamos más dispuestos a hacer cosas diferentes, que nos sacan de la rutina. De hecho, en este aspecto es la estación que más se diferencia de las demás. Los escolares lo saben, pues para empezar tocan las vacaciones.

Y con las vacaciones, automáticamente cambian calendarios y horarios familiares. En vez de un lleva y trae a colegios y escuelas, hacemos un deja y recoge en campamentos de verano. Ya por ahí empieza a notarse el cambio.

Pero hay otros cambios. Con la excusa de escapar del calor – como si eso fuera posible en esta media isla – nos inventamos uno que otra salida de la ciudad, ya sea al campo, a la playa o a la montaña. Desde luego, cuerpo y mente agradecen el cambio de escenario, pero en cuanto al calor, lo que hacemos en cada caso es coger diferentes tipos de calor, pero calores al fin.

Es verdad que en el campo, por ejemplo, hay mucho verde. Y, por alguna razón, nuestras mentes relacionan el verde con el fresco. La realidad, tan cruda como un golpe de calor, demuestra una y otra vez que esa relación del verdor con temperaturas más agradables no es necesariamente cierta, pues nuestros valles y llanuras, en verano, saben convertirse en amplias sartenes donde nos cocinamos a fuego lento, de día y de noche.

La playa tiene el consuelo de que siempre podemos refrescarnos con un chapuzón, pero fuera de ahí, el sol achicharra sin piedad y convierte la arena en una parrilla para nuestros pies. El aire, mientras hay brisa, es más o menos respirable. Pero si nos toca un día de sol y calma chicha en una playa de las nuestras, más nos valdrá permanecer metidos en el mar, para ver si en vez de asarnos en la arena no terminados sancochados en el agua salada.

Y la montaña, que está supuesta a ser un refugio de altura contra el calor, en verano casi nunca lo es. Las horas del día en la loma pueden ser tan calientes como lo son en el llano, y las noches – que sí son más frescas en todos los meses del año que no son julio, agosto y septiembre – tampoco es que sean tan diferentes.

***

En resumen, que el verano podrá ser muy variado y divertido, pero para el calor no hay escapatoria. Más nos vale, entonces, resignarnos. Y quedarnos lo más quietos posibles, para no alborotarlos. Seguramente que quejarnos de él sirve de algo, pues al desahogarnos dejamos salir un chin del aire caliente que tenemos dentro, pero no mucho más.

Y si nos vamos a resignar, más nos vale prepararnos para lo que viene. Porque, con el tema del calentamiento global, esto sigue, mi hermano. Imagínese usted, que los meteorólogos dijeron hace un par de días que el mes de julio de este año fue el mes más caliente del que se tiene registro. Dan ganas de resoplar, ¿verdad?

Mientras tanto, no es para tanto, dirá alguien aficionado al optimismo y a la rima. A disfrutar el verano, ombe, mientras dure. Y, en cuanto al calor – ya se ha dicho – resignación y paciencia. Que, total, en unas diez semanitas por ahí viene noviembre.

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