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Vivir la pelota

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El narrador del juego y el repiqueteo de las tijeras de D谩maso era lo 煤nico que se escuchaba.聽 Y eso, que la barber铆a estaba llena de gente.聽 Aquel s谩bado en la tarde jugaban los Piratas de Pittsburgh, lo cual significaba una cita casi obligada para los seguidores de las 脕guilas.

 

Los Piratas mandaban cada invierno varios de sus peloteros a jugar para las 脕guilas, lo cual explicaba que en aquel campo de Macor铆s ser aguilucho y de los Piratas fuera casi lo mismo.聽 S贸lo cuando transmit铆an juegos de los Cardenales de San Luis 鈥 el equipo de Juli谩n Javier, 铆dolo del 脕guila que adem谩s era oriundo de la provincia 鈥 se llenaba de esa manera la barber铆a.

 

Desde temprano en la tarde iban llegando los aficionados hasta el feudo de D谩maso: una vieja casa de madera de un solo cuarto, a la que parec铆an sonarle todas las tablas y que ten铆a un 煤nico y eterno sill贸n Koken empotrado en el centro de su agrietado piso de cemento.

 

Como cada s谩bado, Virgilito estaba all铆.聽 Se pon铆a lo m谩s cerca del radio que pod铆a y se quedaba callado y tranquilito, para comer boca de los mayores y para no llamar la atenci贸n de D谩maso, quien acostumbraba exigir peladas a los m谩s habituales. 聽鈥 Esto es una barber铆a, no un estadio 鈥 dec铆a el f铆garo, medio en broma, medio en serio.聽 鈥 El dinero de las pilas 鈥 llamaba 茅l a los cortes de pelo o afeitadas que impon铆a sin malas pulgas a una clientela que era m谩s cautiva de la tertulia beisbolera que se formaba alrededor del radio que de sus servicios de barbero.

 

M谩s de una vez hab铆a tenido Virgilito que sentarse en una tabla que D谩maso pon铆a sobre los brazos del sill贸n, para recibir su pelada aunque no la necesitara.聽 Por eso cada s谩bado procuraba tener diez centavos en los bolsillos, por si le tocaba pagar su tributo.

 

Entre tijeretazos, cerquillos y olores a talco y a mentol pasaban los innings.聽 La audiencia manten铆a un respetuoso silencio mientras el narrador dibujaba un diamante imaginario y el locutor comercial pregonaba productos a la velocidad l铆mite de su dicci贸n.聽 Con cada tercer out se abr铆a la discusi贸n.

 

Que si un ignorante reci茅n llegado preguntaba si era el ampalla el mismo que narraba.聽 Que si Stargell estaba fino, dec铆a un entendido.聽 Que si Mate铆to Alou o Manuel Mota, dec铆a otro, s贸lo para mantener vivo un dilema imposible.聽 Que si Clemente es m谩s grande que todos ellos, dec铆a otro, como quien citaba al Gran Poder de Dios.

 

No faltaba quien aprovechara la pausa del juego para sacarle provecho a la memoria que ten铆a D谩maso para los n煤meros de las placas del pu帽ado de carros que hab铆a en el paraje.聽 鈥 Anoche me so帽茅 con la guagua de Genito 鈥 tentaba uno, pensando en la quiniela 鈥 驴qu茅 n煤mero da eso, D谩maso? 鈥 preguntaba.

 

Pelota y n煤meros.聽 Eso era la charla en la barber铆a de D谩maso. 聽Nunca pol铆tica, ni lo quiera Dios.

 

Y cuando se reanudaba el juego, silencio de nuevo.聽 Como en misa, recordar铆a siempre Virgilito.

 

Quiz谩 por eso, cuando los a帽os lo sacaron de su ni帽ez y de su campo, y cuando ir al play a ver a sus 脕guilas dej贸 de ser un sue帽o inalcanzable para convertirse en algo usual 鈥 nunca una rutina 鈥 Virgilito se manten铆a reverente frente a lo que sus ojos ve铆an en el terreno de juego.聽 Como si presenciara un milagro.聽 Y tal vez as铆 era.

 

***

 

Ernesto era lo que se dice un maleta. 聽Le encantaba la pelota, pero su cuerpo de muchacho grande no hab铆a sido dotado para las finezas del juego.聽 No por ello, sin embargo, dejaba de asistir religiosamente al terreno yermo que hab铆a dentro del Santiago Tennis Club, donde se juntaban muchachos de varios barrios a jugar pelota sin fuerza.

 

Como casi nunca lo ped铆an al formarse los equipos, casi siempre terminaba jugando en el right field para los dos equipos.聽 Ese era el colmo, la marca por excelencia del maleta.聽 Pero a Ernesto no le importaba.

 

Mientras le dejaran jugar estaba contento.聽 Adem谩s, estar en el r谩it ten铆a sus ventajas, pues casi nunca bateaban para esos lados.聽 Ernesto pod铆a, entonces, hacer lo que m谩s le gustaba.

 

Con un palito en las manos a modo de micr贸fono, desde su rinc贸n en los files, se pon铆a a narrar las incidencias del juego.聽 Y a voz en cuello, adem谩s.

 

Hab铆a perfeccionado su imitaci贸n de los narradores de La Gran Cadena de la Calidad 鈥 Lil铆n D铆az y Billy Berroa 鈥 y cambiaba de uno a otro a voluntad.聽 鈥 Ah铆 va un palo alto, largo, a lo profundo por el left center field, atr谩s la bola, buscando valla, buscando vallaaaa鈥 隆se fue la bola!! 鈥 exageraba Ernesto con cualquier fly a los jardines, a lo Lil铆n.聽 O bien, palito en mano, con el ritmo m谩s pausado de Billy: 鈥撯 un batazo alto, atr谩s la bola, atr谩s, atr谩s, atr谩s鈥 隆y la bot贸! 鈥 imaginaba Ernesto, convirtiendo por un instante el espacio semi-abandonado del Tennis en el Estadio Cibao.

