En el reciente Foro Económico Mundial en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, describió con claridad quirúrgica un escenario que ya no podemos maquillar. Según advirtió, estamos entrando en una era donde las grandes potencias compiten a campo abierto y los países medianos deben organizarse para no quedar convertidos en botín. Lo dijo con esa crudeza que no admite matices: “si no estás en la mesa, estás en el menú”.
Mientras escuchaba esas reflexiones, o más bien las leía con el silencio que uno reserva a las cosas serias, no pude evitar que mi mente abandonara Davos y se fuera de golpe a otro escenario, distinto y casi incrédulo: el mundo donde yo crecí, y el que le dejaré a mis nietas, Elena, Beatriz e Inaya.
Aquel país y aquel tiempo parecerían irreales para nuestros niños y mis nietas. Un tiempo donde la palabra “geopolítica” no existía en el vocabulario infantil y donde el mayor riesgo era volver a casa antes de oscurecer. Recuerdo una infancia que perseguía lagartos, corría tras ciguas, buscaba lombrices bajo la lluvia y me bañaba en ríos de aguas claras. Montar a caballo con el viento en la cara era un deporte y la libertad era nuestra aliada.
Hablo de un mundo donde los vecinos intercambiaban lo que tenían: habichuelas por café, víveres por huevos, y la televisión aún no había invadido las salas para inculcar consumos, miedos y urgencias. Donde los amigos eran tesoros, los primos cómplices de las mejores aventuras y las primas hermanas eternas. Un mundo donde la confianza era la gramática natural de la vida cotidiana.
A veces intento contarles ese mundo a mis nietas, y me escuchan con curiosidad, como quien descubre una fábula que ha perdido coordenadas. No es que duden, sino que no tienen equivalencias en su mundo. Su infancia está cercada por dispositivos en sus hogares, alarmas, temores de abuso sexual, controles escolares, redes sociales, tráfico digital, noticias inquietantes y una cultura que acelera todo, menos la ternura y la pausa.
Han crecido viendo que la persona de otro país, el migrante pobre, puede ser tratada como un problema y jamás como un semejante. Mis nietas ven cotidianamente que arrastrar a un migrante por los brazos hasta lastimar su dignidad es un ritual de la modernidad y no un escándalo moral que lacera todos los derechos del ser humano.
No se trata de idealizar el pasado, pues ningún tiempo fue perfecto, pero existe una diferencia moral entre recibir un mundo en expansión y entregar uno que pinta peligroso. Si el mundo que yo heredé era abierto, caminable, orgánico y confiado, el que sus generaciones recibirán será más vigilado, más desigual y mucho más fragmentado. La advertencia de Carney adquiere un matiz íntimo: está en juego la seguridad de los países y también lo más valioso: la humanidad de las personas.
Yo todavía creo que es posible corregir el rumbo. Pero para lograrlo debemos, como decía Carney, llamar las cosas por su nombre y actuar en consecuencia. Y mientras tanto, seguir contando cómo era aquel mundo que yo viví, para que al menos no se pierda la memoria de lo que alguna vez fue posible.