Opinión

El muchachito que empaca

El muchachito que empaca

“La verdadera prueba de nuestra devoción a la libertad no es lo que hacemos por los poderosos, sino lo que hacemos por los más vulnerables”. Nelson Mandela

Raras veces visito los supermercados. He dicho más de una vez que no sé comprar solo lo que realmente necesito. Me distraigo conversando con las amigas que encuentro en los pasillos, mientras los anaqueles y las ofertas me marean hasta que, inevitablemente, termino llevando lo que no estaba en el listado.

Salí de casa con el cielo encapotao. No llovía, pero amenazaba con hacerlo en cualquier momento. Ese paisaje, para cualquier cibaeño, anuncia un caldo como el sancocho, la sopa o un cocido. Pensé en el humo tibio levantándose de la olla y en el olor del recaíto criollo perfumando la cocina. Decidí preparar un sancocho sencillo, de dos carnes y muchos víveres, como los de antes.

Ya en el súper, un joven, no tendría más de dieciocho años, se ofreció a ayudarme. Buscó con paciencia la carne apropiada, la yautía buena, los plátanos apropiados, el cilantro fresco, el aguacate en su punto, ese que cede apenas al tacto. Se movía con diligencia, pero sin prisa y con mucho respeto.

Mientras esperaba la cuenta en el mostrador, lo vi empacar cada producto con una delicadeza casi doméstica. Colocó el aguacate en una funda aparte, cuidando que nada lo estropeara. Ese gesto pequeño, que muchos no notarían, me habló de su sentido de responsabilidad. Al final, preguntó si deseaba que me acompañara hasta el carro. Asentí.

Organizó las fundas en el vehículo con orden y cuidado. En su rostro había una mezcla de juventud y cansancio prematuro. Observándolo, pensé: ¿cómo es posible que a estos muchachos no se les remunere formalmente y que su trabajo dependa únicamente de la propina que alguien decida darles?

 

Los contratan por dos meses y medio, los retiran antes de cumplir el tiempo que generaría obligaciones laborales, y luego los reintegran por igual período, o los refieren a otro establecimiento, como si se tratara de piezas intercambiables. Una trampa que se disfraza de oportunidad. ¿Quién puede llamar justo a eso?

Quizás nos hemos acostumbrado demasiado a mirar sin ver. Detrás de cada muchachito que empaca hay historias que no imaginamos: una madre esperando el aporte del día, una inscripción escolar pendiente, una factura de luz que no puede retrasarse. Manos jóvenes que sostienen una casa mientras intentan sostener también sus propios sueños.

Nos hemos habituado a que carguen nuestras compras… y también nuestras culpas. En sus manos sostienen fundas, pero también responsabilidades tempranas, silencios aprendidos y una dignidad que resiste sin estridencias.

Tal vez sea hora de preguntarnos qué clase de sociedad somos si aceptamos como normal que el trabajo de un joven dependa de la buena voluntad ajena.

 

No basta con dar una propina y sentirnos tranquilos. La justicia no debería caber en una moneda ni descansar en la caridad. Un país que permite que sus muchachos trabajen sin derechos está hipotecando su futuro… y lo hacemos como si fuera normal a la vista de todos.

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