 

Mientras Ernesto constru铆a una realidad alternativa con sus narraciones, los dem谩s muchachos segu铆an cada uno en lo suyo, tratando de jugar lo m谩s parecido posible a Chilote Llenas, a Franklin Taveras o a Guelo Dilon茅.

 

Y mira c贸mo son las cosas.聽 De todos los muchachos que jugaban pelota sin fuerza en el ruinoso solar del Tennis, Ernesto fue el 煤nico que hizo realidad sus sue帽os de b茅isbol.

 

Aquellas tardes de sol y yerba quedaron atr谩s, pero Ernesto sigui贸 narrando jonrones con un palito.聽 Cuando vino a ver, hab铆a cambiado el palito por un micr贸fono y hab铆a encontrado su propio estilo para recrear los jonrones.聽 Y lo hizo para millones de personas.聽 Y lo hizo como nadie.

 

***

 

Ver a Ram贸n paseando, con su radio azul sobre el hombro, por la carretera que cruzaba el pueblo era algo tan com煤n como colar caf茅.聽 Y si no lo ve铆as, lo escuchabas venir, como una vaca y su cencerro.聽 鈥 Ah铆 viene Ram贸n 鈥 anunciaba la mam谩 de Octavio, sin asomarse al camino.聽 鈥 Ah铆 se va Ram贸n 鈥 dec铆a, cuando el sonido del radio se iba apagando.

 

Caminar y escuchar su radio azul era lo que hac铆a Ram贸n.聽 Durante la semana, el dial estaba fijo en Radio Guarachita y los domingos en la loter铆a, desde la primera bola hasta la 煤ltima.聽 Y, cuando tocara, en los juegos de la 脕guilas.

 

Porque el radio era lo 煤nico azul que ten铆a Ram贸n.聽 Como el fan谩tico rabioso del 脕guila que era, Ram贸n odiaba a muerte al Licey.

 

Los d铆as de juego, Octavio notaba que Ram贸n caminaba m谩s r谩pido, con el 谩nimo crispado.聽 Entru帽ado si las cosas iban mal para su equipo, con una tensa sonrisa si iban bien.

 

Por lo menos tres veces al a帽o, el pique pod铆a m谩s que 茅l y desbarataba su radio azul de un estrall贸n.聽 Y ah铆 estaba Ram贸n diligenci谩ndose otro radio, que 鈥 por alguna misteriosa raz贸n 鈥 siempre resultaba ser azul.

 

Si el 脕guila perd铆a un juego apretado, o si le sacaban un juego de la nevera, el pap谩 de Octavio sazonaba los buenos d铆as con un gui帽o y con una pregunta: 驴Habr谩 roto Ram贸n su radio anoche?

 

***

 

Los padres de Pablito estaban preocupados.聽 驴Qu茅 le pasaba al ni帽o, que se paraba a orinar cada cinco minutos? 驴Incontinencia? A su edad, poco probable.聽 驴Algo peor, alg煤n problema renal?聽 No pod铆an saberlo.

 

Lo que s铆 cre铆an saber es que a ese ritmo, Pablito terminar铆a surcando un trillo entre el cuarto de ba帽o y el vetusto televisor Admiral, donde unas lluviosas im谩genes a blanco y negro parec铆an jugar b茅isbol.

 

Por suerte, con el tiempo comprender铆an que el tanto mear de Pablito no era otra cosa que los nervios que se apoderaban de 茅l cuando ve铆a a las 脕guilas por televisi贸n, ya ganaran o perdieran.聽 Si ganaban, el sufrir de Pablito era dulce; amargo si perd铆an.聽 Pero era, en cualquier caso, sufrimiento.

 

Y, en todos los casos, los nervios ganaban.聽 Y mientras hubiera pelota en el televisor, Pablito ten铆a ganas de orinar.聽 驴Qu茅 pod铆a hacer Pablito?聽 Pues eso.聽 Ver televisi贸n y orinar.

 

***

 

Cada vez que a Marichal le tocaba pitchar en California 鈥 lo cual era, al menos, la mitad de las veces 鈥 hab铆a en casa de Rafa el mismo pleito.

 

El problema era que, por la diferencia de hora, los juegos comenzaban a las diez de la noche, y Rafa siempre le ped铆a permiso a su pap谩 para llevarse el radio a la cama, para o铆r lo m谩s que pudiera del juego.

 

Y cada vez era lo mismo.聽 Rafa ped铆a el permiso.聽 Su pap谩 se lo negaba.聽 Rafa promet铆a que no se dormir铆a con el radio encendido, para que no se le acabaran las pilas.聽 Su pap谩 se negaba.聽 Rafa insist铆a.聽 Su pap谩 se ablandaba.

 

Y cada vez que Marichal pitchaba en California, Rafa pon铆a el radio bajito, debajo de las s谩banas, y segu铆a el juego hasta dormirse.聽 Y siempre que se dorm铆a, se le olvidaba apagar el radio.聽 Y siempre se despertaba de madrugada, con las pilas del radio en las 煤ltimas, con el coro de mujeres rezando el rosario en El Despertar del Cristiano.

 

Y siempre, siempre, su pap谩 le peleaba porque se gastaban las pilas.聽 El mismo pleito.聽 Cada vez que a Marichal le tocaba pitchar en California.

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