Entramos a una reconocida cadena internacional de pizzas en una noche especialmente concurrida. Había familias esperando turno, niños inquietos y mozos que avanzaban con paso apremiante para atender una clientela a casa llena. Nos tocaba el número ocho y ya íbamos saliendo cuando un joven muy amable nos convenció de quedarnos: existía un turno especial reservado para personas de nuestra edad, un recordatorio inevitable del paso del tiempo. Aceptamos e hicimos nuestro pedido.
Poco después, un ejecutivo de impecable camisa blanca se acercó personalmente a nuestra mesa con las pizzas en las manos.
—Buenas noches, mi señora. Soy Moisés, gerente para la región del Cibao de esta cadena, y me place traerle su pedido.
Había algo en su mirada. Un brillo insistente, una sonrisa limpia que me resultaba familiar.
—Muchas gracias —respondí, sorprendida por tanta deferencia.
Sirvió con delicadeza y, al inclinarse hacia mí, dijo con serenidad:
—Doña, cuando era niño viví en las calles y la conocí en esa etapa de mi vida. Soy Moisés, a quien llamaban “el gambao”, de la escuelita del Hoyo de Puchula y amigo de Juan Oreja.
El tiempo se detuvo.
Ante mí se superpusieron dos imágenes: el niño frágil, pequeño y delgado que recorría los semáforos, y el hombre alto y firme que ahora dirigía una región entera. De aquel muchacho permanecían intactas la sonrisa amplia, con todos los dientes al sol, y las tupidas cejas que enmarcaban una mirada despierta.
En mi memoria regresó el niño con la caja de limpiabotas colgándole a media pierna y la gorra hundida hasta las orejas. Vendía periódicos en las inmediaciones del Parque Duarte y tenía una habilidad natural para persuadir con picardía. En los semáforos anunciaba titulares trágicos que en realidad no habían ocurrido, convenciendo a más de un transeúnte. Le gustaba tocar la flauta y conocía de memoria las notas del Himno Nacional.
La pizza de pepperoni quedó en segundo plano. Apenas atiné a decirle que había crecido mucho. Él sonrió, con esa mezcla de gratitud y orgullo sereno que no necesita explicaciones.
Lo miré detenidamente. Atravesó la intemperie y no se había quedado en ella. Logró abrirse paso en un mundo que tantas veces le cerró las puertas. Su postura hablaba de disciplina; su voz, de seguridad conquistada. ¡Cuánta dignidad!
Sentí un aleteo en el pecho, una emoción honda que me obligó a contener las lágrimas. Frente a mí estaba la confirmación de que las historias no están condenadas a repetirse y de que, aun en medio del asfalto, pueden germinar raíces fuertes.
Su presencia era testimonio suficiente.
Dios trabaja en silencio, y a veces nos concede el privilegio de contemplar el fruto