Opinión

En el centenario de la erección canónica de la iglesia San José: Abúa Rodríguez, la adolescente que se ofreció a San José

En el centenario de la erección canónica de la iglesia San José: Abúa Rodríguez, la adolescente que se ofreció a San José
Edificio actual de la iglesia San José en la avenida Hermanas Mirabal en el sector de Baracoa en Santiago. Foto: Petra Peralta, 2021.

El 7 de mayo de 1842, la Falla Septentrional de la Hispaniola, que recorre todo el borde sur de la Cordillera Septentrional desde la península de Samaná hasta Cabo Haitiano, liberó la tensión acumulada por la fricción de la Placa Septentrional y la gran Placa del Atlántico Norte, produciendo un violento terremoto que destruyó Santiago y Cabo Haitiano.

David Dixon Porter, un viajero norteamericano que visitó el país en 1846, recordó los efectos del sismo en Santiago en su “Diario de una misión secreta a Santo Domingo”: “toda la ciudad, en un segundo, fue reducida a una masa de ruinas. Ni una casa quedó en pie, y todas las riquezas y todos los frutos adquiridos por años de trabajo, quedaron enterradas bajo las ruinas o tragados por la tierra que se abría. Mucha gente cayó víctima de la calamidad y fueron aplastados más de trescientos, (…) En aquel tiempo, Santiago tenía 700 casas (…) Cuatro mil personas quedaron sin hogar vencidas por el dolor de los parientes muertos y las propiedades destruidas”.

El movimiento telúrico fue tan terrible que derribó los edificios que resistieron el terremoto de 1751, que había perdonado entonces cincuenta bohíos de tablas de palma cubiertos de yagua; Santiago perdió así todo vestigio de su arquitectura colonial. Con las trepidaciones, en Licey y Canca, de acuerdo con Carlos Nouel, brotaron fuentes azufradas y se abrieron anchas grietas; de su lado, Vetilio Alfau Durán dice que la iglesia parroquial mayor se vino abajo; en la cárcel murieron algunos presos y la techumbre de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen se desplomó al primer sacudimiento, pereciendo las niñas y adolescentes de una escuela que velaban en dicho templo. Sin embargo, una de esas jóvenes sobrevivió: Eduvigis Rodríguez, apodada Abúa, con 17 años entonces, fue sacada de una grieta en la que quedó aprisionada y a partir de entonces se ofreció a San José, de quien se convirtió en una fervorosa devota.

Nacida en 1825, fue hija de José del Carmen Rodríguez y Magdalena Corrales y tuvo por lo menos seis hermanos: María Mercedes, Martín, Ana Joaquina (Anita), fallecida en Santiago el 23 de diciembre de 1926  a la edad de 98 años; Candelaria, fallecida en Santiago el 25 de julio de 1888 a la edad de 60 años; Asunción, fallecida en Santiago el 6 de junio de 1925 a la edad de 88 años, ya viuda de Francisco Monción, y María Ignacia, quien casó en Santiago el 10 de agosto de 1881 a los 38 años con Manuel de Jesús Mercado, entonces de 29 años, hijo natural de Juana Mercado, con quien tuvo dos hijas, María y Angélica (Ninina) Mercado Rodríguez. De sus sobrinas, hijas de María Mercedes, Liberia Dolores Rodríguez casó en Santiago el 11 de abril de 1888 a los 21 años con José Ramón Echavarría, entonces de 25 años, hijo natural reconocido de Juan Echavarría y María Martínez,  y Mercelinda Rodríguez casó en Santiago el 12 de febrero de 1908 con el general José Feliú, catalán, segundo director de la banda de música del batallón Yaque, comandante de armas de La Vega y masón, quien murió en Santiago apenas el 26 de abril siguiente a la edad de 70 años. Fue nombrada directora de la escuela mixta de La Cuesta en 1910. Murió en Santiago el 31 de julio de 1937.

El más conocido de sus sobrinos sería el poeta y periodista José María Jiménez (Santiago, 28 julio 1868-Santiago, 29 octubre 1942), hijo de su hermana Anita y Manuel de Jesús Jiménez (Carabana). Apodado El Vate, sobresalió en 1915 al ganar con su poesía “Resurrección” el premio del concurso literario convocado en ocasión de las fiestas de Agua y Luz. En el siglo anterior había publicado Pedir peras al olmo (1887) y La flor de Jericó: Poemas en dos cantos y un verso (1894), ambos editados en la tipografía de J.M. Vila Morel. También fue autor de “Maldito amor” y “De la vieja lira” (1911), esta última obra en prosa y en verso. Ejerció el magisterio entre 1880 y 1888. Fue fundador y Primer Noble Grande de la Logia Unión Santiaguesa No.8034 en 1909, presidente de la sociedad de artesanos “Club Central” en 1910, vicepresidente del Club Festivo y secretario de la junta provincial del partido horacista en 1916 y secretario de la Policía Municipal en 1917.

