Cuando viajamos a ciudades extranjeras, nos dejamos seducir por lo desconocido. Caminamos sin fatiga, fotografiamos fachadas que no nos pertenecen, celebramos balcones y plazas como si en ellos descansara una revelación. Así, nos embelesan los detalles ajenos y, casi sin advertirlo, olvidamos que también tenemos una ciudad propia, íntima y vibrante, donde cada esquina guarda una historia que alguna vez fue nuestra.
Quizás por eso, sentí la urgencia de volver la mirada hacia adentro, regresar a oler nuestras calles y escuchar, muy de cerca, los latidos de nuestra Ciudad Corazón, esa que ha crecido con nosotros y que, aun transformada, resiste en la memoria como una fotografía que el tiempo no logra desteñir.
Eran más o menos las siete cuando el sol despuntaba tímidamente. Las calles del centro histórico olían a lluvias pasadas y a tierra recién despierta. Las aceras aún húmedas ya no eran aquellas de cemento rústico que nos permitían caminar sin tropiezos. Hoy, los mosaicos modernos abren pequeñas ranuras que mis pies rechazan, como si guardaran memoria. Sin embargo, andar entre este bullicio de voces, gente trabajadora y aromas sigue siendo un deleite.
Con calzado cómodo, bajo por la calle Beller, donde las casas de antaño se abrazan a través de galerías sostenidas por columnas que fueron testigos de una elegancia cotidiana. Allí, en esa estrecha vía, sobreviven marchantas que sonríen con los ojos y hombres que cargan su jornada como quien carga su destino.
Un joven de mirada limpia pregona frutos desde una carretilla de madera cansada. A su lado, un perro de lomo largo descansa con dignidad bajo la sombra de un carro, como dueño absoluto de su instante. Entonces, contagiada de esa calma, cruzo la calle mientras el sol comienza a dorar la ciudad.
Más adelante, el paisaje se vuelve hondo en el rostro de un anciano que deambula, extendiendo manos vacías a peatones apurados. Me detengo.
Pero la vida responde con equilibrio. Parejas jóvenes caminan tomadas de la mano, abuelas de paso firme llevan a sus nietos a la escuela como quien custodia un tesoro, otras avanzan hacia la primera misa de un viernes de mayo. En la esquina donde la calle Sánchez entrega su alma a la Vicente Estrella, una anciana me saluda desde su silla humilde, con un jarro de café entre las manos.
Sigo despacio, abrazada por fachadas descascaradas, balcones florecidos de ropa tendida y risas que brotan de un colmado donde el dominó golpea con la cadencia de los días repetidos. El aire huele a pan recién horneado y a café colado, ese mismo que nos espabila las mañanas.
Más adelante, ya en el territorio libre de Los Pepines, ese pedazo tan mío, me detengo ante un mural donde una mujer sostiene a un niño bajo el cielo abierto y algo en mí quisiera también quedar plasmado en algún muro de la memoria.
En una próxima cuadra escucho una canción de los noventa y comprendo que el tiempo es una espiral que nos lleva y nos trae. Así, regreso por un instante a la vida universitaria, a los primeros amores y a los sueños intactos.
Sigo caminando la ciudad con ojos atentos, como quien vuelve a casa sabiendo que ya no es la misma. Me pierdo feliz entre sus rincones, decidida a guardar, en lo más hondo, la esencia de lo que nunca se ha ido.