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Un examen de Lengua Española

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Agosto. Mes extraño. Agridulce. Una mezcla de emociones, sobre todo si estás en edad escolar. De un lado, la libertad de las últimas semanas de esos tres meses “que tan largos iban a ser y que tan cortos fueron”, como se lamenta Enrique, el niño cronista de Corazón. Del otro, los preparativos para la vuelta a clases. Incluso los limoncillos, que serían abundantes y carnosos si la primavera fue lluviosa, tenían un sabor a atardecer. A final.

La licencia para conjurar el bochorno estival con el ocio en las calles y plazas de Santiago convivía con la recolección de uniformes y libros. Digo recolección porque en los austeros años setenta se evitaba a toda costa comprar lo que se podía recibir en herencia. Y digo herencia aunque debería decir administración responsable, pues siempre habría quien pudiera usar el año próximo ese pantalón caqui o ese libro Coquito. Siendo el hermano número tres en mi casa – y el primo número once o doce – me parece recordar que cuando finalmente llegó a mis manos el Álgebra de Baldor, el árabe de la portada tenía el turbante deshecho.

El retorno a clases era todo un rito de transición, con sus imágenes propias

como la de mi madre sentada en la mesa del comedor, forrando cuidadosamente montañas de libros y cuadernos con papel manila. Y sus propios olores, como el aroma peculiar de los bultos de piel de los Hermanos Pieter, o el de las bolsitas de alcanfor, a las que se atribuía el poder de proteger al portador de las epidemias escolares más perniciosas.

Mis hermanos y yo asistíamos al Instituto Iberia, que funcionaba en doble tanda. Tener que asistir a la escuela mañana y tarde nos hacía saborear más los últimos días de vacaciones. Y también nos convertía en objeto de burlas de los estudiantes de los demás colegios y liceos, quienes disponían de la tarde o de la mañana para holgazanear o para otras actividades. Los esclavos, nos llamaban.

El Iberia era una academia primaria e intermedia para varones, por la que habían desfilado generaciones de santiagueros. Había sido fundado a principios de la década de los cuarenta por un ex-general de la guerra civil española, Don Pepe Giménez, quien, como buen militar, era un abanderado de la disciplina.

Uniforme impecable, pelo corto, pañuelo y peine eran requisitos indispensables para entrar a las clases, que eran impartidas bajo un sistema decididamente espartano. Ocho horas diarias de clases. Matemáticas y Ciencias Sociales en la mañana, Lengua Española y Ciencias Naturales en la tarde.

La psicología escolar no había sido inventada todavía – en cualquier caso, a Santiago no había llegado – por lo que estudiantes y padres aceptábamos como válido el régimen disciplinario del Iberia. Zanahoria y garrote se alternaban en un conductismo educativo que parecía bastante efectivo y que no tenía reparos en llegar a algunos extremos.

Aparte del clásico cuadro de honor, la competencia académica entre los alumnos era constantemente incentivada – algo inconcebible para los estándares actuales – y se reflejaba hasta en el orden de los asientos en el aula. Se rendía culto a la buena memoria – saber es recordar a tiempo, repetíamos – y nunca sabías cuándo la tuya sería puesta a prueba, por lo que tenías que estar siempre alerta. El resultado eran clases dinámicas y nada aburridas, con numerosas actividades para estimular las mentes infantiles.

Para los rebeldes y para los que no podían mantener el ritmo del grupo, sin embargo, el sistema no debía parecer divertido. A ellos se les hacía sentir el imperio de la disciplina, con tácticas que iban desde picarles el amor propio con algún grado de acoso intelectual hasta ocasionales castigos físicos.

Eran tiempos en los que Balaguer reinaba, y el cuerpo de Trujillo todavía no se enfriaba, por lo que cualquier autoridad era respetada, y cualquier exceso se veía como lo más normal del mundo. Y en aquel contexto autoritario, el método funcionaba de perlas. De hecho, lo que más recuerdo de mis años en el Iberia es un fuerte sentimiento de orgullo por pertenecer a un grupo que celebraba el respeto y el pundonor con celo casi castrense.

***

Los exámenes en el Iberia eran cosa aparte. Nunca tembló quien nunca se examinó, decía siempre mi madre, tal vez recordando sus propias experiencias. Y eso, que ella nunca pasó por el Iberia.

Antes de cualquier prueba, la anticipación se iba acumulando y llegaba a su clímax cuando, la víspera del examen, se compraba por un par de centavos un pliego de papel ministro en cualquiera de las librerías del vecindario. Para muchos, era como comprarle al juez el papel donde escribiría su sentencia.

Y es que de las notas que sacaras dependería, durante todo el mes siguiente, el lugar que ocuparías en la meritocracia académica que era el Iberia. Un buen puesto traía consigo ciertos privilegios, mientras que uno malo o mediocre podía significar un mes completo de tareas adicionales.

Por eso había que aprovechar al máximo el poco tiempo que quedaba para estudiar. No era raro que camináramos por el patio del instituto o por sus alrededores recitando el contenido del examen de turno. Los huesos del cráneo son: 1 frontal, 2 parietales, 2 temporales, 1 occipital, 1 etmoides y 1 esfenoides. Los ardides mnemotécnicos estaban permitidos, con tal de dar a tiempo la respuesta correcta. El hueso esfenoides se llama también silla turca, porque sirve de asiento a la hipófisis.