Hijas de su matrimonio con Eleonora Yepes (Nonó) fueron María, Francisca Aurora, Maura, Judit, Virginia Eduvigis y Ana Josefa Jiménez Yepes (Santiago, 26 julio 1889 - Santiago, 23 abril 1972), esta última educadora, directora en 1913 de la escuela de niñas No.8 y cuyo nombre lleva una escuela pública de Santiago. Bernardina Padilla Jiménez (Menana), hija de Francisca Aurora (Panchita), es la madre del arquitecto Julio Herrera y del médico, escritor e intelectual Jochy Herrera.  

En Puerto Plata, donde se desempeñó como oficial de la Guardia Republicana, secretario de la Gobernación provincial y Comisario de Policía, José María Jimٞénez procreó con Maricusa Mercedes al reconocido chef Mike Mercedes (6 enero 1936-29 junio 2010). También fue padre de Israel Jiménez.

Abúa fue directora de la escuela primaria de niñas San José -ya lo era en 1902 y en ella fue profesora de la futura educadora Rosa Smester- y para 1915 ya acumulaba más de 30 años al frente de una escuela de doctrina cristiana. Pocos años después del terremoto en el que casi pierde la vida casó con Jacobo Rodríguez, hijo de Vicente Rodríguez y María Mercedes Colón y fallecido en Dajabón a la edad de 80 años el 28 de noviembre de 1906. Hermano del general Santiago Rodríguez, nació en Monte Cristi, donde presumimos que nacería también Abua, siendo acaso su madre Magdalena Corrales descendiente de los esclavos de Juan José Corrales, residente en Monte Cristi y criador en El Valle para 1777.

Jacobo participó en las guerras de la Independencia y Restauración, llegando a alcanzar el grado de general de brigada. Firmó el Acta de Independencia del 14 de septiembre de 1863 y el 14 de octubre del mismo año fue designado secretario del general Gaspar Polanco.  Como alcalde mayor de Santiago participó en el golpe del 24 de febrero de 1863 y conmutada la pena de muerte por la de prisión perpetua en Ceuta, fue indultado después de haber partido a su destino desde Puerto Plata.

La pareja de Jacobo y Abúa procreó cinco hijos: Secundino (1848), Rafael (1854),  Fidelia (1859), José Manuel (1860) y Magdalena Olimpia Rodríguez Rodríguez (1865). De ellos, Secundino Rodríguez Rodríguez (Colorao) tenía 15 años cuando su padre fue condenado a cumplir prisión en Ceuta y se prestó a acompañarle para dar cuenta sobre él “si algo le ocurría”. Murió el 31 de agosto de 1935.

Casado con Eugenia Dolores Martínez fue padre de Mercedes Dolores (n.24 agosto 1883), Isabel Alicia (n.24 enero 1885), María Felicia (n.30 marzo 1886), Secundina (n.9 enero 1888), casada en Santiago el 9 de febrero de 1918 con Manuel José Garris, hijo natural reconocido de Etanislao Garris y Carmen Iturbides, entonces de 29 años; María del Carmen (n.2 julio 1889), Manuel Antonio (n.25 diciembre 1891) y José de Jesús Rodríguez Martínez (n.24 marzo 1893). De ellos, Secundina fue madre de Fidencio Garris Rodríguez (Santiago, 16 noviembre 1918-26 noviembre 1994), periodista, locutor, narrador deportivo, cofundador de la Asociación de Cronistas Deportivos de Santiago (ACDS), en 1937 y del Comité Permanente del Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano en 1967 y autor de las famosas frases -mientras fue narrador de las Águilas Cibaeñas- de “Santiago es Santiago” y “Las Águilas son las Águilas”.

Rafael Rodríguez Rodríguez nació el 21 de septiembre de 1854. Fue oficial del Batallón Yaque. Casó a los 29 años el 13 diciembre de 1883 en Los Pretiles, Mao, con Juana de Dios Colón, entonces de 21 años, hija de Bernardo Colón y Petronila Aracena. Residía entonces en Monte Cristi.

