La Semana Santa era un período de recogimiento y sin dudas la más importante y trascendente conmemoración católica en el Santiago de principios del siglo XX. Determinada por la primera luna llena de primavera en el hemisferio norte, variaba entre el 22 de marzo y el 25 de abril. En los años finales del siglo XIX, era apenas alterada por las evoluciones en las calles de los piquetes del batallón Yaque y el sonido de la matraca, que servía para recordar el madero en que fue crucificado Jesús y los Jueves y Viernes Santo había funciones religiosas en las parroquias de La Altagracia y Mayor, a las que asistían, respectivamente, una representación del ayuntamiento y el gobernador y otras corporaciones. Los Miércoles y Viernes Santo tenían efecto procesiones, mientras que el Sábado de Gloria tenían lugar evoluciones militares en las parroquias de La Altagracia y Mayor. Hasta 1886, a los actos de los Jueves y Viernes Santo concurrían los masones “en traje de rigurosa etiqueta para hacerle guardia a Jesús Sacramentado” hasta la hora de la procesión del Santo Entierro el Viernes Santo, evento cuyos gastos sufragaron hasta 1871.
Ya en el siglo XX, el día de del inicio de la Cuaresma, Miércoles de Ceniza, amén de bendecirse y distribuirse ceniza, no se comía carne, se ayunaba y se degustaban frijoles con dulce. En el decurso de esos 40 días, todos los miércoles y viernes, en las dos parroquias de la ciudad y en la iglesia del Carmen, se pronunciaba el Sermón de Cuaresma. Durante todo el período, diariamente en la Iglesia Mayor (hoy Catedral) se hacían viacrucis y los viernes se ayunaba y quedaba proscrito el consumo de carne.
El Viernes de Dolores, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, era día de ayuno y abstinencia de carne; se pronunciaba el Sermón de Dolores y en la víspera tenía lugar en la Iglesia Mayor el “Sermón del Concilio”, tras el cual salía en procesión la imagen de Jesús Predicador..
Sendas procesiones salían el Domingo de Ramos, el cual se celebraba en las dos parroquias con la bendición de ramos de palma, reviviendo la escena de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Durante la semana tenían lugar otras más, realzadas por la presencia de diferentes cuerpos militares - que también participaban de los oficios religiosos- y a las cuales los concurrentes llevaban farolitos para iluminar sus pasos: el Lunes, Jesús en la Columna, que salía desde la Iglesia Mayor; el Martes, Jesús en la Peña, que también partía desde ese templo; el Miércoles, después del toque del Angelus, salía Jesús Nazareno, desde la iglesia del Carmen, en la que iban representados centuriones y judíos. El Miércoles, en las dos parroquias, en las mañanas, se rasgaba el velo blanco que cubría a Jesús Nazareno, solemne momento dignificado con descargas de fusilería.
Jueves y viernes eran feriados: desde el Jueves Santo a las diez de la mañana hasta el Sábado de Gloria no se permitía el tránsito de vehículos. El jueves se levantaban monumentos en la Iglesia Mayor y la iglesia de la Altagracia, a los que se iba en procesión. Se celebraba “el Santo Sacrificio en conmemoración de la Cena Mística” con una misa solemne y comunión general, tras la cual, el Santísimo se llevaba procesionalmente a una urna de honor donde se reservaba por 24 horas, a los acordes de “el sagrado himno Pauge, lingua gloriosi”; sus llaves eran recibidas en la Iglesia Mayor por el Gobernador y en la iglesia de la Altagracia por el presidente del ayuntamiento o el síndico y regidores. Luego se despojaban los altares. En la tarde, después de los toques con la carraca, se efectuaba el Mandato o Lavatorio y hasta las nueve de la noche, en la Iglesia Mayor, se iluminaba el monumento y las naves del templo, “para mayor gloria de Dios”. El Jueves Santo de 1914 tuvo la particularidad de que se exhibió por primera vez una representación de la Santa Cena con figuras de tamaño natural.
También el día jueves, la Banda Municipal de Música ofrecía un concierto sacro, en el que no faltaban las marchas fúnebres de Gounod y Chopin y la obertura del Stabat Mater de Rossini. Originalmente, el concierto se ofrecía en la Iglesia Mayor, pero al ser prohibido por el arzobispo Nouel a partir de 1910, se trasladó en lo adelante al parque Central (hoy Duarte). A partir de 1909, el Centro Lírico Rafael Ildefonso Arté también ofreció en Viernes Santo conciertos sacros en el Club Santiago.
Los oficios del Viernes Santo incluían la Adoración de la Santa Cruz por hombres y mujeres separadamente; el Sermón del Descendimiento y el Sermón de las Siete Palabras y terminaban con la “misa de presantificado”. Tenían lugar las procesiones de la Soledad o la Dolorosa y del Santo Sepulcro o Santo Entierro – llevado desde la Iglesia Mayor a la iglesia de la Altagracia por la oficialidad del Cuerpo de Bomberos -, a las que asistían el Gobernador y demás autoridades locales, junto a la Banda Municipal de Música y un piquete del Cuerpo de Bomberos.
