Llegué a Santiago por la carretera vieja acompañada de mi papá, con un neceser gris, una maleta a tono y algunas remúas. Iba a empezar la universidad y, sin saberlo, también empezaba mi vida lejos de casa.
Eran los años setenta, cuando el país todavía caminaba despacio y los sueños cabían en una maleta. Recuerdo el olor de la carretera húmeda saliendo de San Francisco de Macorís, los gallos madrugadores y ese silencio largo que a veces se instala entre los padres y los hijos cuando saben que algo importante está por cambiar.
Papá manejaba concentrado. De vez en cuando me miraba de reojo, como si quisiera guardarse mi cara antes de dejarme en otra ciudad.
En el camino me fue entregando consejos como quien deja señales en la carretera: que me cuidara, que desconfiara de los excesos y que no dudara en llamarlo para cualquier decisión. No hablaba desde el miedo; hablaba desde el amor que quiere adelantarse a los peligros.
Mientras avanzábamos, me hablaba de los pueblos, de la gente, de historias pequeñas que parecían conversaciones sueltas, pero que hoy entiendo eran su forma de enseñarme a mirar el mundo con atención.
Cuando entramos a Santiago, la ciudad me pareció grande, seria, llena de promesas y de advertencias al mismo tiempo. Antes de dejarme, me presentó a un amigo suyo y le pidió que me cuidara como a una hija. Ese gesto me enseñó que el amor también sabe construir refugios en lugares donde uno todavía no tiene historia.
Me instaló en la casa donde viviría. Al despedirnos, lloramos sin disimulo. Me abrazó fuerte, como queriendo dejarme en ese abrazo todo lo que no cabía en palabras.
Hoy, medio siglo después, entiendo que aquel día no fue solo una mudanza. Fue el día en que mi papá empezó a soltarme… y el día en que yo empecé a aprender a sostenerme sola.
Sus advertencias eran amor con ropa de preocupación. Su firmeza era ternura tratando de parecer fuerte.
Papá hace tiempo se fue, pero sigue viviendo en cada decisión prudente, en cada gesto de cuidado, en cada instante en que elijo el respeto y la dignidad.
Y como la vida es un círculo perfecto, también a mí me tocó soltar las manos de mis hijos.
Ese viaje sigue latiendo en mi corazón y, como Dios no se queda con nada, también a mí me ha tocado soltar las amarras y ver a mis hijos volar, encomendarlos a Dios y beberme algunas lágrimas como lo hizo él.
Hoy, medio siglo después, comprendo lo que mi papá sintió aquel día.
Honro su memoria.