Fidelia Rodríguez Rodríguez murió en Santiago 14 de junio de 1947 a la edad de 88 años, siendo casada con Ramón Emilio Grullón. Fue madre de Mercedes Lilia Ramona Rodríguez (Santiago, 31 agosto 1892-Santo Domingo, 14 febrero 1977), procreada con Antonio Pichardo Pichardo y quien casó en Santiago el 31 de agosto de 1917 con Ramón Emilio Pons (Santiago, 1897-Santo Domingo, 3 febrero 1964), hijo del médico cubano Eusebio Pons Agreda y Emilia Ureña Estévez. Fueron padres de José Emilio, Socorro Ilda (Santiago, 2 mayo 1918), Luisa Argentina (Santiago, 25 agosto 1919), Fabio Emilio de Jesús (Santiago, 20 enero 1924), José Ignacio (a) Checho (Santiago, 31 julio 1925-Santo Domingo, 17 noviembre 1998), Mercedes Lilia Milagros (Santiago, 9 octubre 1926-27 julio 1935) y Pablo Antonio Pons Rodríguez (a) Pablucho (1932-Dublin, Ohio, 17 noviembre 2016).

José Manuel Rodríguez Rodríguez, fallecido en Santiago el 2 de diciembre de 1908 a la edad de 48 años, fue esposo de Guadalupe Yepes (Lupe), hija de Ezequiel Yepes y Loreta Silverio, y fallecida el 23 de julio de 1934. Fueron padres de Ana Rita, Mercedes (Sea), Carmela (Mela), María, Carlos, Dolores (Lolita), Lorenzo y Caridad Rodríguez Yepes (Nina). De ellos, Ana Rita (f.9 mayo 1963) fue esposa de Luis María Pichardo Arnaud (Luis Sastrico) (f.16 enero 1949); Mercedes (Sea) no dejó descendencia; Dolores, esposa de Ramón Emilio Mirabal (f.28 septiembre 1959), fue madre del Dr. Rafael Mirabal Rodríguez, abogado y notario público de Santiago, primer secretario ejecutivo de la Asociación para el Desarrollo (APEDI) (1961-1970) y padre a su vez del músico Rafaelito Mirabal Montes de Oca, mientras que Caridad Antonia (f.30 noviembre 1968) casó en Santiago el 16 de diciembre de 1933 con Nathaniel  Arturo Eli McLeod, hijo de James Eli y Gertrudis McLeod, natural de la isla de Trinidad, y fue madre de siete hijos, entre ellos el tenor Henry Eli Rodríguez (Santiago, 9 enero 1938 – Santo Domingo, 28 febrero 2021) y la contralto Gertrudis Eli Rodríguez, fundadora en 1989 de la escuela de arte  “Hogar de la Armonía” -donde se han formado notables músicos, como la violinista Aisha Syed y la cantante Janette Márquez- y madre de los también músicos Catherine, Henry, Rosanna Carolina y Robin Disla Eli.

Finalmente, Magdalena Olimpia Rodríguez Rodríguez nació en Santiago el 6 de junio de 1865 y fue bautizada el 17 de julio siguiente. Su padrino fue Pedro Antonio Pimentel, entonces presidente del gobierno restaurador. Este compadrazgo, sin duda, estuvo fundado en la cercanía de su padre a los líderes de la guerra restauradora.     

En 1913, Abúa propuso al ayuntamiento levantar una ermita dedicada a San José, que valoró “la parte Oeste de la población, por el lugar denominado el Ensanche”-hoy Baracoa- como el punto más apropiado su construcción. Ese mismo año motivó su erección canónica por decreto de la Superior Curia y la donación del cuadro de terreno donde se levantó, cedido por el ayuntamiento, el Pbro. Manuel de Jesús González y Eliseo Espaillat Julia, quienes le ofrecieron su temprano concurso. Canalizadora de variadas manifestaciones de solidaridad ciudadana pocas veces vistas en Santiago para el acopio de materiales y recursos económicos, la primera piedra de su ansiado templo se colocó el 27 de febrero de 1915 en la avenida 30 de Marzo (hoy Hermanas Mirabal), entre las calles Patria (hoy Anselmo Copello) y Pimentel. De líneas neogóticas y con una torre, fue diseñado en concreto por el ingeniero municipal Narciso Bou y su construcción se inició el 30 de septiembre del mismo año bajo la dirección del maestro de obras José Casanova. Fue bendecido en 1921 y erigido nuevamente como sede parroquial en 1926. 

En 1924, por su consagración a la regeneración moral de más de cinco mil educandos de todas las clases sociales durante más de 60 años, la señorita Ercilia Pepín organizó una apoteosis en honor de Abúa en el parque Duarte y la condecoró con una medalla conmemorativa en oro tallada por el maestro José Casimiro Tavárez (Machimbo). 

Sobrepasada la centuria de su nacimiento, Abúa Rodríguez murió en Santiago el 1 de julio de 1926 y fue enterrada en la misma iglesia que con tanto empeño logró levantar. Y no podía ser en otro lugar, pues en San José puso todas sus intenciones y deseos y de él recibió su paternal auxilio, mostrándole perpetuo agradecimiento y homenaje.

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