La repetición de los textos, hasta encontrar una cadencia específica, era esencial para salir airosos. Los afluentes del Amazonas en el Perú son Ucayali, Marañón y Huallaga. Los Grandes Lagos son Michigan, Superior, Erie, Hurón y Ontario.

Desde luego, cada examen generaba sus historias. Dentro del riquísimo anecdotario escolar, recuerdo un evento que sucedió en el curso de uno de mis hermanos mayores, a propósito de un examen de Lengua Española de sexto de primaria.

En el currículum escolar de entonces, el sexto era lo que se decía un curso fuerte, un punto de inflexión en el desarrollo de los estudiantes. Mi mamá, sin mucha diplomacia, lo llamaba un “derricadero de burros”.

En el Iberia, la maestra de sexto era la temida y respetada Señorita Melba. Era joven, menuda y delgada, pero le sobraba carácter para dominar a su antojo a 30 preadolescentes varones. Tenía una reputación, que la antecedía, de ser exigente y dedicada, y de que ponía a sus pupilos a trabajar hasta sacarles el máximo.

Esa semana, la Señorita Melba había anunciado un examen general de Lengua Española. Eso significaba que sus alumnos, incluyendo a mi hermano, debían repasar todo el temario

desde lenguaje es todo medio de expresión que sirve para manifestar nuestras ideas, hasta la conjugación de los verbos irregulares caber y haber en todos sus modos y tiempos.

El día del examen, mientras hacíamos tiempo en el Parque Colón para la tanda vespertina, los muchachos de sexto repasaban nerviosamente el material por última vez. Uno de los compañeros de mi hermano,

José Rafael, estaba más nervioso que todos. José Rafael distaba de ser lo que se dice un estudiante destacado, y era evidente que no se había preparado para el examen.

Reunidos en un banco del parque, los alumnos coreaban las definiciones en voz alta una tras otra. Sílaba es un golpe de voz. Las palabras agudas se acentúan cuando terminan en n, s ó vocal. A José Rafael cada coro le sonaba como un clavo en su ataúd. Tenía que encontrar la manera de librarse del examen.

Modo Indicativo. Presente. Yo he, tú has, él ha, nosotros hemos, vosotros habéis, ellos han. José Rafael buscaba algo de qué agarrarse. Descartó una enfermedad porque nadie lo creería. Las conjunciones condicionales son: si, con tal que, siempre que, como.

Mientras los muchachos aceitaban su memoria, desde un banco vecino alguien observaba la escena entre divertido e intrigado. Se trataba de un borrachín consuetudinario, que mataba las horas diurnas sentado a la sombra de cualquier árbol en el parque.

La oración se divide en sujeto y predicado, continuaban los jóvenes estudiantes. José Rafael hizo un esfuerzo por unirse a la siguiente línea. El alfabeto castellano tiene 27 letras.

Sin que nadie lo esperara y sin que viniera a cuento, el borracho se dirigió directamente a José Rafael. — Discúlpeme, joven — dijo educadamente. — Está usted equivocado.

— ¿Cómo dice? — preguntó José Rafael un poco mohíno, atribulado por la inminencia de la quemazón. El achispado observador respondió tan claramente como se lo permitía su lengua estropajosa. — He dicho que está usted equivocado. El alfabeto castellano no tiene 27 letras.

— ¿Ah, no? — preguntó fastidiado José Rafael. — No, joven — dijo el señor, completamente serio. — Tiene 26. La w está eliminada — sentenció tajantemente, como quien afirma por primera vez una ley del universo.

José Rafael no necesitó más. Vio el cielo abierto. El borracho era su oportunidad de librarse del cadalso. Un plan maquiavélico se dibujó en su mente desesperada. Crear una distracción, armar un lío. Uno tan grande que la Señorita Melba no tuviera más remedio que suspender el examen.

— Claro que no — terció José Rafael. — El alfabeto tiene 27 letras y si usted opina lo contrario, debería hablar ahora mismo con mi profesora — El borracho mordió el anzuelo y aceptó el reto. Después de unos cuantos aspavientos, calculados por José Rafael para incomodar al pobre tipo y para enardecer a la muchachada, nos fuimos todos detrás de ellos dos para pendenciar mientras José Rafael confrontaba a su nuevo aliado con la Señorita Melba.

Para desgracia de José Rafael, la maestra ni se inmutó. Se quedó callada escuchando la perorata del beodo acerca de un oscuro edicto de la Real Academia de la Lengua eliminando la w por considerarla foránea, barbárica e imperialista. A mitad del discurso del borracho callejero, la Señorita Melba simplemente miró a José Rafael directamente a los ojos. No dijo nada, y lo dijo todo.

José Rafael lo tuvo claro. Estaba fastidiado. Comprendió que, en su desesperación, no calculó que

su maestra también había sido estudiante… y que también se había examinado alguna vez. Sin que nadie dijera nada, él mismo se ocupó de acallar y despachar al señor, que ya comenzaba a declamar unos versos de Bécquer para demostrar su erudición.

Luego supe que a José Rafael no le fue tan mal después de todo. Aparte de quemarse en el examen, recibió un rapapolvo menos severo del que esperaba, con una exhortación para utilizar su indiscutible creatividad y sus dotes de líder para fines más constructivos.

***

Al ilustrado borracho lo seguimos viendo de vez en cuando en el parque. Cada vez que se cruzaba con un escolar uniformado no resistía la tentación de evocar su tarde de gloria intelectual. En voz alta y con gestos de autoridad, repetía para sí: “¡La w está eliminada! ¡La w está eliminada!”

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