En febrero de 2007, mientras Santiago hervía entre semáforos y bocinas, un grupo de muchachos trabajadores decidió apropiarse del carnaval. Acostumbrados al calor del asfalto y al humo de los carros, soñaron con un día distinto. En su imaginación dejaron de ser invisibles y se convirtieron en protagonistas.
Eran limpiabotas, vendedores ambulantes, limpiavidrios; muchachos que desde temprana edad sostenían parte del presupuesto familiar. Cansados de no ser vistos, eligieron participar en la fiesta popular más colorida del país. Sin rodeos bautizaron su comparsa: “Los Limpiabotas de Acción Callejera”.
Para encabezarla escogieron a Aida María Fernández, artista y educadora, aliada fiel de estos jóvenes. Maestra de corazón amasado de pan y canela, guardó los requisitos en los bolsillos y dio rienda suelta a su fantasía. Así armó una comparsa mágica y única, con disfraces multicolores que representaban criaturas de fábula y personajes fantásticos surgidos de algún cuento de camino.
Su multifacético currículum facilitó el manejo de aquel ejército de muchachos ávidos de guía. Con esa sinergia logró aflorar la destreza requerida para bailar con ritmo, disciplina y magia, sin olvidar encarnar la alegría propia del carnaval.
Versada en múltiples disciplinas, Aida María era una rubia de ojos verde esperanza, mirada encendida por la justicia y corazón abierto, donde cabían la risa, la ternura y el carnaval entero. Su cabello, entonces dorado, bailaba con el viento mientras su alma, hecha de acuarela, se entregaba sin medida a los sueños ajenos como si fueran propios.
Con creatividad convirtió cartones, cintas y CDs fragmentados en símbolos de dignidad. Coordinó ensayos según los horarios laborales de los muchachos, respetando el tiempo que la sobrevivencia les imponía.
La carroza fue una enorme caja de limpiar zapatos, preparada para Su Majestad Imperial, Cucharimba, mago querido que en su infancia también había sido limpiabotas. Portaba cetro, corona y capa brillante que desafiaba el sol. Lo acompañaban la Princesa Anabel I y el Príncipe Alberto, un niño que había vivido en las calles desde los tres años.
Y entonces ocurrió la magia.
Irrumpieron en la ciudad vestidos de sueños. Sombreros de cartulina negra, guirnaldas que aún olían a diciembre, chalecos remendados, guantes blancos como la infancia. Algunos parecían magos; otros, guerreros, pero todos llevaban en el pecho la dignidad rescatada.
El pueblo los miró con asombro.
“Lechón cuajao amarillo y colorao, brinca en la calle de lao a lao”, cantaban, mientras un tambor improvisado marcaba el paso. Por un día, los hijos del semáforo fueron el centro del carnaval, bajo la batuta entusiasta de Aida María Fernández.
Así como lo soñaron, ganaron el primer premio en la categoría de Fantasía. Los veinte mil pesos cubrieron parte de los gastos, pero el verdadero triunfo fue otro: sentirse reconocidos. En medio de carrozas y caretas, recibieron la ovación de una multitud que los miraba sin prejuicio.
Aida María recordaba aquel momento con ojos encendidos. Decía que el carnaval había transformado la etiqueta en nombre propio y el olvido en aplauso. De aquella experiencia surgieron nuevas comparsas y más sueños colectivos que beneficiaron a la niñez y adolescencia trabajadora.
Hace poco tiempo, Aida María partió. Pero cada febrero, cuando la ciudad vuelve a vestirse de colores, su obra desfila junto a los hijos del asfalto. En cada cinta que flamea y en cada tambor improvisado late su convicción profunda: la alegría también puede ser un acto de justicia.