El Sábado se repicaba gloria en las dos parroquias a las diez de la mañana, mientras pelotones de la Guardia Republicana producían descargas. Este día había bailes en el Centro de Recreo, el Club Santiago, cafés y casas de particulares y, ocasionalmente, degustación de helados en el Club de Damas. La liturgia tenía como ejes centrales la bendición de “la luz nueva y de los cinco granos de incienso en la puerta principal, bendición del cirio Pascual, canto de las profecías, consagración de la Pila Bautismal, canto solemne de las Letanías”; le seguían los kiríes de la misa solemne, en la que se entonaba el Gloria in excelsis, y luego de esta, las vísperas solemnes.
El Domingo de Resurección había misa solemne al amanecer y partían desde las dos parroquias las procesiones del Santísimo Sacramento y la Resurrección del Señor; el Centro de Recreo, el Club Santiago y el Club de Damas tenían banquetes y bailes y el Soberano Capítulo Gethsemaní No.2, que también tenía cultos Jueves y Viernes Santo, celebraba este día la ceremonia de la renovación de las luces.
Pero lo más llamativo del último día de la Semana Santa era el Aleluya en el Mercado Público, organizado por el piadoso Domingo Garris, recaudador del impuesto de comestibles, donde los muchachos tenían una hora para despojar a las vendedoras de las vituallas que vendían en una singular estampa con tintes de criminalidad grupal. Nicanor Jiménez describe el momento:
“El Domingo de Resurrección, al pasar la procesión por el mercado con Cristo Resucitado, el cura cantaba: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Seguidamente la mayoría abandonaba la procesión y entraba a saco al mercado a coger todo lo que había. Los campesinos, a palo limpio, defendían su propiedad. La turba se desparramaba por la ciudad atacando a todas las cargas que veían. A las 10 a.m. cesaban los ataques a los campesinos y a sus vituallas”.
Los desórdenes que se provocaban todos los años en razón de esa antigua costumbre habían llevado al ayuntamiento a determinar su abolición en 1899, pero el gozo popular con motivo de la Resurrección de Cristo se siguió manifestando con toda intensidad, sin ser tomado a broma: en 1911, el periódico El Diario denunció que “una porción de niños vagos” celebró “la tradicional costumbre” del Aleluya cruzando por todas las esquinas, “arrebatando cuanto encontraban, y entre ellos manganzones como de veinte años, armados de garrotes. En una casa del pueblo arriba acabaron con el ventorrillo de una pobre vieja”.
El fervor exhibido durante la Semana Mayor, en tanto fiesta religiosa cumbre, manifestaba rasgos extraordinarios: el Viernes Santo de 1907, desde las dos parroquias salieron seis procesiones; en la del Santo Sepulcro, que partió desde la Iglesia Mayor, se contaron entre cuatro y cinco mil personas, número este considerable si tomamos en cuenta que la población de la ciudad en ese año se cifraba entre 11 y 12,000 habitantes. En 1908, a la procesión del Santo Entierro asistieron más de 6,000 personas, cantidad igualmente estimada para la procesión del Santo Sepulcro en 1909. Hay que considerar en provecho de esta observación que a las diferentes ceremonias asistían muchos campesinos.
Cierta relajación en los tradicionales eventos de la Semana Santa pudo observarse en el lapso comprendido entre los años 1908 y 1915. En el Miércoles Santo de 1911 no hubo descargas al rasgarse el velo del Nazareno y no asistió el piquete de tropa con batería que en años anteriores participaba de su procesión. El Viernes Santo de 1908 se rompió la tradición de recogimiento total al trabajar los coches; en 1911, en el mismo momento en que pasaba la procesión del Santo Entierro, hubo personas montadas en coches y caballos y en 1913 hubo paseos en coches, automóviles y caballos. El Jueves Santo de ese mismo año, el comercio estuvo abierto hasta mediodía y no se hicieron guardias en el monumento y en 1915 el ayuntamiento no asistió a los actos de Jueves y Viernes Santo y ni siquiera puso bandera a media asta en Palacio Consistorial, aunque esto último se le achacó a un olvido del conserje de dicho edificio. La “Superior Curia”, de su lado, había flexibilizado el programa de actos, pues en 1912 prohibió todas las procesiones, excepto las de Miércoles y Viernes Santo, la ceremonia y sermón de mandato, la misa de resurrección antes de las ocho de la mañana y “los motetes a descanso en las procesiones”.
Los días de la Semana Santa eran escogidos por la Iglesia católica para la bendición, consagración o inauguración de objetos o elementos vinculados al culto. El Jueves Santo de 1914 tuvo la particularidad de que se exhibió por primera vez una representación de la Santa Cena con figuras de tamaño natural, en tanto que el Domingo de Ramos de 1915 se bendijo un Santo Sepulcro en madera de espinillo, hecho y donado a la Iglesia Mayor por Pedro A. Gómez R., propietario de la ebanistería “La Constancia”, que se estrenó en la procesión de ese año. Mientras, el Miércoles Santo de 1916 fue escogido para la inauguración del alumbrado eléctrico de la Iglesia Mayor. El cine se vinculó también a dicha celebración a partir de 1915: el Jueves y Viernes Santo de ese año se exhibió en el cine Santiago la cinta “La Pasión de Cristo”, con funciones a las 7:30 p.m. “para así facilitar la asistencia de los fieles campesinos”.