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Un peque√Īo milagro de Navidad

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Con un movimiento r√°pido de su mu√Īeca, Manuelillo tir√≥ el √ļltimo chin de caf√© hacia afuera. Apenas clareaba. Entr√≥ a la cocina y puso el jarro de aluminio en su sitio. Su mam√° atizaba el fuego y Marianela, su hermana mayor, repasaba el piso de lorena con una escoba. Hac√≠a rato que estaban levantadas. Los d√≠as de fiesta tambi√©n hab√≠a que hacer oficios.

La ma√Īana en Los Fogones era fr√≠a, como toca en diciembre. La noche tambi√©n lo hab√≠a sido, aunque se hab√≠a hecho soportable gracias al calor que compart√≠an todos sus hermanos y hermanas en el camastro desvencijado que fue toda la herencia que recibi√≥ su madre.

La v√≠spera hab√≠a sido Nochebuena. Se not√≥ porque cenaron dentro de la casa ‚Äď y no en la cocina, como hac√≠an diariamente ‚Äď y porque hubo arroz y carne seca, en vez de los v√≠veres hervidos de siempre. Despu√©s, la familia entera, por insistencia de la madre, hab√≠a escuchado en el radio de pilas la misa del gallo, transmitida desde la iglesia de Las Matas. Los m√°s chiquitos se durmieron en las sillas de guano, y Manuelillo escuch√≥ entre cabezadas la historia de otra familia pobre.

Marianela le pas√≥ su desayuno. Medio pl√°tano hervido. A sus nueve a√Īos, Manuelillo ya parec√≠a un hombre hecho y derecho. Era el segundo de los hijos de Manuel y Petronila L√≥pez. Por ser el mayor de los varones, era el que acompa√Īaba a su padre en el trabajo, ya fuera echando d√≠as o atendiendo el magro conuco familiar. Su hermana ten√≠a apenas un par de a√Īos m√°s, pero ya estaban a punto de enviarla a trabajar en una casa del pueblo. Completaban la prole otros cuatro cr√≠os, con edades entre los dos y los siete a√Īos.

Mientras masticaba, Manuelillo contempl√≥ el pinar que se insinuaba a trav√©s de la neblina h√ļmeda y espesa. Se perd√≠a en la memoria del tiempo cu√°ndo hab√≠a llegado su familia a ese rinc√≥n de la sierra. La casa no era m√°s que un cuadro solitario en el bosque, con paredes de tablas, piso de tierra y techo de cana. La cocina era todav√≠a m√°s humilde, separada de la casa, construida con cachazos de pino y techo de hojas de palma. Casa y cocina ocupaban un llano min√ļsculo de una hondonada que terminaba en ca√Īada. Los vecinos m√°s cercanos eran sus primos, a unos buenos cinco minutos de marcha por un trillo entre barrancas.

De entre la bruma, vio emerger a su taita. Venía con la bestia amarrada de un lazo. Debía ser noche cerrada cuando salió a buscarla al monte de pajones en el que la dejaban pastando. Hoy aprovecharían que no tendrían que ir a Inoa, al cafetal en el que eran jornaleros, para atender la tierrita que tenían sembrada, al otro lado de la loma.

Padre e hijo cruzaron miradas de saludo. Se parec√≠an mucho, incluso en tama√Īo y contextura. Y no por la robustez de Manuelillo, sino por la peque√Īez del padre. Ver al hijo con su semblante serio, su cachucha y sus pantalones largos, era casi lo mismo que ver a su pap√°. Hab√≠a que fijarse bien para notar que las manos del primero apenas comenzaban a tener callosidades prematuras, mientras que las del segundo estaban curtidas como alambres. M√°s f√°cil era, sin embargo, diferenciar entre la cara del uno, a√ļn tierna y rematada por unos ojos taciturnos, y la del otro, surcada por las l√≠neas profundas de la desilusi√≥n.

Manuelillo se ocupó del animal mientras Manuel tomaba su café. Conocía su papel y lo cumplía con toda naturalidad. Empezó a ayudar en las labores de la casa tan pronto aprendió a caminar y a esquivar las máquinas que pasaban de cuando en cuando por el camino real. Buscar agua al manantial

desyerbar la siembra que su padre se empe√Īaba en mantener en aquella ladera pedregosa y est√©ril

alimentar las tres o cuatro míseras gallinas que andaban sueltas

y desde hac√≠a dos a√Īos, echar d√≠as junto al pap√° para duplicar su paga y contribuir a la manutenci√≥n de la casa. Funcionaba, porque mientras hab√≠a trabajo, com√≠an.

Mientras esperaba para ir al conuco, Manuelillo se entretuvo con el canto de un p√°jaro bobo invisible en la niebla. Deb√≠a estar bien cerca, pero no lo pod√≠a ver. Instintivamente, se llev√≥ la mano al bolsillo del pantal√≥n donde guardaba una horqueta para fabricar un tirador. Pens√≥ en la maestra de la escuelita de El Rubio, donde aprendi√≥ a leer con trabajo, a firmar el recibo del jornal y las cuentas necesarias para creer que el mayoral no lo enga√Īaba. Ella insist√≠a en que las aves del bosque no son para comer, que no hay que cazarlas. Qu√© pendeja la maestra. Que venga ella a vivir a Los Fogones, a ver si va a pensar igual, le hab√≠a dicho su padre cuando se lo coment√≥.

