Opinión

Viaje en voladora

Viaje en voladora

Tomo la cartera, salgo rápido y enfilo para la ciudad, porque tengo una cita y estoy corta de tiempo. En el camino, me doy cuenta de que dejé el celular en casa, pero realmente tengo prisa, así que decido mantener mi ruta. Cuando ya iba por una callecita de esas de urbanizaciones solitarias, mi vehículo se apagó de repente.

Afanada, intento encenderlo nuevamente y no responde. Abro el bonete y chequeo la batería. A mi entender, aunque es muy poco lo que sé de mecánica, veo todo en orden. Entro al vehículo porque noto que estoy solita en ese pedazo de calle. Todavía intento con la llave varias veces y entonces atino a ver una luz amarilla que siempre asusta, indicando que se acabó la gasolina.

Ay, Dios Santo, ¡otra vez! Debo ser honesta y admitir que mantener el vehículo con gasolina suficiente ha sido un tema crítico para mí y una molestia para mi compañero de vida, pero esta vez no soluciono nada buscando culpables.

Ni modo. Observo bien la calle y no hay un alma. No tengo teléfono y estoy lejos de una estación de gasolina. Por tanto, decido caminar a paso doble hacia una avenida donde pasan las líneas de conchos, pero antes me arremango la blusa, me coloco la cartera en el hombro, en diagonal al pecho, de manera que descanse en la cintura. En el bolsillo delantero de la cartera coloco una papeleta de 100 pesos para pago expreso y, acto seguido, me recojo el pelo. Finalmente, me cambio los zapatos de tacos y me pongo unas zapatillas bajitas que uso para ir al salón cuando voy a hacerme la pedicure.

Ya dispuesta a comerme el mundo en pedacitos, espero y observo que pasan varios carros, pero no son de la ruta que me interesa para regresar a casa. Muy decidida, agito varias veces mi mano derecha en señal de pare a una “guagüita voladora” de esas que viajan y vuelan por todo Licey al Medio. Sin perder tiempo, la guagua se parquea con urgencia frente a mí en corte de pastelito, y de inmediato se tira el “pícher”, invitándome a subir muy cortésmente.

Pongo un pie en el guardalodo del vehículo y, cuando inclino la cabeza para entrar a la guagua, noto que va llena. No cabe un alma. Desconcertada, le digo al “pícher” que no hay espacio para mí, pero él sencillamente les ordena a dos jóvenes que van sentados en un sillón largo, de espaldas al chofer: –¡Rueden para allá!

Los jóvenes pasajeros obedecen y me dejan un pedacito de sillón, pero antes de poder acomodarme, ya la voladora iba a toda velocidad, así que solo me quedó sentarme de golpe y atestar a mis dos compañeros de vuelo.

Sembrada en mi pedazo del sillón, siento que estoy volando igual que la guagua, sin encontrar dónde apoyar los codos y con la cabeza inclinada hacia adelante para evitar un “cacazo” con el pasajero que queda a mi espalda, mientras voy tensa, haciendo abdominales para mantenerme en equilibrio.

Los cabellos revolotean con la brisa que entra por la ancha puerta, siempre abierta, de la guagüita y, mientras me los quito de la cara, le solicito al “pícher” que, por favor, me considere cuando alguien desocupe uno de los sillones normales. Él está de acuerdo y la guagua sigue como una bala, rebasando a “trocha y mocha”. Gracias a esos movimientos violentos, yo ganaba espacio y los dos jóvenes ya iban arrinconados a un extremo del sillón.

La situación es tan incómoda que, a mitad de camino, hablo nuevamente con el “pícher” y le digo: –Amigo, ¿pero esta guagua no hace paradas? – Y él me responde: –Doña, tranquila, que usted está cómoda, montada ahí, en el palo de la cotorra–. Con ese comentario, no me queda más que resignarme, así que trato de hacerme la idea de que voy en primera clase.

Por curiosidad, le pregunto si las guaguas traían de fábrica estos asientos traseros y él me informa: –No, es una adaptación que le hacemos para que quepan más pasajeros–. En vez de enojarme, sonreí, porque no hay ser más ingenioso que el dominicano.

Así que, con conocimiento de causa, les explico que el palo de la cotorra es un invento genial, aunque obliga al pasajero a mantener una posición que se dificulta más con los movimientos y la velocidad del pequeño autobús. Es un asiento poco confortable en la parte trasera del sillón del chofer y del pasajero que está justo a su lado. Puede ser una tabla que va de extremo a extremo de la voladora y se usa cuando todos los otros asientos regulares de la guagua ya están ocupados.

Si usted quiere conocer este práctico artefacto de la industria manufacturera con licencia dominicana, móntese en una voladora y comprobará que el palo de la cotorra es un patrimonio del pueblo dominicano. Le recomiendo la experiencia, siempre y cuando no tenga problemas cardíacos.

 

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