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Un terremoto llamado libertad

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El actor gastaba peluca y calzas carmesí. Una capa verde esmeralda completaba el disfraz. Con una espada en la mano, y parado con la postura egregia que tienen las estatuas sobre los pedestales, parecía – no sin cierta ayuda de la imaginación – lo que pretendía ser: la viva imagen del Adelantado Don Bartolomé Colón.

El bochorno de aquel mediodía del domingo 4 de agosto de 1946 no impedía que continuaran las celebraciones del aniversario número 450 de la fundación de Santo Domingo. Luego de los oficios religiosos y los desfiles militares de la mañana, la conmemoración culminaba con una representación del primer asentamiento de la ciudad, por parte de una compañía de actores aficionados.

Sobre una tarima colocada en la pila occidental del puente Ulises Heureaux, los actores podían ser vistos por una pequeña multitud congregada a ambos lados de la puerta de la Atarazana. Exactamente a las doce y cincuenta y cinco minutos de la tarde, el reencarnado Bartolomé Colón alzó su espada y se dirigió al público con voz estentórea y falso acento español.

― Yo, Bartolomé Colón, Adelantado de Las Indias por la gracia concedida por sus majestades de Aragón, León y Castilla, Fernando e Isabel, te bautizo con el nombre de… ― hizo aquí una pausa dramática, y exclamó, al tiempo que bajaba la espada: ¡Santo Domingo de Guzmán!

No bien gritó el nombre de la ciudad, cuando una reverberación sorda se sintió bajo los pies de la multitud. En principio, nadie se movió porque nadie supo cómo interpretar lo que sucedía. ¿Sería un recurso dramático de la producción teatral? ¿Sería un gancho de las autoridades para ver quién se rajaba dentro de la multitud? Sólo cuando las vibraciones se convirtieron en violentas sacudidas, y cuando la porción levadiza del puente – construida de paneles y cerchas de metal – empezó a tabletear y a oscilar amenazadoramente, comprendió el gentío que aquello era nada menos que un cataclismo.

El primero que reaccionó fue el postizo fundador de la ciudad, quien soltó la espada y atinó a salir despavorido, alejándose del vano del puente, buscando la incierta seguridad de la ribera. De inmediato, fue como si algo se rompiera. El pánico se apoderó de todos los presentes y se armó un tremendo corre-corre sin que nadie supiera en realidad para dónde ir. Muchos de los que no se unieron al juidero tuvieron el reflejo de hincarse a darse golpes de pecho y a implorar perdón y piedad divinos.

Así comenzaba, faltando cinco minutos para la una de la tarde del domingo 4 de agosto de 1946, el Terremoto de Santo Domingo.

***

Acostada sobre la mesa del comedor, Esperanza se preguntó cuánto más podría resistir. Había entrado en labor de parto la noche anterior, y todavía – rayando el mediodía del domingo – no terminaba de parir. Una vez cada hora la habían subido en la mesa, y una vez cada hora la habían bajado. El dolor la tenía exhausta.

Y no era que el dolor le resultara ajeno a Esperanza. Para nada. Si había sido, por años, casi un compañero. Desde que unos calieses se llevaron a su papá dizque por conspirador, no había dejado de sentir una punzada fría en algún lugar del pecho. Poco después, los mismos calieses, con los mismos argumentos, se llevaron a sus dos hermanos. Nunca se volvió a saber de ninguno de los tres. Pronto se cumplirían cinco años desde la última vez que Esperanza los vio.

De dolor sabía, Esperanza. Pero jamás imaginó aquella explosión que sentía en sus entrañas. La sirena de las doce la sorprendió retorciéndose sobre la mesa a intervalos asombrosamente regulares. La partera le sostenía la mano, mientras buscaba entre sus piernas señales de vida.

― Ya viene por ahí – dijo la partera al grupete de familiares y mirones que llenaban la casa, como quien anuncia la llegada de una guagua. A pesar del comentario, a Esperanza no se le hacía aquel momento menos eterno. Finalmente, y después de mucho rato de suplicio, algo se movía.

La cabeza de la criatura se asomó justo en el instante en que la tierra empezó a dar brincos y pareció abrirse en dos. Igual que el vientre de Esperanza.

***

Aquel domingo de agosto, la isla convulsionó como una bestia furiosa herida de muerte. Los estragos se repartieron por todo el territorio a ambos lados de la frontera. No hubo ciudad o pueblo que no sufriera algún daño de importancia. Y a mayor cercanía de la Bahía Escocesa, mayor devastación.

Aparte de los daños provocados por las sacudidas, el terremoto se ensañó con el nordeste de la isla, pues causó un enorme maremoto que llegó más de cinco kilómetros tierra adentro. Comunidades enteras – como Matanzas, Nagua, El Juncal y Punta Morón – fueron virtualmente borradas del mapa.

Algunos ríos muertos revivieron y otros ríos vivos cambiaron de curso. Como sucede con frecuencia en las catástrofes, el pánico de la población siguió a la desolación.

Y no era para menos. Muertos hubo por miles, aunque nunca se supo a ciencia cierta cuántos fueron. Hasta ahí llegaba la mano maldita del régimen. El castigo reservado para el que se le ocurriera morirse de pobre – o de indefensión – era la negación total de su muerte. De tanto no haber derechos, no había derecho ni a morirse.

***

Cuando se desató el galope ensordecedor del suelo, todos los presentes en la casa de Esperanza – salvo la partera – hicieron el limpio. El dolor no le dejó a Esperanza ni espacio ni tiempo para asustarse. Y la partera, que estaba curtida por cientos de alumbramientos telúricos, ni se inmutó.

Calzó la mesa contra un rincón, y mientras el mundo crujía y se caía a pedazos, recibió a una niña lozana y de mirada lúcida. Todavía temblaba la tierra cuando la partera le puso a Esperanza a su hija en los brazos.

Desde que la vio por primera vez, Esperanza supo que su hija debía llamarse Libertad. Con esos ojos tan diáfanos no podía llamarse de otra manera. Supo también Esperanza que los ojos nuevos de su hija alcanzarían a ver – más tarde o más temprano – una luz también nueva.

A Esperanza le tomaría semanas superar las secuelas del parto. Más o menos lo mismo le tomaría a la población perderle el miedo a las réplicas del terremoto y dejar de dormir al descampado. Cuando la tierra finalmente se aquietó y la vida pareció continuar, Esperanza empezó a soñar despierta con la vida futura de Libertad.

¿Cómo será Libertad cuando cumpla quince años?, se preguntaba Esperanza. ¿Habrán visto para entonces sus ojos la luz nueva que merecen? Tuvo la extraña certeza de que así sería.

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