Hac√≠a a√Īos que no hab√≠a vuelto a la escuela. Ser jornalero ten√≠a sus ventajas. En vez de caminar dos horas en la ma√Īana y dos en la tarde, se sentaba en la cola del motor para bajar a Inoa. Y si su pap√° estaba de buen humor, hasta lo dejaba manejar. Adem√°s, pod√≠a escapar del pinar durante el d√≠a. No sab√≠a por qu√©, pero a veces sent√≠a que la espesura lo ahogaba, que los pinos eran los barrotes de una prisi√≥n. Tampoco entend√≠a c√≥mo los escasos fuere√Īos que llegaban al paraje se la pasaban alabando el frescor y el rumor eterno del bosque.

Se sintió observado y miró hacia la puerta de la cocina. Ahí estaba parado su padre, mirándolo, sorbiendo su café. A Manuelillo le constaba que era objeto de su orgullo. Los demás obreros del cafetal le envidiaban a Manuel su suerte de contar con ese muchacho callado y dispuesto, que no daba problemas y con tan buena mano para recoger café.

Los chiquitos salieron de la casa y se fueron directo a la cocina a buscar su desayuno. Estaba m√°s claro. La neblina, a punto de empezar a subir. De seguro que su pap√° querr√≠a salir antes de que subiera el sol. Su mam√° lo llam√≥ desde dentro de la cocina. ‚Äď Manuelillo, toma ‚Äď Repart√≠a algo entre los chiquillos con una sonrisa. Qu√© ser√°, pens√≥ Manuelillo. Se acerc√≥ sin prisa.

‚Äď Ven, Manuelillo, toma, que a ti tambi√©n te toca ‚Äď Su madre puso en su mano un pedazo de torta. ‚Äď Es una sorpresa de Navidad ‚Äď indic√≥ Petronila. Se las hab√≠a arreglado, qui√©n sabe c√≥mo, para mandar a buscar una torta a Las Matas.

En la casa de los López nunca se había comido torta. Los chiquitos estaban alborotados. Manuelillo aceptó el regalo de su madre con su cara de hombre viejo que no se impresiona con nada. Probó la torta sin mucho entusiasmo.

El dulce harinoso de la torta le encantó. Lo estremeció. Su paladar estaba impuesto al dulce de la miel robada a los panales de abejas y a una que otra fruta que pudiera aparecer en la loma. Pero esto era diferente. Era un dulce sustancioso que probaba en ocasiones muy especiales, y sólo si había suerte. Su boca se inundó de una saliva ávida. No supo por qué, pero la sensación también le llenó los ojos de lágrimas. Entonces recordó.

Record√≥ que la noche anterior hab√≠a so√Īado. Un sue√Īo largo y simple. So√Ī√≥ que re√≠a. Y que jugaba. Que jugaba con un trompo, y sent√≠a el cosquilleo del clavo romo en la palma de su mano. Que se mec√≠a en la goma vieja colgada sobre el r√≠o y que se dejaba caer de cualquier manera en la poza, y sent√≠a el frescor del agua en toda su piel. Siempre riendo. Manuelillo mord√≠a y tragaba la torta. La saboreaba con el cuerpo entero. Y reviv√≠a su sue√Īo.

Que volaba un capuchín, y sentía la gangorra caliente entre los dedos. Que montaba una bicicleta, y sentía la forma del sillín en sus asentaderas. Que reía, y sentía el bailoteo en la barriga, la ligereza en los hombros y la placidez en el alma.

Baj√≥ el √ļltimo bocado, y Manuelillo se qued√≥ inm√≥vil, con los ojos h√ļmedos y la mirada perdida en otro tiempo. Un tiempo que nunca existi√≥. A falta de otros milagros m√°s espectaculares, Manuelillo recuper√≥ su ni√Īez mientras le dur√≥ el dulzor en la boca.

Su padre lo llam√≥ y no respondi√≥. Lo escuch√≥ con sordina, a lo lejos. ‚Äď Manuelillo, el sol est√° subiendo. V√°monos ‚Äď le dijo. Sin respuesta. La segunda vez que le habl√≥ y no le respondi√≥, el pap√° se acerc√≥ y le puso la mano en el hombro. Manuelillo no lo mir√≥. Se aferr√≥ al extra√Īo recuerdo de su sue√Īo.

Manuel intuy√≥ que algo pasaba. Que su hijo era otro. Lo sacudi√≥ ligeramente. ‚Äď Manuelillo, v√°monos. Hay que trabajar ‚Äď insisti√≥. Manuelillo qued√≥ quieto. Parec√≠a el ni√Īo que nunca fue. ‚Äď Manuelillo, hay que irse. ¬ŅO es que no eres un hombre? ‚Äď dijo el padre.

Manuelillo reaccion√≥. Y volvi√≥. Soy un hombre, respondi√≥. El padre sonri√≥ con aprobaci√≥n. ‚Äď Trae la bestia. V√°monos antes de que caliente el sol ‚Äď le orden√≥.

Subían la cuesta, Manuel y Manuelillo. Hombre y hombrecillo. Se perdían en el vapor tenue que formaba el rocío que se elevaba. Atrás quedó el milagro. Delante, el presente sin futuro. Adentro de Manuelillo quedó un refugio. Uno al que no sabía si podría volver.

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