Opinión

Volver a la PUCMM

Volver a la PUCMM

Compartí con una amiga de aquellos años en que todas teníamos el pelo negro y los sueños al viento. Ella vive ahora en una de esas ciudades donde corre el dólar y no sirve el peso, mientras yo, año tras año, la espero con alegría en esta Ciudad Corazón. Trabajamos juntas en el área bancaria y nuestra amistad fue tan instantánea como las cámaras Kodak de antaño: un clic y ya éramos inseparables.

La conversación fluyó entre risas, anécdotas y silencios cómplices. Decidí acompañarla en algunas diligencias pendientes y, casi sin proponérnoslo, terminamos regresando a uno de los escenarios más entrañables de nuestra juventud: la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.

Allí nos recibió el mismo tanque de agua y luces, aún impecable, rodeado de un círculo de flores ingenuas que parecen resistirse al paso del tiempo. Caminar por los jardines de la PUCMM se siente como entrar a un espacio casi místico; es verde, amplio y luminoso. Confieso que amo ese rincón de mi historia. Cada vez que piso su suelo experimento una mezcla de respeto y gratitud, como si tuviera una deuda emocional imposible de saldar.

Nos estacionamos en el mismo parqueo donde, en los años setenta, se detenían las guaguas y los carros de concho de la ruta “U”, que recogían a nosotras, las estudiantes “de a pie”, en días de gloria y oropel juvenil. Desde allí ya se percibe el respeto por la naturaleza porque siempre hay un árbol dispuesto a regalar sombra.

En ese parqueo sigue en pie un higüero que, en mis años de estudiante, sentía como mío. Sentada bajo sus ramas le contaba mis sueños y observaba el ir y venir de los jóvenes cargados de libros, de aquellas reglas “T” y aspiraciones a tope.  Me conmovió comprobar que el higüero continúa allí, firme, como si aún custodiará aquellas confidencias. En honor a esos tiempos, me senté muy cerca de sus raíces para sentir sus latidos y mirarlo con merecido respeto.

Caminamos por los senderos bordeados de coralillos rojos, podados a mediana altura, tal como los recordaba. La oficina de Registro permanece en el lugar de siempre, en el tope de seis rústicos escalones que conducen a una oficina donde todavía habita una calidez que todo visitante valora.  Al entrar a aquel espacio, regresaron a mí los días en que acudía como estudiante y también aquellos en que, años más tarde, formé parte de su Junta de directores. Dos etapas distintas, un mismo sentimiento de pertenencia.

Los árboles siguen regalando sombra y los bloques de cemento donde los estudiantes se sientan continúan siendo testigos silenciosos del paso del tiempo. Este hermoso campus universitario es para mí, lealtad, memoria viva, gracia sembrada, devoción serena y altar de bendiciones.

Recorrer la PUCMM es también evocar la figura de Monseñor Agripino Núñez Collado, cuyo liderazgo visionario abrió puertas para jóvenes de todas las clases sociales. Su empeño por modernizar aulas y programas dejó una huella profunda en el país, sembrada en cada profesional formado bajo estos techos.

Al despedirnos del campus, bajo la sombra amiga del higüero, comprendí que el tiempo no pasa en vano porque se transforma en raíz, deuda luminosa y memoria. Esta universidad forma parte de mi identidad. Es territorio del alma, casa de mis sueños juveniles, espacio sereno donde la gratitud florece cada vez que regreso.

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